Por Iria Bouzas

A aquellas alturas de la película, el anciano, ya sólo podía caminar despacito.

Un paso y después otro. Para él ya no era algo automático como para las personas más jóvenes que constantemente le adelantaban a toda prisa mientras paseaba por la calle. Cada paso que daba era para él un esfuerzo, un ejercicio de voluntad en el que ponía los restos de toda su energía vital para poder seguir caminando hacia adelante.

“Seguir adelante”, estas palabras le arrancaron una sonrisa involuntaria.

Toda la vida interiorizando y repitiendo aquellas palabras como si fuera un mantra, “Seguir adelante”, “Hay que salir adelante” y ahora cuando ya sólo era la muerte como siguiente y definitivo objetivo lo único que le quedaba por delante, era ahora cuando había comprendido el engaño que encerraban.

<< ¡Qué malo es ser viejo, coño!>> Pensaba para sí. Ahora que en su cabeza estaba todo claro como nunca había estado, justo ahora era cuando ya nadie quería escucharle.

Cierto que había quienes hacían como que atendían a sus palabras, pero él sabía que aquello no era más que una señal de educación. Se paraban un rato a oírle hablar, asentían cortésmente y le miraban con ternura cuando se hacía el silencio durante unos segundos en los que se permitía tomar aire para poder seguir hablando.

Algunos oían su voz pero nadie le escuchaba sus palabras.

Sólo le oían como quien oye repiquetear las gotas de lluvia en el cristal durante una tormenta. Su voz, sus pensamientos, el aprendizaje de su vida entera. Todo se había convertido en un ruido blanco, era sólo un sonido de fondo para aquellos que estaban ocupando sus pensamientos en otras cosas que consideraban más importantes que los desvaríos de un viejo acabado.

Por momentos se sentía frustrado, pero la mayor parte del tiempo estaba ya tan cansado que ni si quiera llegaba a enfadarse por aquella falta de atención.

En cambio la tristeza y la pena no había manera sacudírselas de encima.

Quería poder pensar que le habían engañado, pero cuando ya no te queda nada que perder no tiene ningún sentido mentirte a ti mismo. Le habían engañado pero en el fondo sabía que él estado toda la vida aceptando ese engaño de buen grado. Había sido más fácil vivir con la mentira que enfrentarse a la realidad.

Ahora, cuando miraba hacia atrás sólo veía sudor. Recordaba una y otra vez la misma escena. Como caía cada día rendido en la cama después de haber trabajado como no se debería obligar trabajar ni a las bestias.

Sudor y vacío. Eso había sido toda su vida. Le habían enseñado que eso es lo que había que hacer. Había que trabajar sin descanso sin quejarse ni lamentarse. Había que estar muy agradecido por poder tener un trabajo con el que salir adelante.

“Salir adelante”. Esa frase le volvió a sacar una sonrisa.

Había salido adelante. Eso era indudable. Había sudado y sangrado durante todos los años en los que todavía tenía energía vital. Había cambiado cada día, cada mes, cada año de su vida por poder salir adelante.

Sacó adelante a su familia. Comieron, vistieron, tuvieron un techo donde refugiarse y sus hijos pudieron incluso estudiar.

Salieron adelante pero entre tanto trabajo y sudor, no quedó tiempo para la ternura. No hubo tiempo para las caricias, los abrazos, la comprensión y la charla. Los estómagos se llenaron mientras el alma se quedó vacía.

Ahora veía a sus hijos como estaban también saliendo adelante. Ese era el engaño. Él había vendido su tiempo en este mundo a un trabajo con el que poder darles a sus hijos una vida diferente. Había pensado que estaba cambiando su tiempo por el de ellos pero no, sólo había cambiado su tiempo por sobrevivir.

Aquellos a los que había querido darles otra vida, seguían viviendo casi  igual que él lo había hecho.

Su hijo mayor no trabajaba con un mono ni en una fábrica. Usaba un traje e iba todos los días a una oficina. Pero también llegaba a casa de noche. Se derrumbaba exhausto en la cama noche tras noche, exactamente igual que lo había hecho él durante más de cincuenta años.

Su hijo pequeño ni siquiera tenía eso. Malviviendo, de empleo de mierda en empleo de mierda. ¡Cuántas veces le había oído quejarse de la suerte que el anciano había tenido con un trabajo de obrero en la misma fábrica durante toda su vida!

Se sentó en un banco. No sabía si le cansaba más seguir dando un paso detrás de otro o las preguntas que se le venían a la cabeza.

¿Sus nietos también estaban condenados a “salir adelante”?

Nada tenía sentido. Era un engaño que los padres dejaban en herencia a sus hijos y del que pareciera que nadie era capaz de salir.

Si sólo alguien pudiese ver que había otra manera de hacer las cosas….

Si alguien se parase a pensar en que todo ese esfuerzo hecho de otra manera podría cambiarlo todo….

Al anciano ya no le quedan fuerzas ni para seguir pensando en deseos. Estaba cansado, a él sólo le quedaba ya aceptar su derrota.

Miró a su alrededor, a esa hora de la tarde la calle estaba llena de gente que iba corriendo de un sitio hacia el otro. Todo el mundo tenía prisa y creían que no tenían tiempo para pararse a pensar.

Él sabía que se equivocaban. Tenían tiempo. Ojalá a él le quedase aún ese tiempo para cambiar las cosas,  pero no, él ahora sólo podía levantarse del banco y concentrarse en caminar.

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