Por Javier Cortines
La atmósfera brumosa, casi infernal de Blade Runner 2049, nos lleva a un inframundo distópico y agónico, poblado de androides y humanos con sentimientos borrosos (en línea con la creciente deshumanización del planeta). En ese espeso paisaje de polvo y luces, se funde lo real y lo irreal, lo bello y lo siniestro, al igual que en los albores del siglo XXI.

Se trata de una película extraordinaria que hay que beber sorbo a sorbo como un viejo coñac que se guarda como un tesoro en un pequeño barril de una bodega milenaria. Esta cinta es la continuación de “Blade Runner” (Ridley Scott, 1982), que terminó con aquella memorable frase del androide Roy Batty (Rutger Hauer) que mató a su creador: “todos esos momentos desaparecerán como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”.

En Blade Runner 2049, a mi juicio una obra maestra, volvemos al submundo de los humanoides, que se presentan como ángeles caídos -por capricho o maldad de su hacedor- que han sido diseñados, a través de la ingeniería genética, para servir como esclavos a los inescrutables planes de “el demiurgo”, dueño de una empresa que los fabrica por millones.

Ryan Gosling (el protagonista principal) es un agente al que se le ordena (obliga) matar a replicantes que estorban. Por “retirarlos” recibe una bonificación. La cinta está basada en la obra “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, donde no aparece la expresión “Blade Runner” sino la de “Bounty Hunter” (Cazador de bonificaciones o de recompensas).

El montaje de Blade Runner 2049 se asemeja a la construcción de una catedral en un terreno pantanoso. El pasado y el futuro no importan, sólo existe un presente sin esperanzas del que es inútil huir. La lentitud de los sucesos se encadena de forma magistral, en cada instante se encuentran y se funden, la muerte y la eternidad.

La mejor amiga y amante del agente K (Ryan Gosling) es un producto holográfico que se anuncia en pantallas gigantes como la compañera ideal para llenar el vacío y la soledad de los androides sin alma. Entre el “cazarrecompensas” y su bella adquisición (papel interpretado por la cubana Ana de Armas) surgen “sentimientos implantados” que nos conmueven e invitan a reflexionar sobre nuestra relación con las seductoras imágenes de la publicidad, cuyo hipnótico poder dirige (consciente o inconscientemente) nuestros pasos en todos los campos de la vida, y, especialmente, en el ámbito de la economía y la política.

Bajo la dirección del canadiense Dennis Villeneuve (Sicario, La Llegada), la mayoría de los actores y actrices interpretan un papel impecable. Algunas escenas apocalípticas nos recuerdan al Blade Runner de 1982, otras engarzan con sensaciones de esta época y no es extraño que, por ese mismo motivo, nos resulten familiares.

La deshumanización que desprende el humus de la obra tiene mucho que ver con la que impera ahora (en la que el valor de los seres humanos es un dato estadístico). La desolación del film nos traslada, a través de una serie de filtros, a la máxima terrícola de “ojos que no ven corazón que no siente”, verdad que comprobamos todos los días en la aldea global.

Villeneuve nos advierte también del avance imparable de “la máquina humana” (que amenaza con desplazar al hombre). Según Stephen Hawking, “los amos del futuro serán los dueños de los robots”, y de otros juegos -agrego- “que tanto nos entretienen ahora y tanta gracia nos hacen”.

El ex agente Rick Deckard (Harrison Ford), que vive aislado con millones de botellas de whisky en un rincón del fin del mundo (las ruinas de lo que antiguamente eran Las Vegas) es el enlace con la cinta de 1982. Él y K tendrán un encuentro inolvidable en un lugar donde se chocan varios mundos. Ahí hay que “correr sobre cuchillas” para encontrarse con el destino que nos persigue como una sombra.

La obra implosiona suavemente con su magnético suspense, la inquietante y chirriante música de fondo, el pavor y deleite de la imaginación, los grandes silencios, la mirada serena sobre la nada, el acoplamiento de lo falso sobre lo verdadero y viceversa, en fin, la vida del ser humano que es, al mismo tiempo, una hormiga y un dios. Hasta el final no se sabe cómo acaba la película. Siempre hay un muro que impide ver más allá. La planta de cemento es carnívora. Sólo queda la duda existencial.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para aconsejar a la gente ver “Blade Runner 2049” para caminar por ese fascinante mundo con una visión poliédrica, siendo conscientes de la eterna vulnerabilidad del ser humano que desde el precipicio intenta alcanzar las estrellas.

 

 

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