Por Javier Cortines

Sócrates, conocido en su época como el más sabio de todos los hombres, decía que en cualquier sociedad los buenos y los malos son minoría, y que la mayoría nos encontramos en un punto intermedio. Tal vez tenía razón y el grueso de los ciudadanos se beneficia del contacto con“los “ángeles” y sufre las consecuencias de las acciones de “los endemoniados”.

El terrorismo yihadista en Europa no es un fenómeno que surgió por generación espontánea, ni cuando seres diabólicos cruzaron el Mediterráneo, cual pollos sin cabeza, para destruir al grito de “Alá Akbar” (Dios es el más grande), a los infieles, a los adoradores de Satán.

Europa y su amigo Ares (EEUU y Cia) plantaron los huevos de la serpiente en el mundo islámico durante y después de las colonizaciones que abrieron las venas de los pueblos sometidos. Esos embriones fueron incubados en salas de torturas y al calor de las guerras, casi siempre desatadas por intereses económicos o razones de dominio geoestratégico.

¡Basta de esgrimir la falacia de que todas las religiones vienen con un mensaje de paz y amor en la Tierra! El Dios de los Hunos y los Otros siempre se ha impuesto a los pueblos conquistados, a golpe de espadas y lavados de cerebro, regando con sangre los hogares de los insumisos.

Mientras ignoremos las causas de lo que nos ocurre, seremos incapaces de ir a la raíz del problema y buscar soluciones realistas que curen las heridas y los odios, latentes o patentes, a ambos lados del Mediterráneo. Europa, la de grandes ojos, ha estado ciega durante mucho tiempo y ha actuado en base a la prepotencia que justifica las acciones del más fuerte.

Al final, todo acaba en manos de los obispos y en oraciones al cielo de papel. El homenaje a las víctimas de los atentados de Barcelona, realizado con purpurina en la Sagrada Familia, no nos hace mejore ni más sabios, por mucho que digamos “no tenemos miedo” con los calzoncillos mojados.

Los buenos y los malos son minoría; el resto, grupo en el que me incluyo, estamos en el punto intermedio. Es duro reconocer que somos culpables -también inocentes-, por haber permitido ejecutar a nuestros gobernantes políticas desastrosas, incluyendo guerras basadas en mentiras, en las tierras donde nació la civilización hace 10.000 años.

Y vuelve a Cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para pedir reflexión, honda reflexión. Ahora, cuando todo está podrido, no nos queda más remedio que destruir al enemigo que creamos con nuestras propias manos. Luego, habrá que hallar políticas que dignifiquen a la raza humana, incluyendo puentes entre Oriente y Occidente.

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