Cynthia Duque Ordoñez

La violencia sobre nosotras lleva milenios siendo presente en nuestra vida, se manifiesta en diferentes grados y formas, pero siempre existe y si no hacemos nada para remediarlo no se arrancará sola de nuestros pensamientos y obras.

Acostumbrados a las violencias sutiles nos echamos las manos a la cabeza, asombrados, llenos de espanto, cuando ponemos rostro al drama que miles de mujeres sufren en el mundo: el drama de la violación.

Durante siglos los hombres han luchado por la tierra, la conquista de territorios era la forma más común de adquisición de lo que hoy llamaríamos propiedad inmobiliaria, hoy somos en Occidente algo más “civilizados” en este aspecto (las salvajadas las cometemos fuera de casa), sin embargo, como antaño ocurría algunos hombres continúan reclamando nuestros cuerpos como tributo, como trofeos, como conquistas, meras propiedades que ni sienten ni parecen, que solo están ahí para ser tomadas.

El fragor de la batalla convertía en la mayoría de hombres en bestias, sacaban sus más bajos instintos a relucir. La no consideración de las mujeres como sus iguales, sino como seres inferiores (promovido por la Iglesia Católica) hacía que cuando la adrenalina inundara sus venas arrasaran con todo a su paso: campos, ganado, aldeas y por supuesto no solo mataban a los hombres sino que reclamaban todas las bienes de éstos mediante la violación de “sus” mujeres para reclamar la posesión de ellas al igual que de las tierras.

Hoy en Occidente vivimos relativamente “en paz”, pero mantenemos la misma base cultural patriarcal dominaba y domina a la sociedad, lo que se traduce en una continuación de la violencia sobre la mujer, entendida como una posesión bella a utilizar, controlar y en definitiva poseer en todos los sentidos.

Escena de la violación y el asesinato, Francisco de Goya. Fecha 1808-1812.

Unos treintañeros durante el fragor de la fiesta cometieron un vil crimen, no podemos excusarlos en la ingesta de alcohol, pues obraban bajo un perverso plan orquestado con anterioridad. La violación solía ser (y es en las regiones en guerra como por ejemplo en Oriente Medio, Afganistán o durante la guerra de Vietnam) el colofón de una victoria bélica, hoy lo es de otro tipo de victoria social como se puede entender una fiesta multitudinaria.

Ayer y hoy comparten una premisa: la desigualdad entre hombres y mujeres, en esencia, aclaro, con ello me refiero a que mientras no seamos educados y educadas en el respeto y la empatía nunca acabaremos con el patriarcado.

Ambos conceptos son de vital importancia porque algunos podrán aceptar que las mujeres de su entorno sean igual de autosuficientes que ellos, pero seguirán propasándose con aquellas por las que no sientan empatía, porque si bien dejan de entender a toda mujer como una posesión que “deba” ser tomada, siguen tomándola para satisfacer sus instintos, porque descuidan de los sentimientos que ella como un ser independiente pueda albergar. De ahí, que en mi análisis ligue el fin del patriarcado con la educación en la empatía.

Actualmente ni una cosa ni la otra. Miles de hombres controlan a sus parejas como si fueran de su propiedad y miles usan a las mujeres sin importan lo que ellas quieran.

Como decía antes, nos echamos las manos a la cabeza asombrados, y llenos de espanto, cuando ponemos rostro al drama que miles de mujeres sufren en el mundo: el drama de la violación. Y uno de esos relatos con rostro es la violación que durante los San Fermines de 2016 cinco jóvenes sevillanos de unos treinta años cometieron contra una joven de escasos 18 años.

Las caras de los cinco violadores de los San Fermines, integrantes de “la Manada”.

Este es el caso que llena los periódicos por la crueldad manifiesta de los jóvenes que no era la primera vez que violaban según las pesquisas policiales sino que habían creado una comunidad dedicada a tal fin y por las acusaciones del abogado defensor sobre la víctima que han llegado incluso a ser utilizados por algunos medios de comunicación.

