Por Javier Cortines
Con el conflicto catalán muchos barrios se llenaron de banderas españolas y los balcones, que hacían alarde de vegetación, se pusieron la falda rojigualda. En los arcones se desempolvaron los fusiles de la Guerra Civil y en las iglesias se repartieron hostias y se pidió a Dios la unidad de la Hispanidad.

La multitud coreaba o gritaba “yo soy español” y dirigía su mirada hacia Albert Rivera, el alter ego de José Antonio. El sosegado Mariano Rajoy actuaba con demasiada mesura e ignoraba las exigencias (aplicar “ya”, “inmediatamente”, el 155) del delfín de Aznar y del ex presidente y ex socialista Felipe González, el terror de los venezolanos.

Una parte se calló por temor a quedarse sin trabajo y sin sueldo. Faltó el coraje de decir lo que uno piensa de verdad sin importar las consecuencias negativas que eso puede acarrear al parlante o al escriba. O sea, esa idea que Foucault toma de la parresia griega y que hemos visto reflejada en el juego de máscaras que rige la vida política española.

En las calles la derecha hacía ostentación de españolismo y lucía pulseras y cintas de sombreros con la banderilla bicolor. También el emblema ondeaba en carritos de bebés que sus papás paseaban orgullosos, como si hubieran vuelto a conquistar las Islas Filipinas.

Algunos aprovecharon para poner a sus mascotas, principalmente a sus perros y gatos, collares con la rojigualda. Todo ese espectáculo sintonizaba con la serie televisiva “Tiempos de Guerra” y las pelis “Siete apellidos catalanes” y “Siete apellidos vascos”. Los periodistas del establishment convirtieron sus micrófonos en altavoces que reproducían la voz del amo.

TV13, especializada en repetir películas de hace 50 años, cuando los hombres eran muy machos y arrastraban por el pelo a las mujeres o las abofeteaban, aprovechaba los intervalos para anunciar un producto estrella: un macizo reloj de pulsera, con la bandera de España en la esfera y una leyenda debajo que dice: Policía Nacional.

Esa joya única, que se puede pagar a plazos, te convierte de repente en Batman, un miembro de las fuerzas del orden dispuesto a darlo todo por la patria, hasta la paga extra.

¡Pobre de mí! Me imagino que, debido a alguna enfermedad mental, simpatizo con pensamientos incómodos. Me pregunto, sin intentar ofender a nadie, ¿Por qué no entra en el mercado la bandera republicana? ¿Acaso Franco no se rebeló contra el gobierno legítimo de la República con la ayuda de Hitler?

El día que los republicanos lleven con normalidad sus banderas y veamos ese emblema en joyería y bisutería, así como en los carritos de bebés, en las colas de caballo de las chicas y los chicos, en el mundo canino, en las patitas de los loros etc., yo también observaré con normalidad al otro, y cantaré ¡Y viva España!

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para felicitar a Mariano que, sólo con Soraya S. De Santamaría (la que canta “Antes muerta que sencilla”) y una varita mágica, ha tocado el Mar Rojo abriendo una brecha enorme por la que circulan, bien disciplinados, todos los animales del Arca de Noé.

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