Por Javier Cortines

Las religiones y las corrientes de pensamiento que han marcado la historia de la humanidad deberían enseñarse, con espíritu laico e imparcial, en las escuelas.Y en la misma asignatura habría que hablar del catolicismo, judaísmo, islam, así como del budismo, taoísmo, hinduismo, etc. Y también, por supuesto, del ateísmo, “doctrina” que tiene numerosos seguidores en todos los estamentos sociales.

Los padres harían un gran favor a sus hijos si les enseñaran a pensar por sí mismos, y dejaran de inculcarles verdades absolutas que excluyan al otro.Los niños y las niñas, que nacen con una inteligencia casi infinita, están capacitados para palpar, con la mente y el corazón abiertos, “las diferentes manifestaciones de Dios”. Dejadles que luego, cuando alcancen la madurez, elijan o no el camino religioso que encaje con su divinidad interior.

Que los menores sean conducidos en rebaños para engancharse al mono de un credo, aunque sea la religión de sus padres, es una práctica jibarizante. Otra cosa es educar en la bondad, justicia y libertad, valores que están innatos en el ser humano y sólo necesitan de un ambiente propicio para desarrollarse dentro del riquísimo ramaje del crecimiento personal.

Los mayores,¡que sigan yendo a las iglesias, mezquitas, templos y sinagogas! si es que allí se sienten más cerca del demiurgo y limpian sus almas. Pero ¿Por qué meter enesos santuarios a los pequeños? Confiad en su inteligencia y en su intuición. Ayudadles a que encuentren su camino y sean felices, pero desde sí mismos y por ellos mismos. Con espíritu crítico.

Decía Stephen Hawkingque al principio mintió a todo el mundo diciendo que creía en Dios, ya que tenía miedo de que sus libros fueran despreciados por los devotos y su obra cayera en el olvido. “Yo profeso una religión para ateos inteligentes” dijo el día en el que decidió dejar de engañarse a sí mismo y a los demás.

Deberíamos potenciar una cultura sin servilismos a la religión o a la política, milagro que ya realizaron los sabios griegos en el siglo IV a.C. De esas fuentes deberían beber las nuevas generaciones que estimenposible la construcción de un futuro ilusionante, que los depredadores del metal se empeñan en robárnoslo.

No necesitamos guías en los templos (mezquitas, iglesias, sinagogas, obispados, etc.) que enseñen a los menores “el buen camino”. Lo que urge es una formación de alta calidad. Una educación ecléctica y moderna que nos sea útil en el mundo actual. Los recortes en cultura son un crimen contra la humanidad.

Según el Ranking de Shanghai, uno de los baremos internacionales más prestigiosos, ninguna universidad española se encuentra entre las 200 mejores del mundo. Es decir, la enseñanza superior española (no digamos la otra) está en el grupo de los países subdesarrollados. ¿Acaso no queremos ver nuestro rostro cultural en el espejo de la realidad?

Una de las asignaturas pendientes de España es impulsar la educación, sin excluir a refugiados y refugiadas, con una perspectiva global e integradora. Si la causa de los adultos ya está perdida, debemos concentrar nuestras energías en asegurar el porvenir de los más jóvenes ofreciéndoles una formación puntera, paisajes de mañana y motivos para vivir.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir que, si Dios existe, hay que buscarlo más allá de los textos sagrados que cumplieron en su día su función histórica.

 

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