Virginia García

Una de las cuestiones que más me indigna y preocupa como mujer, es ver como la sociedad ha normalizado las violencias machistas 

Ya no se trata solo de no ser capaces de organizarnos todas para exigir soluciones, sino que parece ser uno de los problemas que menos nos preocupa. 

¿Cómo es posible que un problema tan grave y que afecta a la mitad de la población no sea primordial ni tan siquiera para las que lo sufren?  

Necesitaría varios artículos para argumentar todas las respuestas, así que voy a centrarme solo una de las causas, la clave en mi opinión y desde mi propia experiencia: La educación. 

He crecido en una familia media española. Papá, mamá, dos hermanos varones y yo.  

Desde pequeña he visto a mi madre limpiar la casa, cuidar de sus hijos, hacer la cena y esperar a mi padre. 

Mi padre estaba en el bar con otros varones, llegaba a casa a la hora de la cena y se sentaba en el sofá mientras mi madre lavaba los platos, nos bañaba y nos acostaba.  

Mi madre hacía las tareas que había aprendido de su madre, mientras que mi padre actuaba como lo había aprendido del suyo.  

Y así aprendí yo, que había tareas para mujeres y tareas para hombres. Y que la vida de los hombres tenía unos privilegios porque la vida de las mujeres consistía en hacer la de ellos más fácil. Y así también lo aprendieron mis hermanos.  

A mí me regalaban muñecas y cocinitas y a mis hermanos balones de fútbol y coches de carreras.  

Cuando tuve mi primer sangrado, mi padre me dijo que ya era una mujer, y por tanto tenía que ser responsable y obediente. Mis hermanos siguieron siendo niños.  

Y mientras yo lavaba, planchaba y demás tareas que aprendía de mi madre, mis hermanos jugaban, veían la TV o salían con mi padre.  

Una vez le pregunté a mi padre, por qué los domingos por la mañana, salía siempre con mis hermanos y a mí nunca me llevaba. Me respondió que yo debía quedarme en casa para ayudar a mamá con las tareas. 

Aprendí de forma natural que ser niña, que nacer con vagina, me situaba en una posición de inferioridad y desventaja frente a la situación de mis hermanos, que nacieron hombres.  

Pero esa situación no me parecía justa, y así se lo hice saber a mi madre y a mi padre. Varias excusas, mientras la situación era la misma. No cambiaba por mucho que me quejara.  

Así que cada vez me rebelaba con más fuerza. Lloraba, gritaba y pataleaba con toda la rabia que tenía dentro.  

Y empezaron a decirme que ese no era el comportamiento de una señorita 

Cuando mis hermanos gritaban o pataleaban no se les decía que su comportamiento no era el de un señorito, y en muchos casos conseguían lo que querían.  

Yo seguía rebelándome y mi madre me enseñaba que era mejor que me callara. Que no enfadara a papá, que no enfadara a mis hermanos. Si los enfadaba sería peor. Cállate y evita problemas 

Y es que mi madre también se callaba para no enfadar a mi padre, para evitar discusiones, malas contestaciones.  

Y toda su rabia, sus silencios y los gritos que no escuchó mi padre, los escuché yo.  

Hasta que un día mi padre llega a casa y se encuentra con una discusión entre mi madre y yo. Nos estábamos gritando. Los motivos no importaban, no me los preguntó. Simplemente me dio un bofetón que aún me duele hoy. Me oriné encima y mientras yo lloraba, me dijo que esa era la última vez que levantaba la voz a mi madre.  

Él le gritaba, mis hermanos le gritaban, pero a mi me calló con un bofetón.  

Así que mientras mis hermanos iban aprendiendo a hacer lo que les daba la gana, yo aprendí a callarme.  

En verano, mis hermanos iban de un lado a otro por la casa en calzoncillos, pero cuando yo lo hacía en bragas me decían que me vistiera, que no podía andar desnuda por la casa. Así que ellos aprendieron que mostrar su cuerpo era natural, mientras yo aprendía que debía tapar el mío.  

Mis hermanos empezaron a salir de fiesta cuando quisieron, cuando empezaban a hacerlo sus amigos. Yo no pude hacerlo hasta un tiempo después de ellos. Y yo era la mayor de los tres. Y conseguirlo me supuso varias peleas y muchas lágrimas.  

Yo era mujer, me podía pasar “algo” . 

Y cada vez que salía de casa mi madre me repetía una y otra vez que tuviera mucho cuidado para que no me pasara “nada”.  

Entendí que debía tener mucho cuidado de que no me violasen, cuidado que no tenían que tener mis hermanos. 

La primera vez que salí en fin de año, volví a casa por la mañana y en el ascensor, un vecino me miró de arriba abajo haciendo una serie de comentarios lascivos.  

