Javier Díaz Ortiz

El centro de la esfera política hoy estaba en el Parlament de Catalunya, y más concretamente en el discurso de Carles Puigdemont, del que se esperaba un mensaje que marchase un punto de inflexión en la cuestión catalana. Ya se estaban contando las horas para la apertura de la caja de los truenos, una especie de cuenta atrás para el Apocalipsis. La cita era a las 18:00 horas, retrasada una hora por razones que se han preferido obviar.

Finalmente arrancaba el esperado pleno, todo el país expectante, Europa entera pendiente, el arco parlamentario en vilo, de izquierda a derecha, la tensión era palpable en todas las calles de Barcelona; toda una sociedad expectante del Presidente, y entonces: nada.

Eran exactamente las 19:37 horas, cuando apenas había transcurrido media hora de sesión, Carles Puigdemont declaraba, no sin astucia maliciosa, lo siguiente: “El sí a la independencia ha ganado unas elecciones por mayoría absoluta y ha ganado un referéndum a porrazos. Hay un antes y un después del 1-O. Llegados a este punto presento los resultados del referéndum y asumo el mandato del pueblo para que Catalunya se convierta en un Estado independiente en forma de República”.

Revuelo, caos, aplausos, gritos, silbidos, millones de personas boquiabiertas que no sabían cómo reaccionar, miradas cómplices entre los parlamentarios del bloque independentista. Ya estaba, se había consumido la mecha, fin del partido: Catalunya era independiente.

Pero, la burbuja de la nueva República Catalana estalló en apenas tres minutos. Sin moverse del atril, pocas frases después a esta declaración jeroglífica, el President pedía a la cámara la suspensión de la independencia para abrir un espacio de diálogo. Un quiebro retórico que fue aplaudido por los diputados de JxSí y no tan bien recibido por sus socios de la CUP, que no sólo no aplaudieron esta maniobra, sino que se han lanzado prestos a calificarlo como una “traición inaceptable”. La portavoz de este grupo, Anna Gabriel, ha lamentado la pérdida de una oportunidad para declarar la independencia unilateral y ha criticado esta suspensión de efectos que han conocido pocos minutos antes del comienzo del pleno, porque considera que las vías de diálogo con el Estado español están agotadas. No obstante, el discurso de la portavoz ha sido menos agresivo y bronco de lo que muchos esperaban.

Curiosamente, este mismo adjetivo, (inaceptable) ha sido utilizado por el Gobierno central para calificar este amago de declaración de independencia a la espera de una comparecencia oficial de Mariano Rajoy como respuesta a lo expuesto en el pleno del, ya no se sabe bien, si Parlament autonómico de Cataluña o Parlament de la República Catalana. En cualquier caso, ya han repetido su advertencia, con unas u otras palabras,  de que “se van las medidas necesarias para retornar al Estado de Derecho y la democracia”. Ahora son muchas las voces las que se preguntan cuál es el siguiente paso tras este gatillazo de independencia. Esta decisión es más difícil si cabe en estos momentos caóticos en los que nadie tiene claro qué ha ocurrido exactamente en el Parlament.

De puertas para fuera, las reacciones han sido tibias como el discurso de Puigdemont. Los millares de personas que se han agolpado en las ubicaciones emblemáticas como el paseo Lluís Companys y el Arc de Triomf han quedado confusos, descuadrados. ¿Qué ha pasado? ¿Ya somos independientes? Nadie lo sabía, y nadie lo sabe todavía. La realidad es que el sentimiento más extendido ha sido el de decepción y traición. Engaño, una oleada de estupor llegaba con la suspensión inmediata de la no nata República Catalana. Esta críptica declaración ha pillado por sorpresa personas dentro y fuera de España, unas que esperaban ya declaración unilateral y otros que esperaban una marcha atrás milagrosa que, en círculos privados, se reconoce imposible.

Las palabras del President han sido recibidas con profunda amargura por los sectores independentistas más radicales, que hablan de traición, engaño y mentira; una falta de respeto a las personas que se jugaron la libertad y la integridad física para votar el pasado uno de octubre y cuya opinión, alegan, ha sido ignorada. Muchas personas que esperaban celebrar la independencia catalana se han visto zancadilleadas por un discurso de pura retórica y ambigüedad. Por otra parte, los grupos independentistas más moderados aplauden esta declinación de la unilateralidad y agradecen la intención de dialogar de Puigdemont, confiando en que durante las próximas semanas se pueda llegar a acuerdos que pongan fin a los conflictos políticos y sociales del último mes.

Por último, el bloque no independentista ha repetido su mantra de la vuelta a la legalidad y la democracia, y acusan al President de quebrantar la sociedad catalana.

Así las cosas, a las 21:08 de la noche, y sin réplica por parte del President, Carme Forcadell levantaba la sesión en un clima que oscilaba entre la confusión y la decepción. La única conclusión que se puede sacar en claro es la magistral astucia parlamentaria de Carles Puigdemont que, aunque muy criticable, es digna de admiración pues ha sabido incumplir tanto las leyes españolas como las catalanas que él mismo impulsó, y todo ello manteniendo el cargo y, claro está, sin despeinarse.

 

Deja un comentario