Por Javier Cortines

Era tan apasionante la batalla entre Cataluña y España que la declaración de Puigdemont nos decepcionó y nos dejó aturdidos, cual huerfanitos de Dickens. Fue como si se hubiera acabado el último capítulo de Juego de Tronos y John Snow (Jon Nieve) muriera de forma estúpida, por ejemplo, tomando un veneno, por despiste, que estaba a punto de beber Night King.

Si Messi no hubiera metido tres goles a Ecuador la misma noche de la fundación in diferido de la República Catalana, el sufrimiento hubiera sido mayor, pues un mundial de fútbol sin Argentina es como una tortilla de patatas sin sal, sin huevos y sin aceite de oliva.

¿Quién dio jaque mate al Procès, “el matón intransigente” como llamó “The New York Times” a Mariano Rajoy o la Banca y las grandes empresas? es decir, la pasta, que es el único dios “incorruptible” que se adora en todos los rincones de este planeta errante que no acaba de transfigurarse en una aldea humanizada y global.

Hablando de la deslocalización de Planeta, el séptimo grupo editorial más importante del mundo, no os preocupéis, seguirá practicando el fraude en este mundo de valores postizos y mutantes, en su nuevo hogar de acogida, Madrid. A estas alturas, sólo los norcoreanos ignoran que el premio se pacta con el ganador o ganadora, que reciben entusiasmados -sin importar la farsa- los 601.000 euros con los que el holding unta a los elegidos.

Para rechazar el Premio Planeta, el más prestigioso de la Hispanidad, hace falta una condición que escasea más que el agua en el desierto, ser un escritor o escritora “íntegros”, íntegros sin paliativos.

El 99,99% de los literatos y literatas tocados por la varita mágica del Lara de turno hincaron la pezuña y fueron ungidos con la corona de laurel. El cheque de los 601.000 euros es el equivalente al caballo Pegaso de la antigüedad que llevaba volando a los afortunados hasta la cima de La Fama.

¡Cuánto amé y admiré a Gabriel García Márquez, el gran amigo de Cuba y el Che, cuando rechazó el Premio Planeta que le ofrecieron en tiempos ha! Siguió los pasos del gran Miguel Delibes, quien también rehusó el galardón a finales de la década de los setenta cuando se lo puso en las palmas de la mano José Manuel Lara, en aquel entonces presidente del grupo editorial.

Según publicó la prensa, Lara le dijo a Delibes “Este es un negocio para todos, tú ganas dinero y nosotros prestigio”.

“Sí, sí hay alguien que pierde, y es ese escritor novel que se ha pasado tres años escribiendo y al que yo le estoy quitando el premio sin saberlo”, le contestó Delibes dejando al otro de piedra.

Mi manía hacia Vargas Llosa -ganador del Premio Planeta y el Premio Cervantes- (García Márquez también rechazó el segundo) creció cuando me enteré de que en una discusión entre los dos, el ahora marqués le golpeó “porque no pudo someterle con la palabra”. Aquello me produjo tristeza. Mi amigo León Canales llamaba a Vargas Llosa “el lameculos de los norteamericanos”. Mis amigos de América Latina entienden muy bien por qué.

Recuerdo que un día, poco después de los Juegos Olímpicos de Seúl’88, el futuro amante de Isabel Preysler fue recibido con toda pompa en la Embajada de Perú en Seúl, dentro de una gira del académico para promocionar su candidatura a las elecciones presidenciales de 1990, que perdió frente al ingeniero Fujimori. Este escriba, corresponsal de EFE en aquel momento, fue a la legación diplomática a hacerle una entrevista.

El lugar estaba lleno hasta los topes. Vargas se movía como un pavo real y no paraba de dar abrazos y besos a los caballeros y damas de alta alcurnia que adoraban hacerse fotos a su lado. Como yo iba vestido con un pantalón vaquero y no le había dado importancia a mi atuendo, debió de tomarme por un estudiante que se había colado para comer y beber de gorra.

Mientras él se dejaba adorar “por personajes” variopintos yo me hice amigo de los camareros. Tomé un whisky tras otro y fumé varios pitillos. De repente me iluminé y empecé a buscar con la mirada si había alguna chica de mi onda. Pasado un rato se me quitaron las ganas de hablar con el candidato (con lo que no habría entrevista publicada en la prensa española y latinoamericana, de EFE) y me dije a mi mismo ¡que le den!

Y con ese pensamiento salí a la calle sonriendo, como Nicolas Cage en Living Las Vegas ¿Verdad, Amaral, que entiendes lo que digo?

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para homenajear a León Canales, quien se enzarzó en una violenta pelea dialéctica con Vargas Llosa en Madrid. A él, ¡marqués de la Postverdad! no le pudiste pegar. Medía casi uno noventa y sus puños eran de hierro.

 

 

 

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