Por  con ilustración de JRMora para CTXT

El pasado viernes los fanáticos de la organización ultra católica Hazte Oír intentaron asediar la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Esta turba de exaltados, que protagonizan una de las cruzadas más rancias de los últimos años, trató de contaminar con su mensaje tránsfobo las instalaciones de la universidad. Fueron decenas de estudiantes quienes consiguieron detener a este grupo de intolerantes que, pese al veto de la universidad, pretendían difundir su doctrina intolerante entre las paredes de esta facultad.

El acto que desencadenó la polémica fue una mesa redonda que abordaba la concepción la libertad de expresión en la actualidad. Entre sus ponentes, se podían encontrar nombres como el de Rocío Monasterio, presidenta de Vox Madrid, el periodista Cake Minuesa, y por supuesto, Ignacio Arsuaga, presidente de Hazte Oír. Esta convocatoria estaba malintencionadamente firmada por “estudiantes de la Facultad de Derecho”; una generalidad errónea que no va más allá de un pésimo intento de anonimato. Por suerte, nadie duda de que la gran mayoría de estudiantes de esta facultad no participamos en la organización de semejante falta de respeto.

La Universidad Complutense anunció la suspensión del acto apenas cinco horas antes de su celebración. Desde el gobierno de la universidad no se hizo referencia alguna al motivo de dicha cancelación, aunque de sobra es sabido que esta mesa redonda no fue bien acogida por un amplio sector de estudiantes, ya que habían sido convocadas movilizaciones para protestar contra dicho acto. No obstante, y pese a la negativa de Rectorado, varios miembros de Hazte Oír, incluyendo su presidente, trataron de entrar por la fuerza en la facultad, llegando incluso a forcejear con el Decano. Finalmente, el autobús fue expulsado por las decenas de estudiantes que se negaron a soportar la transfobia en sus aulas, y abandonó la entrada de la facultad escoltado por la policía.

Estos acontecimientos dejaron una reflexión importante no solo para la comunidad educativa, sino para cualquier persona interesada en la defensa de lo que verdaderamente significa la libertad de expresión. La universidad, cualquiera que sea, no es lugar para la intolerancia, los fanatismos ni la ignorancia. Son centros de estudio y de formación, no son megáfonos que reproduzcan el mensaje de un grupo de exaltados religiosos, o de cualquier tipo, que solo buscan crear conflictos y herir la sensibilidad de cuantos no aceptan sus dogmas. De nuevo, una mayoría de estudiantes hemos dejado clara nuestra repulsa a este tipo de actitudes, y no consentiremos que las paredes de nuestras aulas hagan eco de la toxicidad de mensajes intolerantes como el de Hazte Oír.

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