Por Javier Cortines
Los seres humanos son, de repente, importantes, cuando se trata de conseguir votos para coronar a los antropoides o para reclutar soldados, como carne de cañón, en tiempos de guerra. Cuando no hay elecciones y el pueblo disfruta de “paz social” y del panem et circenses (el bocadillo y el fútbol) se intenta que las masas sigan el adagio del palo y la zanahoria.

El diario ABC, que suele rellenar los huecos que deja El País, informó en su pasada edición del lunes, 27 de noviembre, que ahora todos quieren seducir a los inmigrantes de la Media Luna que, -hasta hace escasas jornadas sólo existían para hablar de terrorismo-, ya que su sufragio podría ser decisivo en las elecciones del 21-D, cuya campaña electoral comenzó en la media noche del 4 de diciembre.

A menos de dos semanas de la cata del melón republicano o monárquico los partidos en liza se disputarán (abiertamente o a lo zorro) las 170.000 papeletas de ese colectivo musulmán que podría reforzar a Puigdemont, conocido como el líder de los íberos (españoles i lusos) o a Inés Arrimadas C´s, que se ha visto aupada por el contencioso catalán.

Ya se sabe que el PP quedará el último en la consulta del 21-D, lo que le trae al pairo a Don Mariano Rajoy, cuyo sueño es gobernar en el territorio mucho, mucho español, hasta el cuarto, cuarto milenio.

Hay quien dice que incluso la presidenta de facto de Cataluña, Soraya S. De Santamaría, podría hacer campaña con chilaba y babuchas para ganarse a nuestros parientes de Al-Andalus. Sé que es de mal gusto hacer bromas sobre la religión, pero deberíamos saber que la mayor prueba de racismo es llamar a Alá, Alá, cuando su traducción al castellano es Dios (de Zeus).

Ese punto que acabo de citar es de vital importancia, pues los musulmanes, en cuanto a creencias religiosas, son muy parecidos a nosotros. Ellos niegan la teoría de la evolución de Darwin y, al igual que los católicos bíblicos, están convencidos de que descendemos de Adán y Eva.

También creen que Dios entregó Las Tablas de la Ley a Moisés, a quienes ellos llaman Musa; veneran a Abraham (Ibrahím) y a sus dos hijos: Isaac, el padre de los cristianos y los judíos (cuya fusión crea el judeocristianismo) y a Ismael, progenitor de los ismaelitas o árabes.

Mi profesor de árabe en El Cairo (1), Abderrahmán Al Alfil, era pariente del último rey de Egipto, Faruq, (derrocado por Nasser en 1952). Siempre que hablábamos de religión en castellano decía Dios, ya que mi amigo conocía la connotación negativa de Alá en boca de los occidentales. Sólo cuando hablaba en árabe clásico pronunciaba el nombre coránico.

Los hispanoparlantes no deberíamos decir que los angloparlantes adoran a God, ni tampoco p. ej. que hay británicos ateos que no creen en God.

Alá Ákbar, por lo tanto, no significa Alá es el Más Grande, sino Dios es el Más Grande. Para erradicar el racismo, que casi siempre es económico (los ricos, aquí y allá, son casta) hay que empezar por cambiar lo nuclear.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para pedir a los Reyes Magos que los seres humanos sigan siendo importantes, más allá de las elecciones y las guerras.

-1-A finales de la década de los setenta este escriba trabajaba de profesor de lengua y cultura española en el Centro Hispánico de El Cairo, hoy reconvertido en el Instituto Cervantes.

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