“No resulta agradable ver cómo la mayor potencia del mundo asesina o hiere a miles de civiles cada semana, mientras intenta someter a una pequeña nación atrasada (Vietnam) por motivos que engendran una gran controversia”.

Robert S. McNamara (1)

Por Javier Cortines
Los refugiados de las guerras provocadas por Occidente, con la bendición del ex presidente español Jose María Aznar (PP); el éxodo y masacre de la minoría musulmana de los rohinyás en Birmania; los hispanos expulsados a patadas de EEUU y obligados a separarse de sus familias etc., son asuntos que pasan de moda, como si las tragedias humanas (cuando están desvinculadas de los intereses del “primer mundo”) tuvieran sólo un momento estelar en la pasarela de la Historia.

Lo dicho anteriormente no supone una crítica al poder ni a mis colegas de la prensa, es sólo la constatación de una enfermedad global que alcanza a todos por igual. Aquí nos vale la metáfora del paciente que, siendo pinchado por el médico en las zonas más sensibles, ya no siente nada.

El fenómeno tiene mucho que ver con “los creadores de las imágenes de la realidad”. Mientras el producto se vende lo exponen desde todos los ángulos, cuando baja la demanda se retira del mercado.

Demostrable es, que hasta la mujer y el hombre más sabios y cultos, que sólo prestan oídos a los temas más profundos y transcendentales, cuando sufren un dolor de muelas se convierten en gatitos heridos que necesitan ir urgentemente al veterinario.

Pensar lo que los otros quieren que pensemos, odiar lo que los otros quieren que odiemos, amar lo que los otros quieren que amemos, forma parte de un juego diabólico que hombres y mujeres inteligentísimos reinventan constantemente en su laboratorio de ideas. Una vez hallada la fórmula, “se inyecta gratis” y el metal sigue rodando y el papel volando.

Los que tenemos un poco de memoria histórica, por cuestiones de edad, recordamos a la niña del napalm. Esa imagen tiñó de rojo a la Casa Blanca y dio un zarpazo mortal al periodismo libre y crítico, acusado de poner al pueblo en contra de “gobernantes cargados de razón” que sólo querían evitar la expansión del comunismo y defender la libertad y la democracia.

Kim Phuc, con nueve años de edad, sufrió graves quemaduras huyendo del napalm en 1972

Aquellos “últimos periodistas”, que lanzaban sus dardos diariamente contra un sistema vacío de valores, no gustaban a EEUU, el padre y la madre de todas las desgracias y alegrías que tallan este planeta.

Con la derrota en Vietnam (a causa de la prensa), el emperador de Occidente y sus consejeros se las arreglaron para imponer la censura -de forma sutil o brutal- a todos los reporteros que seguían a las heroicas tropas estadounidenses en las guerras que han arrasado nuestro entorno en las últimas décadas. Cuando el mensaje no estaba claro, había balas que se perdían y morían, por accidente, “periodistas que se salían del redil”.

Esa censura “para que veamos y oigamos lo conveniente” hizo y sigue haciendo un daño atroz a la que fue una de las profesiones más bellas del mundo.

“Las violábamos y las matábamos”- me dijo un anciano surcoreano no hace mucho tiempo en Seúl, acordándose, totalmente ebrio, de su participación en la Guerra de Vietnam. Pertenecía a las brigadas que mandó Corea del Sur a Indochina para prestar apoyo a EEUU y combatir a los comunistas.

Siento un gran cariño por Vietnam, país donde conocí a gente maravillosa que no guardaba ni una pizca de rencor u odio hacia los estadounidenses. Algún día os hablaré de mi odisea por esas tierras, que comenzó con un viaje en tren de Pekín a Hanoi, pero eso es otra historia que os narraré en otra ocasión.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para preguntaros ¿Sabéis ya de lo que tenéis que preocuparos en el 2018? No hay que ir muy lejos “el mundo siempre es la persona que más cerca tienes”.

-1-Cita con la que encabeza Hannah Arendt, una de las grandes pensadoras y pensadores del siglo XX, su ensayo “La Mentira En Política. Los documentos del Pentágono”. (Ed. Página Indómita, 2017).

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