Por Pedro Alcaraz Saura | Ilustración de ElKoko

La idea primigenia del poder se basa en la existencia de dos elementos fundamentales: un conflicto determinado y la correspondiente necesidad de adoptar una decisión. El poder consistiría, básicamente, en mantener la posición dominante para escoger la decisión determinante en un conflicto dado. Expuesto de otro modo, existe un conflicto que precisa una solución; el poder sería la capacidad de imponerla. Pero, ¿es esta realmente la única forma de ejercer el poder?

Progresivamente, la noción de poder ha adquirido nuevas dimensiones más allá de esta vertiente behaviorista. En este sentido, se ha argumentado que para ejercer el poder no es necesario que surja un estímulo que precise una respuesta. El poder también se presenta como una herramienta de control social por el cual se configura la agenda política y se consigue excluir la toma en consideración de determinados problemas potenciales, al tiempo que se incluyen otros convenientemente. Esta concepción tridimensional del poder (formulada por el británico Steven Lukes) entiende que el ejercicio del poder no precisa de la necesidad de adoptar una decisión. Es decir, refuta la idea de que precise de un conflicto pero, más aún, entiende que, en ocasiones, la forma más eficaz para ejercerlo consiste en evitar que dicho conflicto siquiera aflore.

No hay que subestimar esta vertiente en el ejercicio de poder porque dota de una enorme influencia a quién es capaz de llevarlo a práctica, apartando algunos temas de debate de la opinión pública e introduciendo otros. La esencia de su aplicación reside en generar el clima adecuado en la sociedad para satisfacer los intereses propios. Escogiendo qué temas merecen ser objeto de atención (y, por tanto, de decisión) se teledirige a la sociedad hacia un punto determinado. Ya es menos importante si, en el camino hacia ese punto, los debates son más o menos acalorados: los límites del espectro han quedado fijados. Lo que se quiere plasmar es que la existencia o no de un problema político no depende tanto de la sustancia del mismo como de que haya captado la atención de un sector considerable del panorama político, y esto se provoca o evita por medio del ejercicio del poder.

Los instrumentos específicos a partir de los que se puede aplicar en la praxis esta forma de imposición obedecen a otra lógica argumentativa, pero sin ánimo de ser incisivos en exceso, se entiende que, en la sociedad actual, la cual se puede calificar como incipientemente tecnológica, la propiedad de los medios de comunicación, el dominio de las redes sociales, el manejo de las estructuras económicas y el control político se revelan como los principales elementos ejecutores. No es difícil concluir, pues, que el poder de no-decisión es, en su propia naturaleza, un objeto idóneo para el mantenimiento del status quo.

En España, esta práctica es aún más visible que en los países de nuestro entorno, por razones que resultan obvias. Se puede aludir a un tejido comunicacional especialmente putrefacto, a un cuerpo económico-financiero muy beligerante y a la posición dominante en política de partidos que coadyuvan con los elementos básicos de esta deriva.

26 de mayo de 2016. Falta un mes para las elecciones destinadas a desequilibrar la balanza parlamentaria que sucedió a las elecciones de diciembre de 2015. Albert Rivera, en una actuación no tan instintiva como estratégica, visita Venezuela para dar su apoyo a los impulsores del potencial derrocamiento del gobierno del PSUV. El ABC, un medio de masas de tirada nacional, titula, acompañando una foto que cubre toda la cubierta, unas declaraciones del propio Rivera: “Las víctimas del chavismo me recuerdan a las de ETA”. Y subititula otras de sus palabras: “Todos me han preguntado si en España somos conscientes de lo que significa Podemos”. Junto a esta, fueron 5 las noticias sobre Venezuela y Podemos que ocuparon toda la plana inicial de este diario en el mes previo a las citadas elecciones. Pero no es necesario acudir a medios con una marcada línea derechista. En todos y en cada una de las intervenciones o entrevistas que realizó cualquier miembro de este partido en aquellos días, salió a relucir la situación venezolana. Algunas de las periodistas, preguntadas por ello, se defendían esgrimiendo que solo preguntaban por los temas que estaban en la boca de la sociedad.

No hay un ápice de falta de razón en este argumento. El poder mediático consigue situar en primera plana los temas que considera oportunos en cada momento. El desquiciante caso venezolano es la representación más paradigmática del poder de no-decisión en nuestro país, en tanto que se dirige a vilipendiar una forma de gobernar que se desvía de los intereses dominantes occidentales y a su vez sirve para machacar a una formación que no interesa. Resulta significativo cómo no ocupa apenas una línea en los periódicos generalistas ni un minuto en los telediarios las masacres en Yemen o la corrupción criminal en México, donde 43 estudiantes permanecen desaparecidos. Ni tan siquiera las hambrunas en el cuerno de África, el asesinato de la activista Berta Cáceres en Honduras o la desaparición de Santiago Maldonado en Argentina. La lista de ejemplos se podría ampliar hasta la extenuación.

El control del debate público por parte de los poderes fácticos es un instrumento esencial para el mantenimiento del status quo. Los ciudadanos pierden autonomía y libertad para poder racionalizar sus intereses por culpa de los mensajes intensos que les llegan desde distintos focos. Al final, resulta difícil discernir entre lo importante y lo mediático, incluso entre lo que realmente existe y lo que no.

Resulta significativo cómo no ocupa apenas una línea en los periódicos generalistas ni un minuto en los telediarios las masacres en Yemen o la corrupción criminal en México

Haciendo un segundo viaje a la realidad española, lo que se acaba de comentar sirve para analizar la deriva de Podemos en el último año y medio. El mayor éxito de esta formación no fue conseguir irrumpir con fuerza en el panorama institucional, sino situar en la agenda política asuntos que quedaban absolutamente descartados con la única presencia de los partidos tradicionales. Su irrupción fue un soplo de aire fresco y surgieron temas en el debate mediático difíciles de explicar para un sistema bien cerrado como el español. Aparecieron grietas que incomodaron a las élites y ello se percibió con la estratégica campaña de ataque y derribo que realizaron. Es cierto que el edificio no se iba a derrumbar, pero en poco tiempo se consiguió acceder a problemáticas inalcanzables hasta entonces.

Pero el mayor éxito de Podemos se corresponde con su mayor fracaso. Este último no fue desinflarse parcialmente en las últimas elecciones generales, ni tan siquiera fue el proceso de división interna. El mayor fracaso de Podemos fue su encasillamiento en el sistema a través de la acomodación excesiva de sus ideas, propuestas, discursos y formas al engranaje estructural. Se asumieron las pautas preestablecidas y asentadas durante décadas y el único resquicio de innovación se situó en un par de ideas y discursos que discrepan con la tónica general. La transgresión ha perdido peso frente a la monotonía, lo cual hace dudar de la veracidad del inicial espíritu transformador. Es decir, la duda reside en si la fuerza del sistema ha embaucado a la formación, o bien esta se ha asentado convenientemente una vez obtenidos los logros producto de esa transgresión.

En el contexto del sistema democrático occidental, el debate público es el elemento más importante de la estructura sociopolítica desde el punto de vista de la posibilidad de una transformación ciudadana. Estos sistemas son prácticamente impermeables a los cambios desde abajo o desde fuera. El control es casi absoluto. El debate público ofrece un resquicio de autonomía para que los ciudadanos se inmovilicen y empoderen.

Esa importancia explica que el poder de no-decisión, entendida como la capacidad para situar o excluir temas y así determinar el contenido del debate público y mediático, es una vertiente fundamental en el ejercicio del poder. El cual, por tanto, no solo consiste en decidir, sino que consiste en decidir sobre lo que hay que decidir.

Deja un comentario