Texto: Ana Barba

Ilustración: ElKoko

Cuando se es internacionalista y a la vez se considera irrenunciable el derecho soberano de las gentes a decidir su futuro, se contemplan con cierta melancolía los sucesos que están teniendo lugar en Cataluña en torno al Refèrendum de Independencia. Por un lado se siente un hermanamiento con quienes luchan por su soberanía y por otro lado aparece un gran escepticismo al valorar la posición de la derecha catalana, tan capitalista, extractiva y corrupta como la que más. Se admite que, para que un proceso de autodeterminación tenga futuro, debe contar con la participación, o la aquiescencia al menos, de la inmensa mayoría de la sociedad a la que atañe. Sin embargo, cuando se mezclan capitalistas, anticapitalistas y una gran masa social que se mueve en distintos grados de indefinición política, el resultado del proceso soberanista puede parecer, cuanto menos, incierto. La pregunta es de qué servirá tanta lucha si al final el resultado es una nueva versión capitalista y explotadora de lo que ahora tenemos en el Estado Central.

Ilustración de ElKoko

En ese panorama tan mustio estábamos hasta que esta semana, a 10 días del 1-O, el PP, tan torpe interpretando situaciones políticas complejas, ha venido en apoyo del Procès. Todo hubiera seguido más o menos anodino de no ser por la respuesta autoritaria del Gobierno ante lo que ellos califican como “desafío” soberanista. Registros, incautaciones, cierres de medios y redes, imputaciones y por último detenciones y destituciones, no han hecho sino alimentar la llama independentista y echar a la calle a gentes que hasta este momento apenas participaban o estaban al margen del 1-O. La sociedad catalana en masa ha salido en defensa de su soberanía y de quienes capitanean el Procès. Es tal la respuesta que hay quien la califica de “15M Indepe”, por lo que se ve con bastante razón. La gente ha perdido la indiferencia y se rebela en masa contra las fuerzas del orden, han perdido el miedo y el respeto a las armas y los uniformes. Se mezclan abuelos, gente de mediana edad y jovencitos, trabajadores y estudiantes en acampadas y sentadas, en manifestaciones y concentraciones. Se empapelan las oficinas con carteles del “Si” y se abandona el trabajo para ir a manifestarse, se suspenden las clases en los colegios, se da permiso a los empleados para ausentarse, se toman plazas y centros públicos, se rodean sedes de fuerzas policiales y se defienden locales independentistas con el furor que proporciona la lucha contra la injusticia.

Este proceso vivido en Cataluña no puede pararse obrando como si se tratara de un territorio ocupado, usando la fuerza y los legalismos, ahogando sus instituciones y pisoteando sus derechos. Aunque se gane esta batalla por parte del sector españolista del Estado, la guerra está virtualmente perdida por los unicistas, al menos en Cataluña. Sería interesante que en el resto del Estado se desarrollaran las fuerzas latentes que aplauden la insumisión en Cataluña, quienes lo ven como una nueva ventana de oportunidad para acabar con el R-78 y el inicio de una República Federal.

A estas alturas ya da igual si se celebra o no el Referéndum, da igual el resultado y da igual la presunta legalidad o ilegalidad del proceso. El autoritarismo miope del Gobierno y sus socios de Ciudadanos han encendido una llama que ha provocado un incendio de enorme potencia. Aunque las fuerzas del orden enviadas por el Estado Central y los jueces mandatados por la derecha y el españolismo más rancios consigan impedir que se celebre el 1-O, ya nada será igual tras esta semana de septiembre. El verdadero Procès ha ganado estos días, no se necesita votar para demostrar que la gente en Cataluña ha dicho “prou”. A todos los efectos, Cataluña ha dejado de ser España el 20-S.

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