Por Javier Cortines
Cualquier individuo que tenga la mala costumbre de pensar con espíritu crítico sabe que el mayor “influencer” de los tiempos de la Post-Verdad es la televisión, que muchas veces anula la honesta voluntad de muchos maestros y maestras que se encargan de la educación de los más pequeños.

Todos sabemos en qué pezuñas están los medios de comunicación del establishment que forman o deforman la opinión pública. La mayoría de ellos sólo defiende sus propios intereses y el status quo de la plutocracia, en sintonía con la deshumanización que impera en el capitalismo salvaje.

Desde hace un año, más o menos, la casta no deja de lanzar el mensaje (En España el líder es El País y sus satélites) de que “los submarinos” rusos se están metiendo en todas las grutas, cual peligrosísima invasión de los gremlins, y están cambiando las conciencias de los pueblos para que la balanza ideológica del planeta se incline hacia Moscú.

Con esa payasada, que está destinada a fracasar rotundamente, se intenta destruir todo intento de cuestionar las bondades de la casta, del establishment, y resucitar al enemigo que mueve el Eje del Mal y que, además, está empeñado en quitar el liderazgo a EEUU y en convertir en súbditas a las naciones europeas.

Aquí nos viene al pelo, una reflexión de la filósofa judío-alemana Hannah Arendt, una de las mayores pensadoras del siglo XX, quien en su ensayo “La mentira en política” nos dice lo siguiente:

La gran ventaja que las afirmaciones realizadas y aceptadas en público tienen sobre lo que un individuo sabe o cree está claramente ilustrada en una anécdota medieval. Según ésta, un centinela montaba guardia para advertir a la población en el caso de que apareciera el enemigo. El hombre dio una falsa voz de alarma. Sin embargo, después corrió a las murallas para defender la ciudad de los enemigos que él mismo había inventado. De esto se deduce que, cuanto más éxito tenga un embustero y mayor sea el número de los convencidos, más probable es que acabe por creer sus propias mentiras (1).

Si Europa no fuera tan vieja y no estuviera tan desengañada, a lo mejor el mensaje de que regresa “el fantasma de la amenaza rusa”, esgrimido por Cebrián, Cía y los eurohombres, calaría más allá de la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos y de la fundación FAES, que preside José María Aznar desde un púlpito que no deja de palpitar.

La mayor amenaza del mundo no es Rusia, quizás llegue a convertirse, quién sabe. Ahora ese privilegio le corresponde a Estados Unidos, ese gigante que está dirigido por un cerdo de oro que no deja de escupir sapos por la boca.

Junto al tocino de la Casa Blanca, imperan gobiernos y códigos que mantienen a la mitad de las mujeres del planeta en una situación de semi esclavitud. Esa es la casta de los plutócratas sin escrúpulos que esculpen día a día, negando la realidad e ignorando al pueblo, un futuro distópico.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir a la gente que no quite el ojo a Donald Trump. Su determinación de querer ahogar a Cuba merecería una respuesta contundente de Europa, pero los perritos falderos sólo ladran cuando se lo pide el amo.

-1-“La verdad y la mentira en política” págs. 125-126 (Ed. Página Indómita, 2017)

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