Por P. Plaza

El mundo siempre ha estado agitado. Si no ha sido por unas cosas, ha sido por otras. Inclusive cuando gobernantes cínicos han creído que podían poner orden. Hoy día, condenamos a la historia al ostracismo, y espetamos sin pudor alguno que el mundo se está volviendo loco. Nos quedamos más anchos que largos. Vivimos en el caos, sí. Pero la humanidad siempre lo ha hecho.

Y en este caos, la incertidumbre se apodera de las mentes, perdidas. Tan perdidas que antes que enfrentarse a la elección, prefieren esconderse en la pasividad. Y, de esta forma, más de la mitad de los franceses llamados a las urnas el pasado domingo creyeron que era extremadamente inútil perder unos minutos en elegir a sus representantes.

La realidad se ha reducido a lo absurdo. Los extremos nunca son buenos, comentaría nuestro Rivera. Pero si es el extremo silencio el que da la victoria a Macron, viva el extremismo radical. Y lo cierto es que este extremo es el peor de los males que pueden azotar a un sistema representativo. Si a más de la mitad de los franceses no les interesa quién les representa, quizá algo no está funcionando como debería. El caos, alimentado de silencio, es más caos todavía.

Se habla de una sociedad fracturada al ver los datos de abstención (51%). Pero más que fractura, es desconcierto. Los más abstencionistas, los trabajadores y la clase obrera. Casi 7 de cada 10 no votaron. Y la renta, otra variable más concisa: 6 de cada 10 hogares con menos renta tampoco se movilizaron. Y este panorama preocupa. Cuando el trabajador no elige, la representación, que debería ser un fiel reflejo de la sociedad, se convierte en una caricatura de la misma. Con grandes cabezones y ridículas patas. Imposible de sostener.

Continuamos con esta nuestra lógica humana: el caos es nuestro orden, y el silencio, su sustento. Esperemos que lo que venga —que vendrá—, no haga arrepentirse a esos 7 de cada 10 obreros que no acudieron a defender sus derechos. Qué le vamos a hacer si a Francia le venía mal votar. 

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