Estos medios de comunicación han tratado de desviar el foco de atención de los acusados a la víctima con el fin de restar credibilidad a su relato,  al tiempo que con su desprecio la humillaban con expresiones como  “ a ver si hizo lo posible para no ser violada” en vez de preguntarnos por qué unos chicos encuentran diversión en maltratar, humillar y vejar sexualmente a una joven indefensa, frente al relato de los hechos en los cuales cinco hombres corpulentos reducen y violaron; o titulares como “vida normal” bajo los cuales se cuestionaba su agresión en base a que ni se había cortado las venas ni se había tirado por un puente.

Estereotipos sobre las secuelas de la violación que fomenta el patriarcado sumergiendo a la víctima en un bucle de culpabilidad del cual está totalmente exenta, que la mente morbosa de algunas personas alimentan y disfrutan. La supervivencia tras una brutal agresión es difícil, pero posible gracias a un buen equipo de profesionales, entre ellos psicólogos que han ayudado a esta joven a seguir viviendo. Mejor sería dar gracias a esos profesionales que le han salvado la vida que buscar macabras explicaciones que pasen por seguir humillando a la víctima.

Mensajes que han aparecido en las últimas semanas en apoyo a la joven.

Arrojar dudas sobre el testimonio de la joven, no solo la humilla y revive su dolor, sino que invita a muchas otras jóvenes a no denunciar para no sufrir el mismo rechazo social.

Sobre ningún otro delito se arrojan tantas dudas gratuitas como sobre la agresión sexual, parecería ilógico preguntar a la víctima de un robo con fuerza si tiró bien del bolso cuando el ladrón le robó, ¿verdad?

Uno de los defensores de los violadores de los San Fermines fue el productor de pornografía Torbe encausado por abusos sexuales y trata de menores para fines de explotación sexual, que decía las siguientes palabras “son tres chicos agraciados que podían tener a la chica que quisieran”. Le respondo de nuevo con otras palabras por si mi pequeña introducción no ha sido lo suficientemente clara en este aspecto: el violador no viola por obtener sexo, viola para disfrutar sometiendo, humillando y maltratando a través del sexo. Obtiene su placer de infringir dolor a una niña, joven o mujer.

Pero no solamente se ha puesto en entre dicho el testimonio de la joven violada, además se ha protegido la identidad de sus agresores pixelando sus caras, que nosotras nos hemos tomado la molestia de difundir, cosa que no hicieron con los encarcelados por una riña tumultuaria en Alsasua donde estaban implicados varios guardias civiles.

Manifestación convocada en Madrid en apoyo a la chica violada

La repercusión popular no se hizo esperar y durante días en redes y tertulias se extendía la única idea de pedir justicia y gritar a esa joven que no está sola en su dolor y que somos muchos, la mayoría, los que creemos su testimonio, que por cierto, está perfectamente sostenido por las pruebas. Sin ir más lejos fue unánime el apoyo a la joven por los colectivos feministas que reclamaron el fin de la violencia de género el pasado 25 de noviembre.

Mientras esperamos a conocer el fallo de la sentencia podemos hacer un repaso al juicio y a los aspectos más escabrosos de este que se ha celebrado a puerta cerrada con el fin de preservar en el anonimato la identidad de la víctima y de protegerla lo máximo posible del espectáculo mediático que algunos impresentables han montado alrededor de su violación.

En primer lugar, la fase de presentación de las pruebas ha estado salpicada por el escándalo al aceptarse en un primer momento para después renunciar a ella, el informe de un detective sobre la vida de la joven los días posteriores a la agresión sexual. En palabras de la Fiscal del caso Elena Sarasate “la victima intenta tener una vida lo más normal, ¡faltaría más!”.

“Creían que gozaban de una impunidad que afortunadamente no tuvieron” ha manifestado la Fiscal en sus conclusiones finales en las que ha pedido una pena privativa de libertad de 22 años 10 meses  para cada uno de los cinco acusados y una indemnización por daños morales de 100.000 euros. Ha destacado que las pruebas son absolutamente congruentes y ha destacado las contradicciones en el testimonio de los acusados. La victima solicita una pena de 25 años de prisión y la acusación popular 26 años.

No era la primera vez que agredían sexualmente en grupo, y gracias a que están en prisión no lo han hecho de nuevo. Conocían cómo debían atraer a su víctima y durante la agresión sexual actuaban de manera muy ordenada entre ellos, planificada, como si no fuera la primera vez.

