Érase una vez una familia de cerditos formada por el papá, la mamá y los tres cerditos. El papá era un prejubilado de Campofrío y la mamá trabajaba de administrativa en Navidul. Un día de junio cualquiera reunieron a los hijos para decirles que, puesto que ya sobrepasaban todos los 30 años, era momento de que se independizaran.

El primero, el más joven, era el típico cerdo hippy con melenas que compaginaba la carrera de Bellas Artes con un contrato por obra discontinuo a tiempo parcial en una granja escuela haciendo monerías para los niños. Su contrato precario no fue un obstáculo para que el lobo Fidel le concediera un préstamo para comprarse una casita de paja a las afueras. “Y si quieres te presto el doble de lo que necesitas porque al fin y al cabo las casas de paja nuuuunca bajan de precio”, comentó Fidel.

Los tres cerditos y el mercado feroz

El segundo cerdo se presentó a unas oposiciones a un matadero municipal y, animado por las desgravaciones fiscales que ofrecía el lobo Fidel y por el clamor popular del “Si es que no merece la pena pagar un alquiler pudiendo comprar”, se compró una casita de madera con una hipoteca a 50 años al 5% TAE con cláusula suelo al 4,95% y 3.000 € de gastos de constitución.

El tercero, un cerdo hecho a sí mismo, no había terminado ni la ESO pero desde pequeño era una fiera de los negocios y revendía bocadillos de mortadela en el colegio. Empezó a invertir sus ahorritos en unos terrenos del pueblo y, repartiendo convenientemente sobres de jamón ibérico de cebo, consiguió recalificarlos y montar una constructora multinacional. Con el primer pelotazo se construyó una casa que era de ladrillo. Pero también de piedra y la zona de la piscina de acero y el gimnasio acristalado y con un puente de acceso al garaje a lo Calatrava.

Un día que estaban todos en casa de los papás-cerdo celebrando un cumpleaños escucharon por la ventana a otros animales que decían ¡¡que viene el mercado ferooooooz!! ¡¡que viene el mercado feroooooooz!!. Rápidamente se fueron cada uno a su casa y cerraron la puerta.

El mercado feroz primero se dirigió a la puerta de la casa de paja. Toc, toc, toc.

-¿Quién es?
-Soy el mercado feroz.
-¿Y qué quieres?
-Sólo venía a comentarte una cosita sobre reforma laboral (digo flexibilidad laboral), abaratamiento del despido y expedientes de regulación de empleo.
-No, si a mí me dijeron que no importaba, que siempre podría vender mi casa de paja…
-¿En esas estamos?- dijo el mercado feroz -pues soplaré y soplaré y tu casa derribaré: ¡¡Ffffffffffffffffffffffffffffffff!!

La casa de paja se fue a tomar por culo y el cerdito más pequeño se tuvo que volver a casa de sus padres.

El mercado feroz después se fue a la casa de madera. Toc, toc, toc.

-¿Quién es?
– Soy el mercado feroz.
-¿Y qué quieres?
-Sólo venía a comentarte una cosita sobre ajuste presupuestario, reducción del déficit fiscal y racionalización del gasto público.

El cerdito, muy seguro de sí mismo, dijo -No, no, si yo soy funcionario interino.

-¿En esas estamos?- dijo el mercado feroz, -pues soplaré y soplaré y tu casa derribaré: ¡¡Ffffffffffffffffffffffffffffffff!!-

Y el contrato de interinidad se fue a tomar por culo y el segundo cerdito tuvo que volver a casa de sus padres.

Por último, el mercado feroz se dirigió a la casa del tercer cerdito, pero le resultó más difícil llegar a la puerta porque le paró el guarda jurado y le comentó que estaba en una propiedad privada, que era una zona videovigilada y que si quería llegar a hablar con su dueño tenía que desnudarse en un escáner y rellenar un formulario sobre los motivos de la visita.

-Pues viendo esta maravilla de casa –dijo el mercado feroz- sólo quería comentarle las últimas novedades en ventajas fiscales para las rentas más altas, modos de evasión a paraísos fiscales, nuevas inversiones en productos derivados (jamones futuros o bellotas subprime) y venta de viviendas desahuciadas (justo vengo de quedarme con dos) a fondos buitres.
-Pase, pase, será un placer recibirle.

El mercado feroz entró a la casa e instantáneamente surgió la pasión entre los dos, se enrollaron allí mismo excitados por las noticias de la quiebra de Grecia, los problemas del euro, los constantes desahucios diarios y… colorín colorado, este cuento se ha acabado.

¡¡O quizá todavía no se ha acabado!!

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