Por Kris Dana | Ilustración de ElKoko

Cualquier intento de democratización del lenguaje debería ser bienvenido por una sociedad democrática, y sin embargo, los intentos al respecto son tomados como una injerencia a nuestra libertad. Su importancia viene dada precisamente por situar el foco del problema en la raíz misma origen de toda desigualdad, por eso, los avances al respecto son minimizados y delimitados a un campo de acción especializado, poco tenidos en cuenta en lo que parece un intento claro por desvirtuar su interés social.

Así, parece que nombrar a las personas con diversidad funcional sin el uso del denostado término dependiente pudiera parecer una cuestión baladí, cuando en realidad al evitar referirnos a la dependencia, en este caso, hacemos alusión a una posible autonomía personal que de lo contrario es negada. Lo mismo ocurre en el caso de la transexualidad, cuando llamamos cambio de sexo a un proceso que bien podría denominarse de reasignacion de sexo de forma más precisa: la primera acepción contribuye a un enfoque negativo, banalizando el proceso como si de un capricho se tratara, en vez de ayudar a dignificar la vida de este colectivo.

Un factor que ha contribuido a la consideración del problema ha sido la alfabetización lingüística, inherente a un mundo globalizado. Cuando nos expresamos en otro idioma nos hacemos más conscientes de la manera de procesar el pensamiento que nos viene dado por nuestra lengua materna. Y así, por ejemplo, reflexionamos a cerca del uso despectivo que tiene una misma palabra cuando se usa con el género femenino y la benevolencia que supone su contrapartida masculina. Pero esto supone sólo un exponente de los muchos que reflejan el uso sexista del lenguaje.

Lenguaje inclusivo, una oportunidad real de cambio

Uno de los grandes aciertos del movimiento feminista ha sido recurrir a la desobediencia como respuesta
a su profundo cuestionamiento del sistema, planteado en múltiples dimensiones. En todas ellas, encuentra una resistencia atroz, fruto de las implicaciones que suponen las transformaciones propuestas por el feminismo en aras de la igualdad. Aún a pesar de que se reconoce públicamente la necesidad de una sociedad igualitaria, esta aspiración social contrasta con una realidad sin herramientas para lograr cambios significativos, por eso, los avances en este sentido se ha logrado gracias a la tenacidad de las personas que conforman este movimiento. Así, cualquier intento al respecto queda supeditado a la iniciativa personal, si no es relegado al aislamiento directamente. Lo mismo ocurre cuando se plantea una reflexión y transformación pertinente en el lenguaje para que deje de reproducir las estructuras de poder dominante, elemento primordial para mejorar la naturaleza de las relaciones humanas.

Se acusa despectivamente al feminismo de ser radical cuando es esta característica la que ha conseguido precisamente su éxito. El término sólo indica la premisa de partida de actuar en el origen o raíz del problema para erradicarlo. Posiblemente, dirigir el foco de atención hacia el lenguaje como fuente de desigualdad sea una de las tareas más controvertidas a la que se enfrenta, por eso las iniciativas son poco conocidas. Ya es complicado que alguien se cuestione sus propios privilegios, más aún si además supone el esfuerzo añadido de intentar cambiar la forma de expresarnos, y en definitiva, de pensarnos y actuar en nuestro entorno. Lo cierto es que esta labor no requiere tanto sacrificio como se nos transmite, pero las resistencias al cambio y a la pérdida de poder son gigantescas.

La importancia del acto de nombrar para configurar la realidad ha sido tratada desde la lingüística, y detectada como origen de la desigualdad desde muchos ámbitos. El lenguaje contribuye a la creación de nuestra identidad, por eso, sin una acción eficaz en este campo, las minorías sociales no consiguen superar la estigmatización y el aislamiento. El tratamiento dispar con que nos referimos a quienes son vulnerables demuestra este uso discriminatorio. El lenguaje crea barreras que obstaculizan la integración de muchas personas y colectivos que sufren la marginación y la violencia de la forma más brutal: partiendo de una situación de opresión, asimilada ya desde el propio pensamiento mediante esta configuración del idioma. La diversidad debe ser entendida desde el enriquecimiento de una sociedad, y así debe ser también tratada y nombrada. De lo contrario, no hacemos más que fomentar un problema que sabemos que existe de antemano. A ningún profesional sanitario se le ocurriría curar una enfermedad sólo realizando un diagnóstico.

