Por Fredes Luis Castro

Si hubo una Guerra Fría, los catalanes notifican al mundo la posibilidad de una Independencia Fría. La solidaridad de Bruselas con Rajoy, y el expreso pedido para que se respete el orden constitucional en un marco de unidad, revelan un temperamento cargado de contradicciones, emblemático de los tiempos que corren. La Comisión Europea, vértice de poder del proyecto democrático y liberal creado para trascender las fronterizas estatalidades nacionales, propicia la preservación de un régimen monárquico, en desmedro de un reclamo nacional comunicado por una mayoría ciudadana, cuya voluntad plebicitaria es devaluada por un organismo que carece de legitimación electoral similar. La Unión Europea que admitió como asociados a los secesionados estados de Eslovenia, Croacia, República Checa y Eslovaquia, teme ahora que la independencia catalana fortalezca convicciones similares en Flandes, Valonia y el País Vasco, entre otros potencialmente convulsionados territorios.

Para Maggie Chapman, militante del Partido Verde Escocés y rectora de la Universidad de Aberdeen, Cataluña es uno más de los eslabones que encadenan una serie de eventos que surgen con el colapso de la Unión Soviética, incluyen la guerra de Irak del 2003 y escalan con la crisis económica del 2008, todos ellos socavadores de la legitimidad de las élites de las principales potencias globales. “Una expresión de la búsqueda de nuevas representaciones políticas se encuentra en la reafirmación del localismo y las reivindicaciones de las pequeñas naciones.” Chapman subraya el fracaso de los grandes Estados, al menos en la percepción y juicio de los hombres y mujeres que participan de estas entidades, como parte de alguna de las nacionalidades que los suelen componer.

La rectora de Aberdeen agrega algo mucho más interesante: un pasado imperial que edifica una nacionalidad basada en la cultura y legado del sujeto dominante, en el caso español Castilla (coteja e identifica el par Castilla/Aragón con el par Inglaterra/Escocia). Se trata de un nacionalismo genéticamente hegemónico, intolerante con las diferencias lingüísticas y culturales de sus naciones internas, y nostálgico del pasado imperial. De algún modo, parece sugerir Chapman, el plebiscito catalán intenta corregir, por la moderna vía democrática, una anomalía histórica, configurada por una integración forzada por un modelo imperial del siglo XVII, y mantenida no menos forzosamente por un estado multinacional post-imperial.

¿Es el nacionalismo pequeño estatal la fase superior del imperialismo? Temerario sostenerlo. Uno sospecha que aportar el 20% del PBI, recibir un tercio de las inversiones radicadas a nivel nacional, y contar con un porcentaje similar en las ventas externas españolas, son todos factores alentadores de ánimos autonómicos. En verdad, la pretensión catalana (y la interpretación de Chapman) parece adecuarse mejor al nuevo orden mundial fomentado por el cientista social Benjamin Barber, que estima que las interrelaciones que animan la globalización del siglo XXI son incompatibles con los Estados nación, organizaciones diseñadas para atender las demandas vigentes 400 años atrás. Barber cree en los pragmatismos de los ejecutivos subnacionales , no en las ideologizadas y desmesuradas ambiciones de las políticas públicas nacionales.

A riesgo de abusar con los adjetivos de temperatura, es dable conjeturar que la declaración de independencia fría de Cataluña es coherente con las tensiones que se producen en otras sociedades políticas, en tanto nuevo capítulo de una guerra civil fría, la que confronta a las poblaciones con aptitud para enriquecerse en la era global informacional versus los sectores -más o menos compatriotas- que carecen de la capacidad o las oportunidades (según los lentes de quien juzgue) para prosperar o siquiera alcanzar calidades dignas de existencia. Más allá de problemática europea, el rompimiento de estas solidaridades es asunto de primer orden, sobre el que deben tomar nota y reflexionar los decisores públicos de todo el planeta, mucho más los gestionan economías no industrializadas o insatisfactoriamente desarrolladas.

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Fredes Luis Castro es un abogado argentino y analista internacional especializado en temas de geopolítica y nuevas tecnologías.
Ha cursado estudios de posgrado en Derecho en la Universidad de Palermo, de Administración Pública en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y de Relaciones Económicas y Negocios con Asia del Pacífico e India en la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Ha sido asesor de distintos legisladores de la Cámara de Diputados argentina desde el año 2006 hasta la fecha. En los años 2012 y 2013 fue asesor en la presidencia del Grupo Parlamentario de Amistad con la República de la India.
Es militante peronista.
Blog: http://fredescastro7.wixsite.com/shushwap

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