Por Javier Cortines
Uno de mis maestros a quien llamaban Taras Bulba debido a su estructura física y a su resplandeciente calva, me dijo -antes de ir a trabajar a un remoto país- “disciplínate”. Me encantó su consejo porque no me lo dio de forma mecánica, sino con cariño y con ganas de ayudarme por si acaso me encontraba con algún tiburón en los momentos adversos.

Luego, me llamó otro sabio y me comunicó dos cosas, que ahora me parecen de Perogrullo, pero que en aquel entonces supusieron para mí una gran revelación: “Establece prioridades” y “No tires la toalla”.

Cuando trataba de descifrar “el significado hermenéutico” de aquellos mensajes, me encontré con un señor que me recordaba a El Caballero de la Triste Figura, (en alusión a El Quijote) que, antes de desaparecer en una esquina, me susurró: “El que la sigue, la consigue”.

Con aquella filosofía, que podría ser el resumen de un libro de autoayuda, viajé y di varias vueltas al mundo. Cuando las fuerzas me flaqueaban sacaba la hoja en la que había engastado “aquellas pepitas de oro”. En aquel “pergamino”, que era como la esencia de mi Tao Te King, refrescaba mis recuerdos leyendo en la pirámide invertida que había dibujado.

En la parte de arriba había subrayado “establece prioridades” y en la parte de abajo, la que termina en pico, lo que merecía poca o ninguna atención.

En el segundo escalón estaba “disciplínate”. Para avanzar en esa tarea es necesario el ejercicio físico y mental. Este escriba aprendió un poco de kárate en Japón, un poco de taekwondo en Corea, un poco de yoga en Madrid y mucho Tai Chi (tanto curativo como defensivo) en el Instituto de Artes Marciales de Pekín.

En el tercer peldaño estaba “No tires la toalla”. Reconozco que a veces, cuando estaba harto del “enemigo” tanto interior como exterior, estuve a un tris de arrojarlo todo por la borda, marcharme a una montaña y mandar a la mierda al bípedo implume.

En el cuatro nivel subrayé “El que la sigue la consigue”. Una vez que el ser humano logra dominar “al mono de la mente” y “al caballo de la voluntad” (lo que recomiendan los taoístas) todo te resulta más fácil, y ves que los gigantes no son más altos que tú.

Y, si todo eso no vale para nada, siempre nos quedará el bellísimo y agridulce poema de Cavafis, “Ítaca”, que dice así:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que tu camino sea largo
lleno de aventuras, lleno de experiencias (…)
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues, con placer y alegría,
a puertos nunca vistos antes (…)

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Más no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabia como has vuelto, con tanta experiencia,
¿Comprendes ya, qué significan las Ítacas?

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano que sigue navegando rumbo a Ítaca y no hace caso a los tambores que nos ordenan a todas horas ir siempre más deprisa.

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