¡Oh, España! ¡La gran nación católica que no permite el divorcio, pero sí la esclavitud! ¡Y esta es mi segunda patria, menudo negocio he hecho viniendo a este país! decía San Mao en el Sáhara Occidental, donde los colonizadores «ignoraban» la existencia de unos 3.000 esclavos.

Introducción

En 2017 publiqué en este medio una reseña de la obra cumbre de la escritora china San Mao (1943-1991) “Diarios del Sáhara” (1) pero creo que me centré demasiado en los aspectos literarios del relato (de unas 450 páginas) dejando de lado asuntos de vital importancia. Ahora (“tras el rifirrafe” (2) producido entre el Frente Polisario y el Ministerio español de Asuntos Exteriores, que desaconseja viajar “por razones de seguridad” a los campamentos saharauis de la provincia argelina de Tinduf) me veo en la obligación moral de narrar los hechos que impactaron a San Mao (quien llegó a “la provincia” española cuando tenía 31 años (estuvo allí en 1974 y 1975) acompañando a su marido Jose María Quero, quien trabajaba de submarinista (3) en la empresa española de Fosbucrá, que explotaba los yacimientos de fosfatos más ricos del mundo). Dividiré mi texto en tres partes que llevarán por guía: “San Mao-Esclavitud”, “San Mao-Independencia” y “San Mao-Traición”. El primero  lo publicamos hoy, el segundo saldrá el próximo fin de semana, y el tercero sobre el 4 de enero, fecha en la que se cumple el 39 aniversario de la muerte de San Mao (Chen Ping) quien sigue siendo en el sureste asiático un icono referencial del feminismo, la independencia, la libertad, el espíritu aventurero (…) y que tiene decenas de millones (quizás cientos) de admiradores en China (cuya población es de 1.400 millones de habitantes), Taiwán, Japón, Corea, Singapur, etc. Su inmensa popularidad en el Extremo Oriente, donde se la considera un personaje mítico, legendario, contrasta con lo poco que se la conoce en España, “su segunda patria”. ¿Será porque vio y escribió más de la cuenta?

Por Javier Cortines

San Mao vivía en un barrio humilde de las afueras del Aaiún, el de “los cementerios”, ya que su marido José Maria Quero, quien trabajaba como submarinista en la empresa española Fos Bucraa, tenía un salario modesto que no les alcanzaba para instalarse en la zona residencial que ocupaba “la creme” colonial.

Su hogar, ubicado en un lugar desértico, le sirvió para relacionarse con los saharauis, la mayoría pobres, que habitaban las chabolas de aquel descampado desde donde se escuchaba “el llanto de los camellos” (4). Desde allí había que realizar largas caminatas (en el caso de no tener coche) para ir a por agua o a una tienda de comestibles (5).

Aunque sus amigos (ancianas, hombres, mujeres, niños y, posteriormente, líderes de la guerrilla del Frente Polisario) eran en su mayoría saharauis, a veces se reunía con las esposas de los directivos de Fos Bucraá. Un día, cuando San Mao charlaba con una de esas damas, tuvo la ocurrencia de invitarla a conocer el Barrio de los Cementerios, a lo que la señora respondió:

  • Nunca he ido por allá. ¡Me da miedo que me peguen alguna enfermedad!
  • “Aquellas palabras me hirieron”, escribió San Mao. (6)

En otra ocasión un saharaui muy rico (que tenía admiración por España y Marruecos) invitó a San Mao y a su marido a un banquete en su lujosa vivienda. Durante la comida San Mao se fijó en un niño que no paraba de trabajar.

  • ¿Quién es? preguntó a su anfitrión Alí.
  • Es un esclavo- respondió.
  • ¿Y cómo se convirtió en esclavo?
  • Ya nació así, los miembros de su familia han sido esclavos durante generaciones.

Más tarde San Mao pregunta a uno de los comensales: 

  • ¿Cuántos esclavos tiene el amo de la casa?
  • Más de doscientos y todos construyen carreteras para el Gobierno español. A principios de cada mes el amo cobra por ellos. Y es así como ha amasado su fortuna (7).

Al día siguiente San Mao fue a los juzgados a hablar con su responsable (a quien ya conocía) y le dijo:

  • Señor secretario, me he enterado de que en las colonias españolas se permite tristemente la posesión de esclavos ¡Podéis sentiros orgullosos! (8).
  • No nos atrevemos a interferir en sus asuntos (…) – contestó el interpelado.