Lenguaje como fuente de poder y educación como bálsamo

En el ámbito de la educación nos encontramos ante esta situación de diagnóstico. Ya se ha detectado el problema de la desigualdad como un gran obstáculo para el progreso de nuestras sociedades pero aún no se han tomado medidas concretas y contundentes para erradicarlo, mucho menos para fiscalizarlo. La educación, esa gran herramienta por la que pasa cualquier solución al problema, mantiene un discurso impecable en cuanto al tratamiento de la desigualdad, pero continua sin grandes avances a la hora de abordarlo. Los esfuerzos parten principalmente del impulso y voluntad de profesionales concienciados, en su gran mayoría ignorados sistemáticamente cuando no vilipendiados.

Las mujeres sufrimos violencia constantemente en todos los ámbitos, pero las formas menos visibles tienden a trivializarse, pese a ser inherentes a la misma. La violencia simbólica que denuncia el feminismo se presenta de muchas formas y principalmente nos llega a través del lenguaje, aunque también en el ámbito educativo, por ejemplo, la nula presencia de mujeres en los libros escolares constituye una falta de referentes que aún se sigue pagando.

En los círculos académicos esta relación entre lenguaje y poder se suele simplificar, haciendo alusión principalmente al uso del masculino genérico. Este uso se nos muestra como un fenómeno inevitable cuya única finalidad es la de economizar el habla. De hecho, suele recurrirse a la justificación de que hay idiomas sin dualidad genérica que aún así conviven con culturas machistas, sin hacer referencia al uso sexista del lenguaje, que explica el mantenimiento de relaciones desiguales de poder.

Las resistencias a la voluntad de democratizar el lenguaje sólo se entienden desde esta visión del problema como algo ajeno y sin importancia. Se magnifica siempre el esfuerzo que supone cambiar nuestra manera de expresarnos, resaltando los aspectos negativos y presuponiendo una tarea titánica con pocos resultados. Sólo con interés de indagar en estas propuestas descubrimos que no es tan grande el esfuerzo, ni tan mínima la incidencia.

El lenguaje inclusivo no consiste únicamente en desdoblar el género de las palabras sin más, de forma automática e inconsciente, como se implica desde el ámbito académico. En todo caso, el desdoble de la palabra es sólo una opción, y no la preferente, cuando no exista una palabra que englobe a ambos géneros. Existe una oposición clara a cualquier intento de reflexión en este sentido, bien puede comprobarse haciendo una búsqueda superficial en Internet. El intento de merma y de ridiculizar las propuestas inclusivas no se justifica desde la ignorancia, sino más bien desde la falta absoluta de sentido crítico y de interés por discernir en qué medida el lenguaje causa desigualdades y, en sentido contrario, puede contribuir a eliminarlas.

Sencillamente es más cómodo presuponer que ya existe una voluntad de cambio general hacia la igualdad que asumirla desde la individualidad, apostando a cada instante por soluciones que contribuyan al mismo, aún cuando requiera de pequeños esfuerzos reflexivos. Atajar la invisibilización, la ignorancia y el desprecio hacia la mitad de la población y determinadas minorías no sería ningún problema si se pusieran de relieve la simplicidad de los esfuerzos requeridos y su contribución al bienestar social. La falta de seriedad en su tratamiento evidencia una vez más la ardua labor pedagógica que se debe realizar para generar transformaciones profundas.

En definitiva, se trata de reflexionar, aprender y ser conscientes de los usos que reproducen la desigualdad social en general, para no caer en prácticas conservadoras sin sentido crítico que nos impidan considerar la diversidad como riqueza y no como obstáculo a nuestra libertad. Un idioma es algo vivo que evoluciona junto a la sociedad, dejemos entonces vivir dignamente también a buena parte de la misma y revivamos un lenguaje que fomente relaciones humanas más sanas y justas.

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