Por Javier Cortines
La victoria de Rajoy, Aznar y Felipe González sobre Carles Puigdemont podría producir el espejismo de que el problema de la independencia de Cataluña se resolverá descargando todo el peso de la ley sobre “los sublevados que quieren romper España”.

Craso error. El conflicto (guste o disguste a los cantores de “Y viva España”) sólo tiene una solución política. Y, cuando más tarde se dé cuenta de ello la casta, más difícil será encontrar una salida. La Ley es muy importante, nadie debe dudar de eso, pero el demiurgo nos dio también otras cualidades nada despreciables, como la inteligencia y la imaginación.

Es normal que las máquinas repitan siempre lo mismo, pero el hombre se distingue de ellas en que puede mutar y explorar.

La milenaria filosofía de China (concretamente el taoísmo) dice que lo rígido tiene mucho yang, es decir demasiada sequedad y poca flexibilidad. Por eso, cuando viene un viento feroz, los árboles viejos y tiesos son partidos en un santiamén por la violencia del huracán. En cambio, el bambú, que es flexible y combina el yin y el yang (armonía entre los opuestos), se inclina ante el vendaval y vence a la peor tormenta.

Por encima del Derecho, uno de los inventos más importantes de la Humanidad, sólo está la Ley de la Naturaleza que rige, entre otras cosas, el comportamiento humano. Esa ley está escrita en todo lo que nos rodea, ya sea visible o invisible. Es algo divino y de ella depende -de su respeto o violación- la supervivencia de la especie humana.

Antiguamente, cuando una nación poderosa acababa doblegando a una nación pequeña, ésta se sometía y aceptaba las condiciones del vencedor por muy humillantes que fueran.

Hoy día, en la Europa del siglo XXI, la situación ha cambiado drásticamente. Ahora lo que impera es la dinámica de la acción-reacción, y si metes el dedo en el ojo de tu enemigo, te dará al menos un bofetón (si es joven) o un bastonazo en la cabeza si peina canas y espera en el malecón de la vida la llegada del barquero.

Al final, como dicen los sabios, no importa si corres mucho o vas lento como una tortuga. Al final, todos vamos a parar al mismo sitio. Y, si nos miramos desnudos ante un espejo -después de haber desaprendido lo que nos metieron en el coco- a lo mejor nos parecemos más de lo que crees.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para recordar que nos movemos a la velocidad de la luz. Tras los atentados de Barcelona “todos éramos catalanes” y, con la llegada del otoño, sólo quedó la hojarasca a merced del viento.

Deja un comentario