Por Javier Díaz Ortiz

La II República fue, pese a su prematura muerte a manos del fascismo, un período de avance en derechos sociales y políticos como no se había dado en la Historia hasta ese momento. Fueron muchos los derechos conquistados por el pueblo durante esos años, algunos logrados incluso durante la Guerra Civil. Entre los que podemos encontrar la legalización del divorcio, una proliferación de escuelas públicas, el reconocimiento de algunas autonomías, e incluso una ley del aborto más flexible que el intento de reforma protagonizado por el ex Ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón. Sin embargo, hubo un derecho que suscitó el que probablemente fue el debate más distendido de todo el periodo republicano: el sufragio femenino. Y como ocurre en muchas ocasiones, esta conquista tuvo nombre y apellidos. Clara Campoamor Rodríguez, una mente brillante y revolucionaria que se enfrentó a amigos y compañeros de partido y de trabajo para defender lo que consideraba una realidad inexcusable y no sujeta a ideologías como era la igualdad entre hombres y mujeres.

Tras la proclamación de la República el 14 de abril de 1931, Clara Campoamor comenzó su militancia en el Partido Radical, consiguiendo un escaño en las Cortes Constituyentes y un puesto en la comisión de redacción de la Constitución republicana de 1931. Esto le valió el sobrenombre de la madre de la Constitución, ya que a día de hoy es la única mujer que ha participado en la redacción de una norma fundamental, incluyendo la actual de 1978 que, no por casualidad, tiene siete padres. Esta oportunidad fue aprovechada por Clara Campoamor para introducir el feminismo en la Constitución, protagonizando intensos debates que se prolongaban durante días. De todos ellos salió victoriosa, consiguiendo logros tan importantes como el artículo 25 que reconocía la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, o el artículo 40 que garantizaba el acceso en condiciones de igualdad a cargos públicos sin distinción entre sexos (cabe matizar que en esta época todavía se confundían como sinónimos los conceptos de sexo y género).

Fotograma de la película “Clara Campoamor, la mujer olvidada” (http://www.rtve.es/alacarta/videos/clara-campoamor-la-mujer-olvidada/clara-campoamor-mujer-olvidada/3283280/)

Sin embargo, el gran logro de Clara Campoamor fue el artículo 36, cuyo desarrollo final tuvo que esperar varios meses hasta que se agotó el debate parlamentario y fue sometido a votación por el pleno de las Cortes. Durante varias sesiones Clara defendió la necesidad de legalizar el voto universal femenino. Entre otros argumentos, destacó el sinsentido que suponía ser votada pero no poder votar en las elecciones. Este ideal la enfrentó a casi todo su partido (Partido Radical) y a buena parte de la izquierda, ya que muchos temían que las mujeres votasen a la derecha por influencia de la Iglesia. Pero la oposición que más dolió a Clara Campoamor fue la de sus compañeras en las Cortes y amigas, que junto a ella eran las únicas parlamentarias y que votaron en contra del sufragio femenino, Victoria Kent (Partido Radical Socialista) y Margarita Nelken (PSOE) arguyendo que eso favorecería el avance de los conservadores.

El 1 de octubre de 1931 la propuesta de Clara Campoamor salió adelante por un margen de 40 votos, y con la oposición del Partido Radical, el Partido Radical Socialista y algunos parlamentarios destacados como Indalecio Prieto (PSOE). Aunque el resultado fue favorable, lo cual celebró con entusiasmo y alivio de años de trabajo, esta votación supuso el enfrenamiento de Clara Campoamor con su propio partido y con gran parte de la izquierda. Abandonó el Partido Radical, y tras ser rechaza por Izquierda Republicana y perder su escaño escribió su obra “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”, donde reflejó el enfrentamiento parlamentario y personal llevado a cabo para conseguir la aprobación del sufragio femenino.

“Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque solo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar (…) fuera de nosotras” Fragmento del discurso de Clara Campoamor ante las Cortes.

Clara Campoamor, como muchas otras personas, sacrificó amistades, familia y trabajo por unos ideales, por la libertad. Al estallar la guerra consiguió huir al exilio antes de ser detenida acusada de masonería, y se refugió en varios países hasta instalarse en Lausana (Suiza), donde ejerció la abogacía hasta su muerte en 1972. Acabó sus días con la tranquilidad de haber realizado un acto de coherencia política sin precedentes, y con la única pena de no poder retornar a su país con una democracia que no hubiera sido posible sin ella.

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