Por Pedro Alcaraz

El liberalismo clásico sitúa en el centro del universo social al individuo, por lo que exige que le rodee un ámbito de libertad que le señale como el culpable de sus éxitos o sus fracasos. Es más: el bien colectivo se alcanza, de forma directa o indirecta, a través de la búsqueda egoísta de los distintos fines individuales.

Esta primitiva idea ha mantenido su fuerza gracias a la capacidad de adaptación a la realidad político-social de cada momento. Hoy en día se muestra a través del neoliberalismo, una rama que justifica la superioridad del interés individual sobre los intereses colectivos bajo premisas similares a la del liberalismo originario de Locke, Stuart Mill o Adam Smith.

Esta idea se enfoca, por ejemplo, en el ámbito de lo político a través de la limitación de la actuación de los poderes públicos, que deben respetar esa esfera de libertad para las acciones que se desarrollan en la sociedad civil, incluidas la producción y redistribución de la riqueza. A su vez, sus tentáculos, también alcanzan a lo económico, pues hay un ente muy poderoso, el mercado, capaz de autorregularse y de encontrar el equilibrio por si mismo, sin necesidad de estímulos externos, gracias a la búsqueda individual de los objetivos. Pero la clave del liberalismo o del neoliberalismo es la misma de todas aquellas teorías que alcanzan un nivel hegemónico y dominante: que los valores que desprenden se infiltran por todos los poros de la sociedad. Gramsci entendía que las relaciones de producción no eran suficientes para explicar el dominio del desarrollo capitalista. Es necesario acudir al consentimiento de los propios ciudadanos, que se obtiene, en efecto, por medio de la cultura y de las ideologías. De la hegemonía cultural.

En el momento en el que esos valores que desprende el neoliberalismo se imponen sobre los demás, salpican a todas las facetas de la sociedad civil y alcanzan a la misma cotidianidad de la vida de los ciudadanos. Sus decisiones, sus problemas, sus depresiones, sus soluciones, sus prioridades, sus juicios de valor, vienen determinados por aquellas pautas que impone el pensamiento dominante.

En el caso concreto del triunfo neoliberal, el peligro de caer en la trampa es inmenso y terrible. Consiste en asumir una carga que en un momento determinado es difícil de soportar. Se trata de que el sujeto se autoculpabilice con carácter excluyente de los obstáculos o frustraciones que sufra sin atender a las condiciones estructurales que ayudan ineludiblemente a generar esas situaciones. La sociedad está atomizada, el objetivo se ha cumplido. Aquel que no obtiene una prosperidad laboral acorde con el camino lógico impuesto por el sistema debe ser por su falta de esfuerzo o talento, el que quiera buscar motivos para su languidez económica debe acudir a sus propias decisiones o a su actitud, el que ha sido desahuciado es porque ha vivido por encima de sus posibilidades.

La capacidad de sumersión de la ideología hegemónica correspondiente en una sociedad capitalista es inmensa e imparable, pero alcanza su apogeo cuando afecta a uno de los elementos más valorados en la vida animal, la salud.

En los últimos tiempos, la mediatización del transcurso de las enfermedades de algunos sujetos que explican su historia con un relato edulcorado se ha convertido en un comportamiento habitual. Los medios, ávidos de dibujar ese enfoque mancillado, la empaquetan y preparan para el consumo masivo. Mientras, ese producto es recibido con fervor por la ciudadanía a través de las redes y en las calles, conmovidos por una realidad reconvertida en ficción heroico-sensiblera que les conduce a sublimar irracionalmente a los personajes protagonistas.

La farsa es alarmante y denigrante. La base del producto consiste en dotarle de un envase atractivo al exterior y tan épico como demencial. Se trata de resituar a los enfermos en el camino del guerrero, en un proceso de lucha personal fisica y mental, lo que les posiciona en el lugar central del desarrollo de la enfermedad. Ello puede derivar en la aceptación de una presión innecesaria, así como caer en la atribución de caracteres heroicos. La realidad es que la lucha frente a ese mal, el capitán a cargo, si utilizamos el propio lenguaje mediático basado en el belicismo, la encabeza la ciencia y sus profesionales. Estos son los que se encargan de la lucha contra una enfermedad. El relato del luchador que tanto extienden y perfilan los medios (y acepta parte de la comunidad política) a través de las declaraciones o actitudes infructuosas de algunos de ellos , o sin ni siquiera abrazar tales excusas, no favorece a la vida diaria de aquella que esté asumiendo una enfermedad tan dura junto a sus amigas y a su familia en soledad, sin altavoces de por medio con los que compensar sus propios miedos, sin afán de convertir su historia en un relato de autocomplacencia en donde se atribuyen dotes irreales al sujeto protagonista.

