Por Benito Giménez

En los últimos meses hemos asistido a la proliferación de vehículos de transporte público que se han utilizado como mecanismo reivindicativo de las diversas ideologías. Por una parte, el denominado “autobús del odio” y su contrapartida  en València, (“Davant l’odi, denúncia!“). Por otra parte, los autobuses de marcado carácter político: el “Tramabús”, el autobús recortable de Vox, el autobús en apoyo al referéndum en Cataluña, el “Tramabús recortable”.

No es algo inhabitual en el panorama de la propaganda: la fotografía que acompaña el artículo se corresponde a otra campaña de la organización Hazte Oír que pedía el voto contra Cifuentes por el cambio ideológico de ésta en cuanto al tema del aborto. La cuestión que más  preocupa no es la propia reivindicación, que entraría dentro del concepto de la libertad de expresión,  sino el fondo de cada uno de las reivindicaciones:

  • En el caso de Hazte Oír, las dos reivindicaciones realizadas se fundamentan, en el caso contra Cifuentes, en la imposición del control sobre el cuerpo de la mujer, acompañado de una suerte de escrache a la propia Cifuentes, mediante la denuncia pública de su cambio ideológico; en el caso del “autobús del odio”, en una ideología que excluye al colectivo transexual y niega la existencia de la intersexualidad. Ninguno de los dos casos se puede considerar libertad de expresión, dado que tratan de imponer una ideología que atenta contra los derechos de otras personas, aparte de negar la evidencia científica, aportada incluso por la OMS.
  • El autobús recortable de Vox es, tanto una respuesta de la derecha reaccionaria, como una crítica al gasto realizado por Podemos para llevar a cabo la campaña del “Tramabús”. Es un caso claro de libertad de expresión desde este punto de vista.
  • En el caso de los autobuses “independentistas” de Ada Colau nos encontramos con un elemento distintivo: cualquier persona u organización tiene derecho a, mediante el pago demandado u ofertado, publicar lo que desee, siempre y cuando esta acción no sea considerada una actividad ilícita. Por tanto, ahí entraríamos en el análisis del contrato efectuado por el Ayuntamiento y la organización solicitante, y de la posible denuncia, pública o privada, que se pueda presentar, aparte de la resolución judicial correspondiente.
  • El “Tramabús” tiene su similitud con el de Vox: utiliza la denuncia pública para remarcar la omnipresente corrupción en el seno del Partido Popular y la gestión delictiva de diversos gestores de la empresa privada. Es, por tanto, un tipo de escrache.

Sin embargo, en este caso, a pesar de que el “Tramabús” señala directamente a determinados personajes, es únicamente la punta del iceberg. La denuncia continúa en las redes, en los medios de comunicación, tiene su impacto en la actividad y el discurso políticos. Y aún va más allá: trata de llevar al gran público la idea de una “Trama” político-empresarial que hunde sus garras en el dinero público para enriquecer a sus miembros y mantenerlos en el poder, una idea que parte de la tesis presentada por el sociólogo Rubén Juste en la Complutense de Madrid, que ahora ha sido publicada por Capitán Swing Libros.

Todos estos casos, y algunos más, buscan llamar la atención de la sociedad a partir de conceptos simples y generalizaciones.

Si reflexionamos sobre esto último, se podría considerar que la generalización, la búsqueda de un enemigo común, es el objetivo final de estas campañas. La generalización, el etiquetaje, deshumaniza. Y la deshumanización convierte la realidad en un concepto etéreo que la oculta. Ya no hablamos de denuncia, sino de saturar al ciudadano con un concepto que “facilite” el discurso posterior. Si, además, este concepto es accesible al ciudadano medio y se hace uso de una palabra con connotaciones negativas que lo califica, se consigue cierto nivel de odio, el comienzo de una indignación frente a algo casi impalpable, que causa más angustia sobre el ciudadano.

Esto no es más que una aplicación del concepto de propaganda: la simplificación del mensaje a comunicar con el mayor impacto posible. No importa la comunicación precisa de la información, solo importa llegar a cuantos más mejor. Convertimos así el debate ideológico en una batalla por la audiencia.

P.D: Este artículo es simplemente un análisis. No pretendo criticar ni la forma ni el fondo si estos pertenecen al ámbito de la libertad de expresión y/o de información. Como todo análisis, es criticable e interpretable. Incluso revisable.

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