Vivimos en la era de la comunicación global. De la información vertiginosa, pero también de la falta de fuentes fiables, de la pausa necesaria para valorar cuánto hay de noticia, y cuanto de propaganda.

La información es poder. Siempre lo fue, y siempre lo será. Pero ahora tamizado por infinitos intereses, a veces contrapuestos, y otras complementarios, con vasos comunicantes que se retroalimentan hasta el infinito y más allá.

 

Nada es nuevo bajo el sol. A lo largo de la Historia, la mentira y la tergiversación han sido empleadas por todos los poderosos para conspirar en favor de sus intereses, o simplemente para aprovechar la marea de justas reivindicaciones de la sociedad en su propio beneficio, creando campañas artificiales que influyen en la opinión pública hasta el punto de cambiar actitudes, valores, ideales y objetivos.

Años ha, cuando solo existía la prensa escrita (y algunas televisiones, no el boom audiovisual actual) era relativamente fácil engañar a la población. Y se hacía. De forma sistemática además. No hace falta ir muy lejos….la Guerra del Maine, la Guerra del Golfo de 1991, las “armas de destrucción masiva” el ataque a población civil con gas sarín, mostaza, naranja, etc.. de Al Assad, de Sadam Hussein, de Gadafi…(se pueden intercambiar tanto el método empleado, como el dictador de turno sin ningún problema, en cualquier conflicto) por hablar solo de algunos ejemplos, en los que queda claro que quien detenta la información, detenta el poder para mentir, manipular y dirigir la opinión pública en la dirección que interesa en cada momento.

Todo es “hackeable” y lo peor es que somos conscientes de ello. Y aún así, lo aceptamos.

Vendría a ser la cara “B” de la historia. La que nunca se investiga (o cincuenta años después), la que no sale en los libros de texto, la que una vez verificada, ya no se puede cambiar, solo constatar, con evidente vergüenza, los oprobios y abusos cometidos, en nombre del progreso.

De la “Historia”.

Sin responsables políticos, sin castigo.

Ahora, en esta época de sobreinformación, todavía es más fácil cambiar el orden natural de las cosas: Se puede manipular una foto (en twitter, en face, en instagram…en cualquier aplicación), se puede manipular un texto, y se pueden manipular actuaciones, gestos, declaraciones y hasta discursos. Todo es factible. Todo es “hackeable” y lo peor es que somos conscientes de ello. Y aún así, lo aceptamos.

Porque no interesa contrastar nada. Solo ser los primeros en dar la noticia. Aunque sepamos a ciencia cierta que es más falsa que las diplomaturas de Fernández de Mesa (por poner un ejemplo reciente).

Nos da exactamente igual. De hecho, da la impresión de que nos parece hasta bien si eso sirve para debilitar, desprestigiar y/o hacer perder imagen, votos o credibilidad al enemigo (famoso, político, mindundi….da igual).

Pero sobre todo para alimentar el insaciable ego de cada uno, ese Pepito Grillo del lado oscuro que nos insiste que lo mejor que nos puede pasar es que nos escuchen, nos alaben, nos rían las gracias o se apiaden con nuestras penas, aunque sean inventadas.

Ojo, como descargo, también hay que decir que no todo lo que se publica en Internet es descabellado y carente de credibilidad, contraste y verdad. Gracias a  Internet sabemos, por ejemplo, que las teorías conspiratorias no siempre son solo eso, teorías. Sin la difusión mundial de los papeles de Panamá, de las filtraciones de Snowden, de Assange, de Falciani, muchos aún creerían que las políticas (y sobre todo quienes las aplican) no tienen nada que ocultar. Y queda demostrado que cuando apenas se rozan las alcantarillas, salen los amaestrados esbirros del poder para amedrentar, sitiar, exiliar o reclamar la extradición inmediata de los osados que intentaron sabotear el sistema denunciando sus oscuros intereses.

Ahora es relativamente fácil conseguir que la sociedad se mueva en la dirección que interesa. Sea para organizar una manifestación o para sabotearla, sea para marcar objetivos o para minimizarlos, o transformarlos. Sea para aupar a un político al poder o para defenestrarlo. Y el poder lo sabe. Y quienes lo ostentan. Rajoy sabe, por ejemplo, que no  hacer nada es una forma de posicionarse (y que actúen otros a riesgo de equivocarse o quemarse en el intento). Trump sabe el poder de las redes sociales y lo utiliza en su propio beneficio. Sabe que un tuit suyo mueve corrientes de opinión (en contra, pero también a favor) y que mientras tiene a la población entretenida en insultarle o alabarle, no prestan atención a su desconocimiento absoluto de como funciona la política al más alto nivel, ni tan siquiera la sociedad en su conjunto.

Que una asesora suya se invente una masacre (Bowling Creek) para criminalizar a los musulmanes no es nuevo. Ya lo inventó Goebbels contra los judíos. Pero sí es igual de efectivo. Utilizar las redes sociales, la televisión, los medios audiovisuales, es una forma barata, fácil, directa y global de convencer a gente con nulo espíritu crítico, de que los árabes son culpables (en su totalidad) de la crisis mundial, de los atentados y de todo lo que ocurra, ahora y en el futuro más inmediato.

