Por Fredes Luis Castro

2.600 millones de personas y 380 armas nucleares. Estas cifras, concernientes a las poblaciones y armamentos de India y China en conjunto, dan cuenta del interés que mereció en estos países la contienda de Doklam (o Donglang, en la acepción china), que tensionó la relación de sus fuerzas militares durante 70 días. Sorprendentemente, no generó gran cantidad de titulares, columnas y editoriales gráficos y audiovisuales en el resto del orbe. La disputa fue parida por el tendido de un camino al oeste de Bután por trabajadores chinos, que fue detenido por tropas indias. Finalizó cuando las diplomacias intervinientes acordaron retirar tropas y paralizar la obra.

Desde el punto de vista de India se restableció el status quo previo al conflicto. Es verdad que no pudo China completar una estrategia que suele partir de obras físicas (las islas artificiales del Mar del Sur de China son emblemáticas) para avanzar hacia negociaciones bilaterales en las que imponen su envergadura militar y económica. De acuerdo a Rajeev Chandrasekhar, vicepresidente de la Alianza Democrática Nacional (coalición de partidos que lidera el primer ministro Narendra Modi), el conflicto reveló una nueva India, mucho más asertiva, con aptitud y voluntad de afirmar su hard power de ser necesario: “La democracia más grande del mundo y economía de más rápido crecimiento ha empezado a creer que su lugar en el planeta y en Asia no depende de ningún país, sino de su propia confianza y convicción”. Con él coincide un editorial del Times de India, que alentó a Vietnam, Mongolia, Singapur y Japón a imitar esta resolución y resistir el avance chino, y a Filipinas a revisar su reciente reacomodamiento.

Los chinos contestan que fueron los soldados indios los que tuvieron que retirarse del territorio cuya soberanía disputan con Bután (nunca hubo una invasión a territorio indio). Es cierto que los chinos paralizaron la construcción de la ruta de la discordia, pero no lo es menos que mantendrán los patrullajes en la zona. Por otro lado, China confirmó el desinterés norteamericano en involucrar su ingeniería militar a favor de Delhi (cosa que también registraron los aliados asiáticos de Washington). Con seguridad que Trump rechazó una participación susceptible de producir un antecedente de impredecible porvenir con vistas a las decenas de disputas territoriales que Beijing mantiene con India y muchos otros países. De intervenir ahora, ¿cómo negarse en el futuro? Suficientes dolores de cabeza produce la situación norcoreana para multiplicar potenciales frentes de conflicto.

Las fronteras

Se puede conjeturar que una debilidad china, sus diversas diferencias fronterizas, no despierta en la potencia americana los reflejos de costumbre contra el pretérito rival soviético, con quien mantuvo una Guerra Fría en sus territorios más íntimos, pero que calentaba en auténticas batallas en las respectivas periferias. Los estadounidenses saben que no es conveniente provocar al Dragón comunista, que identifica sus demandas soberanas con la legitimidad del propio Partido, y tal vez carecen del ímpetu de aquéllas décadas (¿magia de una codependencia económica que no existía con el Moscú imperial?).

La pícara advertencia china, acerca de la continuidad de las tareas de vigilancia y patrullaje en el espacio disputado, más que confirmar su pretensión territorial está dirigida a distraer recursos del Elefante democrático, que deberá distribuirlos en los sensibles puntos de la extensa frontera que los separa. Esto impone una racionalización que descuidará progresos indios en las estratégicas aguas del Océano Índico y en las defensas contra Pakistán, cuyo territorio ampara el Corredor Económico Chino Pakistaní (CECP), sendero clave de la Iniciativa Un Cinturón-Un Camino, para conectar Xinjiang con los puertos de Karachi y Gwadar y las rutas de navegación vinculadas al Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz.

