Por Javier Cortines
Flor, una mendiga rumana de 84 años -que dormía a la intemperie en un hueco de una calle del madrileño barrio de Chamberí-, recibió una brutal paliza en la madrugada del jueves, 23 de noviembre, a manos de cuatro jóvenes que se hartaron de darle puñetazos en la cara y en el estómago.

La anciana y su pareja Pedro, de edad similar, huyeron de Rumanía hace cuatro años para escapar de la ola de racismo contra los gitanos que recorre ese país. Cuando Flor fue localizada el viernes (día de la estampida consumista del Black Friday) con las marcas de los golpes en todo el cuerpo, dijo a los servicios auxiliares que la socorrieron: “No les tengo miedo”.

Flor y Pedro

Este escriba, a día de hoy, desconoce si esos cuatro criminales, (esa otra manada), siguen libres y haciendo de las suyas o, si por el contrario, están entre rejas a la espera de ser juzgados. Merecen un castigo ejemplar porque no hay nada más despreciable que ensañarse, con toda la mala leche del mundo, contra los más débiles, los ancianos y los niños.

A veces nuestros mendigos (que también son españoles, aunque ensucien con su presencia la “inmaculada marca España”) viven aterrorizados cuando se les acercan las cruces gamadas o simplemente individuos (generalmente machos) que odian a “la gente basura”, lo que en psicología significa – a nivel subconsciente- que se detestan así mismos imaginándose que, por un azar de la fortuna, podrían caer en un pozo de cucarachas.

Los pobres y los mendigos, a los que muchas veces damos menos valor que a nuestros perros y mascotas, son el resultado de la avaricia y la insaciabilidad de la plutocracia, cuya ética se encuentra muerta en los ataúdes de los paraísos fiscales.

Pocos días antes de que Flor fuera dejada en la calle semiinconsciente -según informó la prensa- al otro lado del Atlántico una chica de 27 años, llamada Kate McClure, se quedó sin gasolina y sin dinero en una autopista de Filadelfia (EEUU). Por suerte, un mendigo que solía pedir por allí, fue a socorrerla. El joven John Bobbih, – ex marine de 34 años de edad que había caído en el infierno de las drogas-, fue a pie con una garrafa hasta una gasolinera y se gastó los únicos veinte dólares que tenía en combustible.

Kate, que por un despiste no había llevado la cartera ese día, nada más llegar a su destino abrió una cuenta para Johny en “gofundme”, página de internet que se dedica a recaudar fondos para causas nobles. A fecha del 23 de noviembre ya había recibido 290.145 dólares (unos 244.000 euros).

Kate y Johny

Ahora Johny, como le llama Kate, ha decidido alquilar una casa, buscar trabajo y ayudar, con el dinero que le sobre, a la gente que lo esté pasando mal. El ser humano es algo más que una ideología, una bandera, una patria, etc.

Para unos la patria es la infancia, para otros sus amigos, para otros sus recuerdos, para otros las costas de Ítaca que un día vimos en sueños.

Entre los ángeles y demonios se encuentra una mayoría que, según nuestro colega Germán Gorraiz López, (lo que suscribo al cien por ciento) está a merced de “la dictadura invisible del consumismo compulsivo, cuyo objetivo es anular las ideologías y convertirnos en seres acríticos”.

La Biblia, a veces, tiene razón, sobre todo cuando dice: “Cuando paséis hambre, los pobres os darán de comer; cuando estéis sin ropa, los desnudos os vestirán”.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir: “Los Nadies” también existen y merecen que las instituciones les presten atención. Eso lo recordaba frecuentemente Eduardo Galeano, ese extraordinario observador que tenía una visión “microscópica y macroscópica” de este y otros mundos. Hay gente – me dijo una vez una amiga- “que no ve el alma de los otros”.

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