Tenemos constancia por los mensajes intercambiados  en un grupo de  WhatsApp privado los días anteriores (integrado por 22 hombres) que se denominaban “la Manada” que venían planeando desde hacia tiempo el viaje a Pamplona y el “fin de fiestas” a través de una violación. En dichos mensajes que todos recordamos se aludía a comprar drogas con las que doblegar la voluntad de las jóvenes y cuerdas ya que después todos querían violar.

Mensajes del grupo de WhatsApp de la Manada la publicados por www.locarcornio.com

¿Por qué no se aceptaron los mensajes como prueba?

Como decía antes se están juzgando los hechos ocurridos dentro del portal, la preparación de ciertos crímenes como la rebelión es punible, pero no así en la agresión sexual. Sin embargo, un motivo de mayor peso es el siguiente: serían el eslabón débil de una más que consistente practica de la prueba que concluiría en una sentencia de culpabilidad, sin dichos mensajes se sostiene la culpabilidad, no son estrictamente necesarios, sin embargo, si se hubieran admitido hubiera sido el fallo del tribunal fácilmente recurrible por indefensión y los acusados hubieran podido provocar la nulidad de actuaciones que los hubiera dejado en libertad.

Hoy sabemos por esos mensajes que la violación era la manera de entrar a pertenecer a la banda. Al igual que sabemos que en Pozoblanco ya se cobraron una víctima a la cual dormida vejaron y tocaron, abusando de ella una vez las drogas (posiblemente burunganda) que le habían suministrado surtieron efecto. Al final la tiraron fuera del coche como si fuera una colilla. En este caso la joven cordobesa no denunció en un primer momento, según sus propias palabras “por vergüenza”. Sospechaba que algo había pasado, aunque no se acordaba de nada. Guardó su vestido rajado por ellos que la noche de os hechos llevaba y ha presentado denuncia finalmente.

Se les imputa una agresión sexual consumada, delito contra la intimidad (por haberla grabado) y un delito de robo con fuerza.  Sin embargo, no se ha defendido la existencia de una organización criminal o banda de cuya pertenencia se pueda desprender otra pena acumulativa, en cuyo caso sería a mi juicio fácil de demostrar a la luz de los mensajes de WhatsApp tan controvertidos. Sin embargo, desconocemos como se has obtenido estos mensajes, ya que si no tienen su origen en una orden judicial no pueden ser el origen de un procesamiento nuevo, ya que la obtención de la prueba sería inconstitucional. Por otro lado, el carácter “grupal” de la agresión se ha tenido en cuenta al agravar la pena por agresión sexual.

Algunos han destacado como si fuera algo relevante para probar la no culpabilidad de los acusados que la victima parecía ir libremente con ellos antes de entrar en el portal en el cual la violarían, sin embargo, los hechos que se juzgan no son los anteriores o los posteriores a “ese portal”, sino lo que en él ocurrió. Por otro lado, fue introducida con engaños “no podía sospechar ni en sus peores pesadillas” lo que le harían ¿o acaso es del todo lógico violar salvajemente a una joven entre cinco hombres adultos?

Innegablemente hubo intimidación y “la joven no tuvo otra posibilidad que resignarse” ante lo que la Fiscal ha definido como “una superioridad física y ambiental”. El caso está atado y bien atado, todas las pruebas apuntan a una misma dirección: la culpabilidad de los cinco acusados.

El video no muestra una película porno como el abogado de los acusados defendía, aquel que definía a sus clientes como “imbéciles”, “patanes” pero “buenos hijos”, sino una violación, en palabras de la acusación “vemos a una mujer que está siendo forzada y a la que obligan a mantener relaciones sexuales forzadas”, que en ningún momento participa, se mantiene inmóvil, en shock, con los ojos fuertemente cerrados mientras ellos la humillan y agreden.

La crudeza de sus lesionas así lo corroboran, lesiones mucho más graves que las habituales en víctimas de violación. De ahí y también por el daño moral que le ocasionó a la victima descubrir que un detective privado la seguía por mandato de sus agresores, se pide una cuantiosa indemnización por daños morales acreditados.

Un país no constituye un Estado de Derecho si se criminaliza a la víctima en vez de al agresor.

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