Por Javier Cortines
Albert Rivera cabalga en un caballo blanco sobre una colina. Abajo, en un valle, se ve a una masa de enemigos. Algunos hacen torres humanas. Otros pisotean las águilas del Imperio. El general ha colocado a sus legiones para atacar a los insumidos por los flancos más débiles. Al frente de las amazonas está Inés Arrimadas, con su refulgente carcaj y flechas de oro.

La reencarnación de Julio César se alza sobre los estribos de su corcel, echa una ojeada panorámica, y, dando una orden marcial, sus tropas descargan su furia contra los insurgentes aplastando hasta el último reducto de la resistencia. Sin parpadear, escribe en un pergamino “veni, vidi, vici” (vine, ví y vencí) y dice a su lugarteniente: ¡Corre y entrégaselo a Aznar!

 

El héroe Albert-César vuela sobre un dragón. Su penacho rojo pasa rozando el carro de Apolo. La ascensión es rápida, rapidísima, y, en un momento de éxtasis, tiene una descomunal erección y una eyaculación que recuerda al Vesubio.

Rivera sabe que los olímpicos le han lanzado un mensaje. Apenas se inmuta cuando lee El País y comprueba que las encuestas le vaticinan un éxito atronador en las elecciones catalanas del 21-D. Pocas personas conocen lo excitante que es pasar de hombre a dios. De mujer a diosa. Ese privilegio sólo corresponde a los elegidos.

Por extraño que parezca, Caius Lucius Aznar recibe a Mercurio, que le trae el pergamino de Julio César. El vencedor de la guerra de Irak sigue apegado a la Botella. Se frota las manos, el mensaje está claro: “ha llegado la hora de aupar a su delfín para que Mariano vaya ahuecando el ala”.

En la aldea de Astérix y Obélix (Podemos e IU) todos echan la culpa a Panoramix (El Psoe) del desastre y alegan que el druida se durmió y no preparó “la poción mágica” a tiempo. Miquel Iceta, más transversal que el eje terráqueo, se lo toma con filosofía y baila un tango con Pedro Sánchez.

En el exilio, Aníbal (Puigdemont) se lamenta de haber perdido casi todos los elefantes en Los Alpes. Europa, que sólo hace lo que la ordenan los mercados, dejó de ser -desde tiempos ha- aquella princesa idealista que fue raptada por Zeus. Aquella ninfa que a lomos del toro blanco sobrevoló el vinoso ponto, ese mar que ahora está rojo por tanta sangre de refugiados.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano porque este año nos va a tocar a todos La Lotería de Navidad. Nos vemos en El Caribe tomando champagne y pidiendo autógrafos a Donal Trump.

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