En la amalgama de noticias, inventos, vídeos preparados, fakes y demás parafernalia informativa que pulula por la red es imposible dilucidar dónde está la verdad, si es que existe todavía.

Y de conseguir una legión de ciegos seguidores que jamás se cuestionaran siquiera que pueden estar engañándoles para proteger oscuros e intolerables intereses, que nada tienen que ver con proteger a la población, sino a las empresas del lobby que aupa al político de turno al poder, para que sea el lacayo de sus objetivos.

Sin control editorial, con unos medios de comunicación tradicionales superados por las nuevas tecnologías, las ideas más extravagantes, cuando no directamente letales, alcanzan al gran público, con una fuerza comparable a la propaganda nazi de la época.

Lo peor de todo es que en la amalgama de noticias, inventos, vídeos preparados, fakes y demás parafernalia informativa que pulula por la red, publicada por anónimos (de los que es imposible saber si actúan de buena fe para denunciar el sistema, o directamente trabajan para él) es imposible dilucidar dónde está la verdad, si es que existe todavía.

La evidencia contrastada, contrapuesta a la simple conjetura, al bulo, al infundio interesado, debería ser la piedra de toque que nos haga despertar.

Allá donde mires, solo hay injusticia, manipulación y mentira. ¿Nuevo? no, solo mejorado para seguir convenciendo a la gente. Mientras el poder crea una realidad a su gusto, nosotros, los de siempre, los de abajo, nos sentimos cómodos en el fango, porque pensamos: Siempre se puede estar peor. Nos da igual que todo apeste, porque nos han hecho creer que debajo de las cloacas, todavía hay almas que huelen peor.

Como si ya vivieramos la última fase de nuestra aceptación como siervos. Con diferencias, sí, pero al fin, todos esclavos.

La realidad que nos pintan es una realidad falseada, edulcorada para que no abandonemos nuestra puñetera zona de confort. Una realidad en la que el miedo se pinta con fantásticas luces cegadoras, como las que matan animales a diario en las carreteras.

La fórmula para salir del letargo consiste en cuestionarlo todo. En dudar de todo. En buscar infinitas explicaciones. No creer en absolutos. En nada. Y menos si quien habla tiene algún tipo de ascendiente sobre los ciudadanos. Nos quieren sumisos. Y si no lo somos por propia voluntad, siempre habrá una ley Mordaza a la que echar mano. Una ley que ni siquiera cuestionan en profundidad los grupos de la oposición de quienes la crean.

¿Estamos en la fase final de una era que conduce a la sumisión? ¿Las nuevas tecnologías nos recluyen en casa, en nuestra sacrosanta zona de comodidad para evitar el peligro de dar con nuestros huesos en un calabozo?

Ser estable no es ser gobernado, aunque sea mal. Ser “buen ciudadano” no es ser ordenado, justo, coherente…cuando todo se derrumba. Hay que hacer fuego nuevo. Nunca una misma hoguera alumbró una sola idea.

Pensamos que para cambiar el rumbo siempre están los políticos. Ese es el error

Nadie cambió el futuro asumiendo que las leyes no se pueden cambiar, aunque sean aberrantes. Que la normalidad nunca es “hacer lo que hay que hacer y pensar lo que te dicen que tienes que pensar”.

Ese es el objetivo del poder. Nadie dicta la norma. Simplemente se pone en marcha. Con todos los altavoces. Y todos vamos detrás. Porque pensamos que para cambiar el rumbo siempre están los políticos. Ese es el error: Creer que ellos lo harán. Y eso nunca ocurre. Son los ciudadanos quienes varían el curso de la historia. Para bien o para mal. Siempre fue así.

La gran pregunta es: ¿Existen las conspiraciones? ¿Están teniendo lugar quizá en este mismo momento y las ignoramos porque es preferible una confortable mentira a la cruel realidad? ¿Siempre benefician a los mismos? ¿Se organizan inexcusablemente desde el poder para protegerlo y blindarlo? ¿Cuánta sangre han costado a lo largo de la Historia? ¿Siempre pagan el tributo los incautos, los idealistas, los que creen que el rumbo de la Historia no está marcado, que con sacrificio, empeño y voluntad se puede retorcer y adaptar en beneficio de la sociedad?

He llegado a pensar que la gente ya no se manifiesta en las calles por el miedo a que sus justas reivindicaciones puedan ser utilizadas por el poder para su beneficio. Con la participación de los bots en las RRSS, con los mecanismos que solo el sistema, y sus múltiples e inagotables recursos, tiene para tergiversar la realidad

¿Parece paranoico? Puede.

Pero como en el film “El día de la Bastilla”….dejemos que haga el trabajo Internet.

O no.

Por Javier Fraykin con viñeta de Elkoko

 

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