Por Javier Cortines
Si algunos piensan que estamos a salvo del virus que inoculó el franquismo y que los brutales grupos de extrema derecha que pululan por doquier en estos momentos de crispación son la excepción de la regla, cometen un craso error, viven en el limbo o mienten como bellacos.

En la Corea (1) del siglo XVI había una institución llamada “Los Oídos del Rey” (de la que hablo en mi novela “Bajo la piel del dragón”)  integrada por funcionarios -tipo agentes secretos- cuya misión era recorrer todos los rincones del país para informar al monarca de lo que pensaban sus súbditos.

Estos mensajeros iban a las tabernas donde la gente se emborrachaba con mákoli (vino de arroz), frecuentaban salones de Kisaeng, (2) holgazaneaban en los parques donde hablaban los filósofos y literatos, charlaban con los campesinos, se dejaban caer por las peluquerías y baños públicos, visitaban los puertos donde cantaban sus penas los pescadores, etc.

Cuando llenaban sus alforjas de información regresaban a casa y golpeaban con una maza una enorme campana de bronce que había cerca de la “Ciudad Prohibida” de Hansong (antiguo nombre de Seúl). Con ese aviso, el Hijo del Cielo mandaba a los eunucos que trajeran al Oído para “empaparse de la realidad” y tomar el pulso al pueblo.

Pero un día, un aciago día, Los Oídos del Rey empezaron a ser incómodos y la corte, que engordaba y se corrompía sin dar un palo al agua, aconsejó al monarca suprimir la institución de un plumazo. A partir de entonces el padre del reino sólo escuchaba a los funcionarios que habían aprobado los exámenes estatales (llamados en China la Burocracia Celeste). Para éstos su prioridad era mantener el orden establecido, basado en el estricto respeto a las jerarquías, uno de los grandes principios del Confucionismo.

En España, la prensa y los medios de comunicación de la casta, más los intelectuales apegados a los hidromasajes de la plutocracia, son los que informan a la Corona y a sus señores feudales de “la verdad”, a la que se llega a través de datos estadísticos que jibarizan al ser humano. Esa forma de medir a nuestros semejantes, prescindiendo de sus sentimientos y de su unicidad, toma el nombre de “dataísmo” en boca del filósofo surcoreano Byung Chul-Han, quien se ha convertido en un referente de “lo actual”, “lo efímero”, “el instante”, “el panóptico digital”. Los problemas de los ciudadanos deben resolverse fríamente mediante cálculos matemáticos.

Esta nueva Burocracia Celeste siempre saca conclusiones con gancho para colonizar las mentes del pueblo. Para Hannah Arendt, uno de los grandes referentes de la teoría política del siglo XX, cuentan con una hélice de “profesionales de la resolución de problemas”. Para éstos no importa la realidad, sólo los resultados.

Si alguno de ustedes desea escuchar a los fascistas (no importa que ese gremio haya perdido el glamour del pasado y, a veces, se nos presente descafeinado) que viaje por el agro y visite los cortijos o “casinos negros” en cuyas paredes cuelga la jeta del caudillo, cual altar donde se rinde culto a los héroes que combatieron a los bolcheviques aquí y en Rusia.

Que mande a los cuervos de tres ojos a las casas de los barrios azules donde se expone el retrato del dictador o se esconde debajo de una copia de la Mona Lisa, en el caso de que el fan del Valle de los Caídos desee vivir la fiesta en paz o le falte coraje para “salir del armario del generalísimo”.

El fascismo sigue teniendo millones de adictos. Franco lo dejó todo “atado y bien atado”. Su muerte inundó de llanto las calles de toda España. Sólo el pueblo norcoreano derramó tantas lágrimas cuando el gran líder Kim Il Sung falleció arriba del paralelo 38, el mismo que atraviesa nuestro país.

También hubo descorches de cava ¡claro! Pero no hay que olvidar que el caudillo gozó durante mucho tiempo de una adoración masiva, al igual que Hitler. Tras los primeros diez años de la dictadura (la década prodigiosa), poco a poco se fue produciendo “una metamorfosis política y sociológica” -según el historiador Raimundo Cuesta- en la que los hijos de los azules (la derecha) experimentaron un corrimiento al rojo (rebelión contra la dictadura). Ese fenómeno es complejo e interesantísimo y requiere de un análisis en profundidad, por lo que, por razones de espacio, no cabe aquí.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir algo que puede parecer naif y demodé: “yo me siento ciudadano del mundo” y la España que yo amo nada tiene que ver con la idea de “la patria nacida del arrebato y la pasión bélica”. Con banderas cosidas con cuchillos, a cuchilladas.

-1- El nombre de Corea viene de Koryo, dinastía real que gobernó desde el año 918 al 1392 D.d.C.

-2-La kisaeng coreana era similar a la geisha japonesa.

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