Por Javier Cortines

Todavía recuerdo aquel día azul de un mes de agosto de 1968. A pocos metros de distancia vi como un hombre torturaba y asesinaba a un perro indefenso. Sus escalofriantes aullidos (llamadas de socorro) siguen retumbando en las paredes de mi mente y cada vez que leo o escucho alguna noticia sobre maltrato animal se me revuelven las tripas.

Yo tenía quince años y me gustaba disfrutar del campo. Salí de mi casa del centro de Santander, cogí mi bicicleta y, tras pedalear un largo rato,llegué a las praderas siempre verdes de los pueblos colindantes. Paré en un camino rural y, de repente, escuché el rugido del motor de un coche que parecía correr envuelto en llamas.

Camada de gatos rociada con ácido en el restaurante Las Delicias del Puerto

El conductor había atado un extremo de una cuerda al gancho de remolque de su vehículo y el otro, alrededor del cuello de un precioso perro color canela. Mientras el automóvil aceleraba, el canino reculaba y clavaba sus patitas en el piso para intentar detener aquella máquina infernal. Durante unos segundos contemplé como sus extremidades se descarnaban dejando cuatro estelas de sangre en el asfalto.

Cuando el coche y el perro desaparecieron de mi vista, aún se escuchaban, cada vez más débiles, las lastimeras súplicas del animal. Primero maldije la impotencia que me impidió detener aquella carnicería. Luego me sumí en un silencio sepulcral que poco a poco fue invadido, como si estuviera dentro de un sueño, por el chirriante canto de las cigarras y ese viento del norte que zarandea las copas de los árboles.

Escribo lo anterior porque me acaban de narrar un caso escalofriante de maltrato animal que ocurrió el pasado verano. He comprobado los datos tirando de hemeroteca. Os resumo la historia aprovechando que estos días se han colocado cientos de carteles en Cartagena pidiendo a la gente que no abandone a sus mascotas durante las vacaciones estivales.

El mezquino protagonista del episodio que nos ocupa es el dueño del restaurante “Las Delicias del Puerto” (Alicante), que se deshizo en julio de 2016 de una camada de gatitos recién nacidos arrojándoles encima un cubo de ácido corrosivo.

Tras producirse el crimen, varias personas denunciaron al maltratador, que fue detenido y multado por la policía. Las crías fueron acogidas por la asociación Felinos Lo Morat, que al poco tiempo lamentó la muerte de uno de los gatitos a causa de las graves quemaduras.

La asociación, que recibió docenas de donaciones de 2 a 200 euros para que se curase a la camada, publicó un comunicado diciendo que se prevé que “los animalitos pasarán una larga estancia con sus cuidadores, ya que las quemaduras, sobre todo las de tipo químico, tiene un periodo de curación muy largo y complicado”.

En ese mismo mes la prensa informó de que un perro fue abandonado sin agua en un balcón que hervía a más de cuarenta grados de temperatura, en el municipio de Polinyà (Barcelona). Al parecer, el canino se coló entre los barrotes del balcón y saltó al vacío para suicidarse. Esta vez el perro tuvo suerte, ya que los vecinos lo salvaron extendiendo una lona en la calle.

“Esas son las consecuencias de dejar a un perro durante horas en un balcón con altas temperaturas”, escribió la policía tras el suceso en una web que se publicó en Facebook.

Estos, por desgracia, no son casos aislados, ya que se producen millones en todo el mundo y a todas las horas. Quizás las jóvenes generaciones, que están más sensibilizadas con el sufrimiento animal, hagan algo para erradicar ese tipo de barbarie de la faz de la tierra.

Muchos “seres humanos” siempre descargan su cólera contra los más débiles e indefensos, y con más saña si están amedrentados o amarrados. Cuando ven a alguien más fuerte que ellos, se produce “ipso facto” la metamorfosis del león al ratoncillo. ¡Oh, cobardía, qué poca consciencia tienes de ti misma!

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble gallo Beneventano para decir que necesitamos valientes que denuncien y combatan todo tipo de maltrato. Y tú, mujer, hecha a imagen y semejanza de Dios, aléjate de todo aquel de puño rápido y corazón mezquino por mucho que lleve la máscara de Santo Tomás de Aquino.

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