Por Javier Cortines
Ignacio González arrojó la manzana de la discordia cuando dijo -en una conversación intervenida- que “Rajoy quiere superar a Franco en la presidencia”, con lo que nos recordó, refrescándonos la memoria, al general que autorizó la creación de las “asociaciones políticas” de cuyo semillero brotó el bonsái de nuestra raquítica democracia.

El mismo José María Aznar, que se lamenta de no haber engendrado a Albert Rivera (lo que supone una pérdida irreparable de esperma), ha lanzado palomas mensajeras urbi et orbi con este mensaje: el gallego impasible “debería cumplir dos mandatos” y luego dejar la presidencia a alguien “que conserve las esencias del PP” que yo refundé.

Quien crea que Rajoy reconoce el legado de su mentor se equivoca. Sabido es que se odian tanto como la reina Cersei y Sansa Stark, (Juego de Tronos) personajes que sueñan con cortar la cabeza al otro y servírsela en una bandeja de plata al Rey de la Noche.

El modelo que se impone en el siglo XXI -época que avanza con menguantes democracias que enmascaran dictaduras- es el de Vladimir Putin, quien de vez en cuando finge “ceder el poder” a Dmitri Medvédev (el más menudo de los muñecos de su matrioska), para retornar con más botox y más depilado.

Rajoy, que ha sido premiado genéticamente con el don de la longevidad (su padre tiene 96 años) se siente como un chaval que bien podría hinchar a hostias a Pablo Iglesias en el patio del colegio y salir a hombros de Soraya S. De Santamaría y de Carmen Martínez-Bordiú (nieta del generalísimo), por decir dos nombres al azar.

Mariano ha logrado la dispersión de la izquierda sin necesidad de utilizar la inteligencia. Los rojos, los morados (color que hace un guiño pillo a la República) y los rosas no acaban de encontrar el discurso ideológico que mole. El mareador juego de máscaras que rige la vida política española refuerza los valores de la Santísima Trinidad: Dios, Patria y Rey.

Con este panorama y con la ausencia de Panoramix (el druida que preparaba para la izquierda la pócima mágica que la daba fuerzas), Rajoy, que es más listo que el hambre, sabe que, si quiere llega al 2050 en plenitud, debe seguir los pasos de Kim Jong Un, el espantapájaros de una dinastía norcoreana que gobierna in perpétuum. Debe convertirse en el padre de la patria, vacante que no se ha cubierto desde que nos abandonó Franco.

En el fondo a Rajoy le da igual convocar elecciones anticipadas o cumplir el actual mandato, lo que le molesta son las agotadoras campañas que hay que hacer para convencer a los ilusos y debatir en la tele con sus enemigos, molestos perros de presa a los que no quiere ver la cara.

Mientras tanto, la izquierda no acaba de encontrar la salida del laberinto y no deja de sufrir las cornadas del minotauro. Por qué no prometen, p. ej. (bajo contrato) que si gobiernan darán prioridad al uso universal de la energía solar; a políticas destinadas a reducir la creciente y sangrante desigualdad social (eso necesita un decreto con medidas claras) y que lucharán a muerte por el estricto cumplimiento de los Derechos Humanos.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir a los catalanes la verdad: ¡sois tan andaluces como El Cordobés! En este país estamos todos tan mezclados (sin contar con la sangre de los que nos invadieron) que para encontrar razas puras, culturas embalsamadas, hay que viajar, como mínimo, a Japón o a Mongolia, la tierra de Gengis Khan.

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