Existen factores de discriminación que obstaculizan el derecho a la igualdad de las mujeres del medio rural, especialmente en el empleo de calidad. Es necesario detectar estos factores y aprender a combatirlos.

Alguno de los obstáculos con los que se  encuentran las mujeres para acceder al mundo laboras es la existencia de menos oportunidades de empleo de calidad, menos servicios públicos e infraestructuras en el sector de atención a personas, mayor peso de estereotipos y roles de género, mayor carga de trabajo familiar de cuidado y mayor presencia en economía sumergida o informal.

Es destacaba también la fuga del medio rural de las jóvenes tituladas, constatable en muchas Comunidades Autónomas, que emigran a las grandes ciudades en búsqueda de oportunidades laborales, incidiendo así en la creciente despoblación rural.

Los últimos diagnósticos, elaborados por el Ministerio en 2011 (no existen datos más recientes, ya que parece que esto no supone un problema para el Gobierno) ofrecen una triste fotografía de discriminación múltiple:

  • Baja tasa de empleo
  • Segregación vertical y horizontal
  • Menor cualificación
  • Mayor peso femenino en el cuidado
  • Sesgos de edad

La ausencia de oportunidades para las mujeres del ámbito rural, situación agravada durante los años de crisis, hace especialmente urgente disponer de un diagnóstico actualizado. El Gobierno debe realizar sin dilación diagnóstico actualizado de la situación de las mujeres y la igualdad de género en el medio rural, que permita conocer las brechas de género persistentes y ponerlas en marcha con las políticas y medidas específicas adecuadas.

Es necesario aumentar el acceso de las mujeres agricultoras a la tierra, la financiación, la información climática y a las tecnologías ecológicas para lograr la igualdad de género mediante la agricultura resiliente en cuanto al clima y la mejora de sus capacidades para fomentar cadenas de valor agro ecológicas. 

El empleo en el medio rural no se suscribe solo al sector agrícola, aunque es determinante en muchas zonas rurales, por lo que conviene revisar la presencia de las mujeres en él. Claramente, es un mercado laboral masculinizado, con bajísima participación femenina, como la estadística evidencia:

  • En el sector de agricultura, ganadería, silvicultura y pesca, de cada 4 personas ocupadas, 3 son hombres y solo 1 es una mujer (630,1 mil hombres –el 75,6%-, y 202,5 mil mujeres –el 24,3%).
  • Sólo 2 de cada 100 mujeres ocupadas lo está en este sector (2,4%), en cambio, lo están 6 de cada 100 hombres ocupados (6,1%).
  • Por grupos de edades, el número de hombres ocupados en el sector en el grupo de 20 a 24 años multiplica por 8 al de mujeres; en los grupos entre 25 y 49 años, el número de hombres ocupados triplica al de mujeres.
  • Por situación profesional, el número de hombres asalariados triplica al número de mujeres 404,4 mil hombres, 121,8 mil mujeres).
  • El sector público está prácticamente masculinizado: 9,7 mil hombres asalariados y 0,5 mil mujeres.  Casi 20 hombres por cada mujer.
  • En el sector privado, el número de hombres asalariados triplica al de mujeres. Es decir, de cada 4 empleos, solo 1 está desempeñado por una mujer.

Desde el comienzo de la crisis se ha expulsado a 33.600 mujeres del sector agrícola. Muchas jornaleras son rechazadas en las campañas agrícolas por ser mujeres. Además de la masculinización de esta actividad laboral, señalan que les afecta en mayor medida la alta temporalidad (91%), la precariedad laboral y la economía sumergida, con las consiguientes consecuencias en brecha salarial y ausencia de protección social, es decir, pobreza salarial en el presente y pobreza en la pensión en el futuro.

La expulsión de las mujeres de los ámbitos de trabajo, también en el campo, en sus explotaciones y campañas, industrias y servicios es una constante de discriminación, inaceptable en una sociedad del siglo XXI, que perpetúa la expulsión laboral y la pobreza económica de las mujeres. 

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