La lucha contra una enfermedad no es tanto una batalla individual como nos muestran los valores dominantes, no es un cara a cara entre el enfermo y su desgracia, no es un duelo en un páramo entre ambos, sino que es, una vez más, una lucha colectiva. La mejor forma de proteger la salud de todos es la inversión en investigación, la dotación a la sanidad de todos los medios disponibles, los presupuestos destinados a la sanidad pública, aportar las herramientas económicas y no materiales precisas para la prevención de la enfermedad así como para la promoción de la salud. Lo esencial reside en construir las infraestructuras necesarias para emplear todos los conocimientos actuales y los medios para ampliarlos en el futuro. Este es el verdadero campo de batalla, si se sigue asumiendo el lenguaje bélico. No procede aplaudir la supuesta valentía de una persona que sufre un cáncer mientras la sociedad tiende a disminuir su atención sobre el fomento y mejora de lo que es el instrumento de confrontación ante aquel.

La irresponsabilidad mediática, liberando los altavoces para expandir estos mensajes (“querer es poder”, “siempre con una sonrisa”, “valora la vida como nunca antes”) perpetúa la idea de la lucha individual como único medio de alcanzar las metas. Y lo hace en la parcela más delicada de todas, la de la vida humana. Y es que al acervo cultural-normativo solo le interesa este tipo de construcciones, solo le interesan estas manifestaciones, pues son las que se adecúan a sus intereses de venta de ideas y consumo. La respuesta digna de elogio es unidireccional, solo cabe por la vía de la lucha incesante y personal. La falta de piedad en la expansión de los valores neoliberales se demuestra través de este proceso de retroalimentación en el que el receptor de historias solo atiende a aquel que se adapta a las versiones que pretende escuchar y difundir. “El cáncer me ha hecho muy feliz”, dice Pau Donés en una entrevista a XL Semanal, entre aplausos de los distintos medios que difunden sus legítimas impresiones. Nadie tiene derecho a contrarrestar un argumento que se basa en la pura experiencia personal, pero esta expresión sirve de paradigma sobre la idea de un relato edulcorado basado en una actitud individual y de fuerza ante una situación que puede ser sumamente dolorosa y de cómo los medios, encantados, ofrecen el discurso de guerra y coraje para trazar el perfil del héroe. De su héroe.

Por supuesto que una actitud firme ante una situación complicada puede derivar en vestigios positivos tanto para una misma como para los que la rodeen, pero no hay nada de ser guerrera en eso, pues no hay posibilidad (por desgracia) de blandir una espada real o simbólica para matar al enemigo más que los medios específicamente destinados a ello, y tampoco cabe hablar de heroicidad, pues una situación desgraciada y azarosa que acude a la vida de una persona no la convierte en un personaje de Marvel, sino en un sujeto cuasi pasivo al que cabe apoyar y, si es necesario, cuidar. La alta tasa de curación de muchos tipos de enfermedades oncológicas o la cercana erradicación de la polio y la completa de la viruela, por poner solo unos ejemplos, no se ha alcanzado por la lucha incesante de aquellos que las padecieron, sino porque el ser humano avanzó intelectualmente a través de los adelantos de la comunidad científica. Consitió en un avance colectivo. Y solo de esta manera llegará un día en el que se supere la enfermedad de Pau Donés.

Superar el mensaje que invade los distintos focos de recepción de la información no significa menospreciar el sufrimiento del enfermo. Es exactamente lo opuesto; valorar la situación del mismo de forma consecuente y dignificarla sin exigencias impostadas ni atributos divinos, condescendientes o grandilocuentes

Ajustar una realidad a su misma esencia es la mejor manera de lograr la empatía, condición inexcusable para dar apoyo a quien lo necesita.

Pedro Alcaraz Saura.

1 Comentario

  1. Me parece un articulo muy interesante. Creo que es hora de empezar a reflexionar como los medios de comunicación tratan este tipo de enfermedades. Me has abierto una vía que hasta ahora no se me habia ocurrido pensar, y supongo que no solamente a mi, sino a cualquiera que lea estas lineas. Repito, enhorabuena, ojala hubiera más artículos tan interesantes.

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