Entré en casa escandalizada y le conté a papá y a mamá lo ocurrido. Esperaba, ingenua de mi, que se escandalizasen tanto como yo. Pero no fue así. Mi padre me dijo que con el vestido que llevaba, buscaba esa clase de reacciones, y que para evitarlas, me vistiese de forma más recatada.  

Mi madre calló. 

Podría seguir escribiendo y contando cientos de historias sobre mi educación. Pero son las mismas de muchas mujeres, de muchas familias.  

Mi madre y mi padre me querían, me quieren. Y me educaron como fueron educados, como sabían. La historia se repite de padres a hijos y madres a hijas.  

Los niños aprenden de forma natural que son el género privilegiado y cuando crecen, no quieren dejar de serlo.  

Las niñas en cambio, aprendemos a ser el género explotado y a aceptarlo sin quejas, de forma natural. Es el orden natural de las cosas, y si te quejas, te dan un bofetón.  

Y de forma inconsciente aprendemos que si nos acosan es culpa de la ropa que llevamos, y si nos violan es porque no hemos tenido suficiente cuidado.  

Y seguimos asumiendo la mayoría de las tareas del hogar, las crianzas y los cuidados, calladitas como nos han enseñado.  

Y permanecemos calladas ante las violencias machistas, porque si alzamos la voz, nos irá peor.  

Y como no hacerlo, si desde la infancia hemos sufrido la violencia y aprendido a callarla. 

Muchas creerán que los tiempos han cambiado y hemos evolucionado. Y a ellas les recuerdo que los bebés se visten de azul si nacen con pene y de rosa si nacen con vagina.  

Los cambiadores de bebés siguen estando en los baños de mujeres, y siguen haciendo cuentos y juguetes para niñas, y otros bien distintos para niños.   

Las mujeres protestonas seguimos siendo unas histéricas con mal carácter, mientras los hombres tienen mucho carácter.  

A quien le puede extrañar que tantas mujeres no se rebelen al sistema patriarcal, si es lo que han aprendido  toda su vida? 

Por eso, considero que las mujeres feministas no debemos señalar ni juzgar a las mujeres alienadas por el patriarcado. Debemos ayudarlas. Porque si el origen del problema es la educación, en la educación está la solución.  

Y en lugar de ver enemigas, veamos mujeres oprimidas. Concienciémoslas y formemos poco a poco, un colectivo de mujeres insumisas, dispuestas a combatir el machismo desde su origen.  

 

3 Comentarios

  1. Sin duda es la realidad que vivimos y que hemos heredado, pero no es menos cierto que en nuestras manos está cambiarlo. No será facil ni rápido, aunque es imprescindible abordar la cuestion en la educación desde que somos bebés, como tu bien dices, desde el origen . Gracias por tu contar tu experiencia que por desgracia es la experiencia.

  2. Estoy de acuerdo en gran parte de lo que dices,pero no en todo, pintar al hombre como ese señor que aparecía en casa despues de estar en el bar con los amigotes alomejor sin querer te olvidas de que quiza ese hombre venía de trabajar duramente durante 12 horas subido a un andamio (es un ejemplo,no conozco tu caso concreto) de que en esos tiempos toda la responsabilidad y carga familiar recaía sobre las espaldas de los hombres como proveedores del bienestar de la unidad familiar,evidentemente eso ayudó a establecer todos esos clichés de los que hablas y que en muchos casos seguimos sufriendo,me molesta mucho el victimismo en el feminismo, creo que éste sólo es un aspecto más de la lucha obrera, por que como comprenderás en el siglo XIX y XX ninguna mujer elegía ser esclava en el hogar con todo lo que eso conllevaba en el contexto de la época, pero dudo también de que la elección de cualquier hombre fuese trabajar 16 horas en una mina para morir de silicosis a los 40 y dejar viuda y 5 huérfanos, no me encajan los privilegios patriarcales en esa ecuación, eso se puede extrapolar a muchos casos hoy en día,evidentemente es un tema complejo,pero eso no era así en todas las esferas sociales, recordemos Amelia Earhart primera mujer que cruzo el atlántico en 1927, de familia muy altamente acomodada,donde quizá esas diferencias no se sufrían tanto, lo que quiero decir, es que ese enfoque hombre malo privilegiado ,mujer buena sufrida explotada por el hombre que pertenece a una etérea organización llamada patriarcado es erróneo, por que ambos no son más que víctimas de un sistema, y cada uno se lleva sus hostias ,y las del hombre tampoco son menores, espero que esta humilde opinión no sea malinterpretada, y al no estar de acuerdo con una opinión feminista se me tache automáticamente de machista ,que es lo que me suelo encontrar (si no estás conmigo, estás contra mi) Solo creo que el feminismo actual erra el tiro en algunos de sus enfoques.

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