Dejando al margen el terror, el único método que tiene una influencia real sobre la conducta sigue siendo el antiguo del palo y la zanahoria.

                                                                                                  Hannah Arendt

Por Javier Cortines
Los amos del dinero tumbaron las aspiraciones de Alexis Tsipras (Syriza) de mejorar las condiciones de vida del pueblo griego, gravemente endeudado y empobrecido, y demostraron la terrible realidad de que la voracidad del capital se zampa las ideologías en un santiamén.

Tras colgar a “Syriza” el sambenito de peligrosa “coalición de la izquierda radical”, ganaron la primera batalla demonizando “al gobierno rojo” de Atenas. Una vez reducido a esa categoría, Bruselas no tuvo piedad con los helenos y les impuso un castigo durísimo que parece no tener fin.

El mensaje del capital es diáfano (al menos en Europa y EEUU): sin hincar la rodilla ante La Bestia de Metal y recibir su bendición, es inviable el sueño de una utopía independentista (tanto individual como colectiva).

Con El Procés catalán se ha repetido la historia interminable. Más de 900 empresas han huido en desbandada “a España”, su nuevo hogar de acogida. No olvidemos que el capital es hermano siamés de la derecha, que en nuestro país tiene “un largo y glorioso” recorrido.

Los medios de comunicación nos repiten machaconamente que Europa es guapa, guapísima, y que todos debemos seguir unidos para que no pierda su esplendor. Pero, por encima del bombardeo de la casta, surge la pregunta clave ¿Qué Europa queremos? ¿La de los mercaderes que ponen precio a todas las cosas, incluyendo al ser humano, o la Europa de los pueblos basada en los Derechos Humanos y la distribución equitativa de la riqueza?

La exclusión social, la marginación, el trabajo precario, la pobreza, etc. se cronifican esculpiendo un horizonte distópico. Ese escenario nos enfrenta a un reto descomunal: urge un esfuerzo colectivo y coordinado para invertir la situación. Con dinero y miedo se fabrican las cadenas de los pueblos.

Sólo inoculando temor en el corazón de los seres humanos (sin nosotros vais al abismo y viviréis como ratas) la casta controla los impulsos reivindicativos de los pueblos, sus sueños de justicia, progreso y libertad. Las masas, “si están mal educadas”, se convierten en una grave amenaza para los capataces del actual sistema económico.

Dudo que una supuesta República de Cataluña traiga a nuestros hermanos más justicia social. Volverían los empresarios como las oscuras golondrinas de Bécquer y los mercaderes descubrirían nuevos pozos de petróleo para perpetuar el adagio del palo y la zanahoria.

Estamos atrapados en las redes de Europa. Tal vez no nos demos cuenta de la presencia de una araña invisible que hace estragos. La “izquierda radical” es un objetivo a batir. Recuerdo el asombro del Parlamento español viendo entrar por primera vez a los diputados de Podemos. Eran percibidos como un peligro, una prueba de que el sistema se resquebrajaba. Ahora un extraño mimetismo ha disuelto la perplejidad. Es cierto, pues, el viejo refrán que dice “el hombre es un animal de costumbres”.

La rendición de Syriza ante Bruselas fue una consecuencia directa del poder hegemónico de los plutócratas y del “aislamiento” de la izquierda en la Europa de los mercaderes (La Internacional se canta en torres de marfil). La caída de Atenas tuvo un efecto desmoralizador, que aún continúa, en numerosos seguidores de Podemos y grupos afines del continente.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para recordar una reflexión del escritor mexicano Octavio Paz: “No sé cómo será la próxima revolución, pero sin duda será la del espíritu porque es la parte del hombre (del ser humano) que está siendo más humillada”.

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