Por Fredes Luis Castro

A propósito de las audiencias celebradas en el senado norteamericano, como consecuencia de las supuestas injerencias rusas en el proceso electoral de la potencia del Norte, el editorial de The Economist del último 4 de noviembre interroga si las redes sociales son una amenaza para la democracia. Es posible que 146 millones de usuarios de Facebook hayan consumido “informaciones” elaboradas por maliciosos cerebros rusos. El editorial no aporta cálculos acerca del alcance de los 1.108 videos de YouTube y las 36.746 cuentas de Twitter que estas firmas vinculan con procedencias rusas. A juicio de los editorialistas, las redes sociales no crean las divisiones sociales pero las amplifican, intensificando las broncas subsiguientes a la crisis financiera del 2007/08, que disparó la inquina popular contra una élite enriquecida que abandonó a su suerte a todos los demás. “Las guerras culturales han dividido a los electores por identidad, antes que por su clase”, sentencian.

 

Otro editorial, del mismo día, redactado por el siempre lúcido Nikhil Sonnad en Quartz, parte de otra pregunta: ¿qué uso daría Goebbels a Facebook? A continuación describe con tono de agenda securitaria conservadora:

Donde el siglo 20 fue macro, el 21 es micro. Así como el enfrentamiento entre grandes ejércitos ha dado paso a la guerra de guerrillas y al terrorismo, informaciones y desinformaciones fluyen desde miles o desde millones de entidades, y no de una sola. Con el poder de micro-focalización de las redes sociales como Facebook, la propaganda no es un solo mensaje: puede multiplicarse en un número indeterminado de ellos, adaptado a cualquier cantidad de audiencias. Rusia entiende ambas diferencias.*

El editorialista señala que Rusia acepta, casi que celebra, el no monopolio de la propaganda que tanto desvelaba a Goebbels. Más allá de las imputaciones al sospechoso de siempre, es preciso Sonnad en advertir, sin embargo, que la amenaza no se materializa en Rusia, por el contrario se identifica con las propias redes sociales, ya que “hacen que todas las democracias sean vulnerables a cualquier persona con una agenda política, algo de dinero y una razonable cantidad de datos.” Agrega que son las redes sociales las que permiten que sea asunto trivial crear anuncios tendenciosos, dirigidos a votantes indecisos que habitan distritos clave, siendo muy problemático definir autores y responsabilidades (cosa que no le impide a él adjudicar responsabilidad con impronta nazista a las autoridades rusas).

Quinta Jurecic, en The Washington Post, propone una mirada más original, al tiempo que perturbadora. Estima que existe un problema nuclear, en cuya superficie discurre la cuestión rusa y su injerencia en las elecciones estadounidenses, consistente en la escala y el poder alcanzados por un reducido grupo de firmas tecnológicas, de tal envergadura que hace incomprensible su alcance, a dirigentes políticos pero también a los decisores empresariales interesados. Estos últimos escandalizan, porque gestionan, a través de las plataformas sociales, archivos y bancos de datos que reúnen más íntimas informaciones ciudadanas que las propias agencias estatales que responden a Washington. Desde ya, entre el centro y la superficie del problema nuclear, discurren otros planteos, sumamente relevantes, que involucran materias tales como la lealtad patriótica o monetariamente desarraigada de estos campeones informacionales trasnacionales.

Es perturbador Jurecic, por el juicio introspectivo que denuncia. No descarta la influencia de las redes sociales en nuestros comportamientos, pero subraya una corresponsabilidad de redes y usuarios no atendida suficientemente:

Facebook configura nuestro comportamiento mostrándonos aquello que más probablemente provoque nuestro clik. Y si la propaganda rusa fue efectiva, lo fue porque se amoldó a lo que creamos conjuntamente con Facebook: nuestros miedos y deseos más despreciables, nuestra disposición a dejar de lado la verdad cuando se vuelve inconveniente. Facebook, Twitter y Google han expuesto esa fealdad en el mercado. Esto ya sería suficientemente malo, excepto que el mercado también se ha convertido en el nuevo ágora estadounidense.*

Este último articulista sugiere que el verdadero rostro de muchos de los usuarios de las redes sociales, no es el que refleja el espejo material o social que seleccionan para evaluarse, sino el expresado por los torrentosos, muchas veces disparatados, agresivos o viciosos contenidos que transmiten, en diseño micro-focalizado, las redes sociales. Para conocerse a sí mismos, deben transitar, como Dorian Gray, la escalera que los introduce en la habitación digital que retrata -y les notifica- su auténtica personalidad. A su vez, las mercantilizadas democracias, se edifican sobre esas personalidades, las retratan. Democracias a la Dorian Grey. Perturbador, ¿no?

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