Dharminder Kumar, editor de The Economic Times, uno de los principales periódicos de negocios de la India,sostuvo que la de China es una conjura destinada a anular el esfuerzo indio para boicotear la finalización de la Iniciativa Un Cinturón-Un Camino. La maniobra responde al “bombardeo quirúrgico” del 2016 en la Cachemira ocupada por Pakistán y al apoyo de Narendra Modi a los rebeldes de Baluchistán, que disputan al gobierno pakistaní el control de la provincia más grande de este país. El CECP, que atraviesa la Cachemira pakistaní, no sólo proporcionará un acceso más corto y barato a los mercados de Asia, África y Europa, también suprimirá la posibilidad india de cortar los suministros chinos a través del Océano Índico. India, sugiere Kumar, actúa para cristalizar esta ventaja, para lo cual el CECP no debe completarse. “Al involucrar a la India en Doklam, China aparta a los militares indios de la frontera paquistaní y reduce la amenaza al Corredor”.

Los puertos

Los puertos de Karachi y Gwadar configurarán puntos de apoyo de una proyección marítima que incluye la recientemente inaugurada base militar de Djibouti en el Cuerno de África, la primera de China en el extranjero, en la que residirán 10.000 soldados. En esta plaza estratégica ya poseen centros operativos similares Estados Unidos, Francia y Japón. Puertos y base forman parte de la Estrategia de Dos Océanos, cultivada por el imaginario comunista desde el 2005 aproximadamente, que subraya la importancia de fortalecer presencias en los océanos Pacífico e Índico. La Armada del Ejército Popular de Liberación cumple con una función securitaria-económica en la Iniciativa Un Cinturón-Un Camino, como custodios de las líneas de comunicación marítimas por las que se movilizan las mercancías y los recursos energéticos que interesan a China, habilitantes de la marcha económica que da legitimidad al régimen político. Estabilidad y legitimación política, vitalidad económica y autonomía comunicacional no pueden permanecer expuestos a las sanciones económicas de los contradictores de turno, de ello debe ocuparse la Armada del Ejército Popular.

India replica con una contribución de 500 millones de dólares para el desarrollo de un Corredor de Transporte y Tránsito vinculado al puerto iraní de Chabahar, que se ubica en la frontera entre el Océano Índico y el Mar de Omán, y a escasos 100 km de de Gwadar. Esta decisión brindará a Afganistán acceso marítimo a la India, y a la segunda salida a Asia Central, en ambos casos evitando a Pakistán. La entente de Delhi con Irán y Afganistán, sobra decir, despierta malestar en los círculos militares de Islamabad y es apreciada con recelo por Beijing.

Parroquiales

Muy ruidoso fue el silencio en el que se refugiaron las autoridades del Reino de Bután, verdaderamente llamativo si tenemos en cuenta que India entrena y paga los salarios de sus soldados, además de proporcionar a su economía más de 500 millones de dólares al año en ayudas de todo tipo. Pese a que Bután carece de relaciones diplomáticas con China y aplica una política exterior mucho más que afín a India (hasta el 2007, por un acuerdo celebrado en 1949, era determinada por India) sus funcionarios procuraron evitar pronunciamientos definitivos. Es posible que exista alguno en las elecciones que celebrarán en octubre del 2018, en las que se debatirán las relaciones con ambos gigantes asiáticos.

El Gran Dragón comunista nunca explicó para qué construía el provocador camino en Doklam. ¿Lo hizo para incrementar el modesto comercio de las hierbas curativas que el campesinado de Bután traslada en los formidables, pero limitados, yak para su venta en los pueblos chinos? Por el contrario, el territorio disputado es de una relevancia logística vital para India, por comprometer el Corredor de Siliguri, conocido como “cuello de gallina”, breve istmo de 21 km de ancho que comunica los estados del noreste de la India con el resto de la geografía nacional, cuyo dominio por China es asunto largamente temido por los indios, de allí la “generosidad” con que amparan las necesidades butanesas. Difícil es argüir que la respuesta india a los provocadores trabajos iniciados por los chinos estuvo fuera del cálculo de los últimos. Cabe suponer que las contiendas entre Estados-civilizaciones no improvisan estrategias que subestiman a un rival milenario.

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