La acumulación de terreno quemado viene marca un devenir desastroso desde hace mucho. Antes incluso de declararse oficialmente la temporada alta. Los fuegos habituales de invierno en la cornisa cantábrica, relacionados con la creación de pastos para el ganado, se alargaron y multiplicaron en abril con más de 650 fuegos y se duplicó la zona de matorral quemada. Solo en las dos últimas semanas de ese mes se quemó tanto como en todo lo que iba de 2017.

Para comenzar la temporada estival, ardió Doñana. Un gran incendio forestal se extendió por más de 11.000 hectáreas y quemó más de 8.000, muchas de ellas de altísimo valor ecológico. En esas mismas fechas también hubo un gran incendio en la Sierra Calderona en la Comunidad Valenciana.

El fuego ha quemado 63.700 hectáreas hasta el 31 de julio, el segundo peor dato del lustro y el tercero de la década

Se han ido sucediendo más incendios y añadiendo montes en llamas a razón de 6.600 hectáreas en las últimas tres semanas de julio y han dejado la cifra en esas 63.000.

Galicia es una de la comunidades más castigadas por el fuego año tras año. La Xunta apunta que los incendios forestales intencionados suponen un 18% en el total registrado en España en el lustro que va de 2011 a 2015. La quema de vegetación para que ese monte ardido se convierta en zona de pasto para ganado y para producir daños a terceros son los dos motivos más claros para esta quema.

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