San Mao, sin creerse lo que estaba oyendo, se encaró a él reprendiéndole con estas palabras:

  • ¡Oh, España! ¡La gran nación católica que no permite el divorcio, pero sí la esclavitud! ¡Es inaudito! ¡Y ésta es mi segunda patria, menudo negocio he hecho viniendo a este país! (9).

(Continuará)

 

-1- Pinchar en el siguiente enlace para leer crónica: “Diarios del Sáhara: San Mao salva del olvido al muy noble pueblo saharaui”.

-2- Cuando el MAE español aconsejó no viajar a los campamentos saharauis de la provincia argelina de Tinduf, el Frente Polisario emitió en respuesta un comunicado, el pasado 28 de noviembre que dice:

“Es lamentable que el Gobierno español aún persiga, 44 años después, a los saharauis después de haber causado exilio (…) éxodo y obligarlos a abandonar su propia tierra, tras entregarlos en manos del ejército marroquí, quien intentó exterminarlos bajo un aluvión de bombas de napalm y fósforo blanco, armas internacionalmente prohibidas. Madrid, la principal causante de esta tragedia, sigue infligiendo daños a la noble lucha de este pueblo, tergiversando la realidad para manchar la brillante imagen de los campamentos de refugiados saharauis, mientras evade su responsabilidad histórica para poner fin a su sufrimiento”.

-3- Jose Maria Quero (1951-1979), submarinista, vigilaba el buen estado de los pilotes del muelle de carga donde atracaban los barcos que exportaban cargamentos de fosfatos al extranjero. Falleció accidentalmente, a los 27 años, cuando practicaba submarinismo en las Islas Canarias.

-4- Cerca del Barrio de los Cementerios había un matadero, que tuve el deshonor de conocer, donde los camellos emitían unos terribles gemidos, “llanto”, a medida que se iba acercando el momento de ser sacrificados y los matarifes los arrastraban con cuerdas atadas al cuello. En anteriores crónicas que he escrito sobre el Sáhara he dicho “por error” que visité la colonia en el verano de 1975. No fue así, debí hacerlo en enero o febrero de ese año, ya que aún no había llegado una misión de la ONU a inspeccionar el Sáhara. Esa delegación estuvo “en la todavía provincia española” del 12 al 17 de mayo de 1975. Recuerdo que las dos semanas que estuve allí, invitado por un militar farmacéutico, los españoles estaban cambiando a marchas forzadas los nombres de las  calles. Así, en cuestión de horas, desaparecieron la Avenida del Generalísimo, la calle Millán Astray, etc., y en su lugar se colocaron placas con nombres árabes y su trascripción al castellano, haciendo alusión a destacados miembros de la comunidad saharaui o del mundo islámico. El trabajo se hizo tan rápido (fui testigo de ello) “para hacer creer a los enviados de la ONU que se respetaba la cultura local”. Debido a las prisas, la obra de lavado de cara fue “una auténtica chapuza”, pues se veía claramente (alrededor de las placas había parches frescos de cemento) que todo era una farsa, que a España le importaba un bledo el legado histórico y cultural de los saharauis, que los colonos estaba allí para explotar los fosfatos, los minerales, los bancos de pesca, e intentar, si daba tiempo, vampirizar el petróleo que se decía había allí.

-5- San Mao pertenecía a una familia acomodada de Taiwán, pero se negó, desde un principio, a aceptar dinero de sus padres. Dejó de necesitar apoyo económico cuando empezó a publicar, a modo de relatos cortos, «Diarios del Sáhara», que tuvieron una entusiasta y masiva acogida entre el público (principalmente mujeres) de China continental y Taiwán, primero, y después en otros países del extremo asiático. San Mao fue, entre otras cosas, la traductora de Mafalda al chino.

-6- Diarios del Sáhara, Ediciones Rata, página 78.

-7- Ibídem, págs. 343 y 344.

-8- Un censo español de 1.974, registró que en el Sáhara había unos 3.000 esclavos, a los que oficialmente se los denominó “parientes pobres”, según afirma Pablo-Ignacio Dalmeses (Barcelona, 1945), Doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, en su libro “Huracán en el Sáhara” (Editorial Base, 2010).

-9- Ibídem, pág. 345.