Cultivo agrícola

Autora: Ana Barba

Ilustración: Los Majanares

A muchas de las personas que lean esto les sonará esa palabreja rara, glifosato. Alguna vez lo habrán escuchado en un programa de noticias o lo habrán leído en un titular de prensa. Sin embargo, es muy probable que a la mayoría de la población no le suene de nada, a pesar de que hace referencia a una sustancia química que puede atentar contra la salud de las personas y contra el medio natural.

El glifosato es un herbicida de amplio espectro, utilizado en cultivos intensivos y en jardinería. Se trata de una molécula orgánica nitrofosforada que actúa inhibiendo una enzima esencial para la fotosíntesis, lo que provoca la muerte de las plantas tratadas.

Se utiliza fundamentalmente por fumigación y pasa a la cadena trófica por dos vías: por contaminación de los cereales y otros vegetales de consumo humano y por el ganado que se alimenta de pastos contaminados. También los animales silvestres herbívoros pueden consumir las plantas contaminadas y de ahí extenderse a los depredadores y carroñeros que se alimentan de ellos. También resultan contaminados el suelo y su macro y microbiota, así como los acuíferos y su flora y fauna por lixiviación.

Hasta la fecha, el glifosato es el herbicida químico más vendido y utilizado del mundo. Los cultivos modificados genéticamente que resisten al glifosato permiten su uso masivo, aunque no es el único herbicida químico no selectivo que se emplea masivamente. En jardinería y conservación de carreteras y vías ferroviarias se emplean de forma sistemática, con el consiguiente riesgo de contaminación de los cultivos adyacentes, así como de los acuíferos y de las formas de vida acuática.

Para evaluar los riesgos potenciales sobre la salud humana se necesitan estudios toxicológicos y epidemiológicos. Existen numerosos estudios científicos que tratan este riesgo, siendo unos favorables y otros contrarios a la toxicidad del glifosato. La dificultad para desentrañar esta maraña radica en que, a día de hoy, no puede decirse que haya un organismo independiente del que podamos fiarnos para reproducir los estudios dudosos y evaluar los resultados de todos ellos. Basta decir que la agencia europea para la seguridad alimentaria ha elaborado un informe en el que se han copiado párrafos enteros del informe favorable al uso del glifosato distribuido por Monsanto, el mayor fabricante del herbicida. Pero siempre se puede bucear y leer entre líneas.

El uso del glifosato en Colombia para erradicar las plantaciones ilegales de coca y adormidera ha posibilitado un estudio epidemiológico amplio con poblaciones próximas a las plantaciones fumigadas y con trabajadores expuestos al agente químico. Los resultados pormenorizados se pueden leer en una publicación científica oficial (1), pero en líneas generales, la población estudiada presenta síntomas neurológicos, digestivos y de tejidos blandos en un altísimo porcentaje. El estudio también refiere los niveles letales en ratas de laboratorio, así como los índices de teratogenicidad, relevantes en ambos casos.

La OMS tiene calificado al glifosato como posible cancerígeno desde 2015 y La UE lo ha calificado como peligroso para la vida acuática en 2017. Por otro lado, diversas publicaciones científicas demuestran alteraciones en la microfauna del suelo, así como en los insectos polinizadores y arrastrantes como consecuencia del uso de glifosato.

También es interesante señalar que el glifosato se utiliza generalmente de forma conjunta con un surfactante, la polioxietanolamina (POEA), mezcla muy tóxica para humanos y letal a bajas dosis (algo más de 1g por kg de peso resulta letal). También es necesario advertir que el glifosato es entre 6 y 20 veces más letal en humanos que en ratas, por lo que los estudios epidemiológicos realizados con roedores deben ser corregidos si se extrapolan a humanos.

Podemos concluir que hay suficientes evidencias científicas que sugieren un riesgo potencial en el uso masivo de glifosato, tanto para la salud humana como para el medio natural. Entonces, ¿por qué motivo no se prescinde de su uso? Recordemos que la UE viene prorrogando el uso de glifosato desde 2012 y que sólo tras la falta de consenso entre los distintos países se ha denegado el uso este 2017. ¿Qué poderosas razones han impedido a la UE prohibir el uso de glifosato en todos estos años? La respuesta es muy simple: el poder de Monsanto, su principal productor, y la supuesta falta de pruebas concluyentes. No hay que olvidar que Monsanto ha patrocinado unos 50 estudios científicos que intentan probar su inocuidad, a la vez que ha intentado desacreditar a los científicos que han elaborado estudios contrarios a sus intereses.

Por desgracia, el mundo científico hoy está colonizado por los intereses empresariales. La paulatina desprotección a los organismos investigadores públicos ha minado la capacidad económica de los equipos investigadores independientes, siendo mayoritarios y preeminentes en la consideración de los medios los científicos a sueldo de las grandes corporaciones, cuyos estudios y descubrimientos van siempre encaminados a mejorar los beneficios empresariales, aunque vayan en contra de la conservación del medio o de la salvaguarda de la seguridad de las personas. Son estos motivos y no otros los que han permitido el uso masivo de este herbicida durante más de treinta años, a pesar de las sospechas de toxicidad que recaen sobre él.

No parece razonable mantener el uso de una sustancia sospechosa de causar daño a humanos o al medio, por el simple hecho de que suspender su utilización provocaría un daño económico grave a una empresa. Más bien al contrario, la simple sospecha debería cesar su uso de forma fulminante, pese a quien pese. Eso al menos es lo que dicta el sentido común.

Mientras los intereses económicos prevalezcan sobre los intereses sociales, asistiremos a tragedias evitables, de las cuales tenemos una larga lista. El gran peligro que se atisba en el horizonte es la puesta en marcha de los tratados de libre comercio, TTIP y CETA, pues aduciendo el sacrosanto mantra del libre mercado pondrán la soberanía de los Estados como una alfombrilla en la que las transnacionales podrán limpiarse los zapatos, obligando a cambiar leyes, a pagar multas y a esclavizar a sus gentes, todo antes de producirles a estos gigantes un supuesto lucro cesante.

El glifosato es, por tanto, sólo la punta del iceberg. En un futuro próximo, previsiblemente distópico, tendremos otros muchos peligros acechando y una escasa capacidad de defendernos. Si no empezamos a tomar medidas como sociedad, cuando nos percatemos de nuestro error estaremos en el peor escenario posible.

 

 

 

 

  • (1) https://www.revistabiomedica.org/index.php/biomedica/article/view/16/294%3A%3Ahtml

 

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