Por Javier Cortines

Hubo un tiempo en el que los hombres y las mujeres estaban acostumbrados a ejercitar la memoria y a recordar, a través de la comunicación oral, los grandes acontecimientos que daban forma a la humanidad. En cada ser humano palpitaba el corazón de la historia.

El dios egipcio Thot, la divinidad con cabeza de Ibis, pensó que no bastaba con cultivar la memoria y un día se presentó ante el rey Thamus para hacerle “el regalo más maravilloso del mundo”: LA ESCRITURA.

El monarca dudó de los beneficios que traería la escritura y hubo desacuerdo entre  el rey Thamus y Thot, el dios de la sabiduría, inventor de todas las palabras y el lenguaje. Así lo cuenta Platón en su Fedro:

THOT:  Este conocimiento ¡Oh Rey! Hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y la sabiduría.

 THAMUS: ¡Oh, artificiosísimo Thot! (…) Precisamente como padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a las que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos a ellas, no desde dentro, desde ellos mismos y por si mismos.

Con el nacimiento de la escritura, los hombres y las mujeres, conscientes de que su palabra podía ser grabada para siempre, empezaron a utilizar sonidos bellos y armónicos para esculpir el alma de las cosas, y, todos los objetos, animados e inanimados, alcanzaron un resplandor interior y exterior hasta entonces desconocido.

El pensador Raimundo Cuesta nos habla así de “ese milagro”:

Hubo un tiempo en el que las palabras vivían en amorosa compañía de las cosas. La armonía entre unas y otras era tal que, cuando alguien hablaba, las palabras que salían de su voz ardían con llama perpetua proporcionando luz y calor a los que alcanzaba su benéfico sonido. Cada vez que alguien hablaba, el mundo era creado de nuevo, y cuando el verbo se hacía letra de molde en la memoria universal, un estallido de vida conmovía, con entusiasmo siempre inédito, la palpitante y curiosa faz de la existencia.

Pero un día, un aciago día… “pensar se hizo incómodo como andar bajo la lluvia”, y, sin saber todavía nadie a ciencia cierta qué ocurrió, la desavenencia entre las palabras y las cosas alcanzó a todo y a todos. El calor de la palabra se desvaneció, el sentido íntimo de las cosas dejó de tener sentido, y desde entonces nos estamos preguntando inútilmente el por qué de las cosas, el significado de las palabras y el objeto de nuestras vidas [1].

En nuestra época, la del “Falso Resplandor”,parece que a todos nos ha alcanzado una bomba atómica haciendo trizas nuestro interior. Los referentes languidecen. Nos muerden las prisas, lo efímero, la incertidumbre. Las creencias se tambalean, los cambios nos sobrepasan.Necesitamos reinventarnos cada veinticuatro horas.

La escritura y la palabra ya no son sagradas. Ahora se utilizan palabras-bolsillo en las que cada uno mete lo que quiere, aniquilando el alma que  animaba y daba alas al verbo. Las palabras y la escritura se venden en los mercados y la gente las compra como si fueran ruedas para la lengua.

El siglo XXI es el tiempo de la Diosa Eco. Millones de voces repiten millones de veces lo que escuchan, leen y oyen. Los hombres y las mujeres han dejado de pensar por sí mismos, desde dentro, desde ellos mismos, (como diría el rey Thamus) y se contentan con papagayear, con comunicarse con lo que Schopenhauer llama “pensamientos de segunda mano”.

La aldea global, las redes, la caída de los muros etc., han demostrado que cada día nos entendemos menos, que los lenguajes son cada vez más extraños. Hemos vuelto a construir una Torre de Babel.  O regresamos a la Unidad Fontanal respetando el alma sagrada de la palabra y la escritura o viviremos creyendo que pensamos cuando repetimos lo que oímos en tv.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para pedirle perdón a Thot por el uso que hemos hecho de la escritura y de su madre, la palabra.

[1] Raimundo Cuesta,cofundador de la plataforma de pensamiento crítico Fedicaria www.fedicaria.org utiliza ese texto en el prólogo de mi novela “El Robot que amaba a Platón, Libro I, Grecia”.

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