Por Ana Barba

Percibo desde hace muchos meses un cansancio generalizado en la gente activista con la que coincido cada día. Las asambleas proliferan, hay tantas como causas y objetos de lucha social. Al abrir el correo electrónico nos lamentamos de estar en tantas listas de distribución, pues cada día hay tres, cuatro o cinco convocatorias a las que querríamos asistir, por no hablar de las docenas de eventos interesantes que se convocan cada semana. Y llevamos así desde 2011. No sería grave si los resultados fueran buenos. Pero no lo son. Ha habido victorias notables, sin duda, pero más numerosas han sido las derrotas. El puño de hierro del PP nos atenaza, a sabiendas de que somos la única oposición verdadera que tienen. Ese es el motivo de lo que suele llamarse el burnout del activista. Y algunas estamos muy quemadas, ya lo creo. No hay semana que no me plantee el viernes dejarlo todo y hacerme anacoreta, pero todos los lunes me digo: “venga, otra oportunidad, por lo menos seguir un mes más”. Me consta que mucha gente está igual, harta de dos y tres asambleas al día, de nuevos frentes, de nuevas brechas. No es extraño, por tanto, que muchos espacios se vayan vaciando, muchos chats se conviertan en meros transmisores de convocatorias o de campañas en redes. Nos miramos unas a otras y suspiramos en esas asambleas larguísimas, llenas de pequeños temas burocráticos, tan poco productivas.

Manifestación en Madrid. Fotografía de Ana Barba

Y para qué hablar de concentraciones o manifestaciones. Basta un vistazo para constatar que más del 50 % somos “las de siempre”. En mi ciudad, Madrid, rara es la convocatoria que concentra a más de dos o tres mil personas. A veces pienso que Cifuentes tenía razón en la época en que era Delegada del Gobierno cuando afirmaba que las “revolucionarias” no éramos más de ochocientas o mil personas (y que nos tenían a todas controladas, por cierto). La misma Cifuentes que organizó un final caótico para las Marchas de la Dignidad el 22 de marzo de 2014. No olvidaré ese día mientras viva. Llevábamos toda la semana con una actividad frenética, preparando la llegada de toda la gente del resto del Estado. La afluencia fue masiva, así como la salida en masa a las calles de las buenas gentes de Madrid. La jornada fue festiva, llena de familias, de buen ambiente, un éxito de más de un millón de personas. Eso debió hacer temblar los cimientos del sistema, así que procuraron estropearlo lo más posible. Para ello infliltraron a unos cuantos encapuchados, compañeros, presumiblemente, de aquellos a los que apedrearon. El resultado fue una batalla campal a la hora del telediario, antes de que acabara la actuación de la Solfónica, con el extraño balance de un montón de antidisturbios heridos, a pesar de ir con sus armaduras. La criminalización de las manifestantes, orquestada desde los medios de comunicación afines al R-78, acabó por enturbiar el resultado de la más grande manifestación a la que recuerdo haber asistido. El posterior archivo de la causa contra las detenidas esa noche no evita la gran frustración e indignación que sufrimos todas las que presenciamos tamaño montaje. Luego vinieron las Leyes Mordaza a terminar de complicarnos la vida. Los desalojos de los Centros Sociales Autogestionados también hay que señalarlos como una dificultad añadida para el normal desarrollo del activismo social.

Lo que parecería a priori una victoria, esto es, la llegada a las instituciones de muchas de nuestras compañeras de andadura, se ha demostrado a la larga como un factor limitante más. En unos casos la mutación al gobernismo y en otros la absorción total por las tareas de gobierno, han restado efectivos a nuestras asambleas, obligando a las que hemos quedado fuera de la institución a multiplicarnos, a exigirnos más y a quemarnos, en suma. Por otro lado, la permanente sensación de que no se hace lo suficiente por parte de nuestra gente en la institución y los límites de las propias estructuras de gobierno para la autonomía, han contribuido también en grado sumo a generar esa desgana y esa desazón. Algunas hablan ya de la campaña electoral de 2019, pero dudo mucho que tengamos suficientes fuerzas hasta entonces. O tal vez las probabilidades de éxito arrastren más esfuerzo que en 2015. Quién sabe. Mientras, muchas seguiremos renegando de la asamblea nuestra de cada día, pero dando unos meses más de cuartelillo.

Escribo estas palabras como homenaje a las compañeras que este año han venido a Madrid con Las Marchas de la Dignidad en su cuarta edición, que siguen en la trinchera, pidiendo pan, trabajo, techo y dignidad para todas las personas, incluso para las que estamos tan quemadas que ya no tenemos fuerza para gritar

¡La lucha sigue! ¡Ni un paso atrás!

 

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