Por P. Plaza

El pasado lunes se conocía la detención de seis jóvenes por una presunta paliza a un solicitante de asilo de origen kurdo-iraní en Londres. La víctima, de 17 años, lucha por salvar su vida tras el brutal atropello. Esta es la última hora del racismo en Gran Bretaña, pero desde que se dijese ‘sí’ a la salida de la UE, los delitos de odio de esta índole no han cesado en su aumento. No se equivocan, pues, aquellos que dicen que el Brexit ha sacado a relucir la xenofobia subyacente en la sociedad.

Boris Johnson fue alcalde de Londres hasta 2016 y defendió el brexit desde una postura islamófoba y racista. Desde el triunfo del brexit, es ministro de Asuntos Exteriores en Gran Bretaña.

No obstante, esta nunca permaneció oculta. Desde hace muchos años, son numerosos los casos conocidos en los que un autóctono se dirigía, con tono intolerante, hacia un extranjero con perlas como “regresad a España” o “quemad al bastardo”. Durante las últimas décadas, uno de los objetivos más susceptibles de ser increpados ha sido el colectivo hispanohablante.

Ahora, la mira de la intolerancia ha ensanchado su campo. Ya no es “el latino”, ahora es “el moro”. Y es que la sociedad britana no es imperturbable ante el confuso y complejo contexto internacional que vive Occidente y, en concreto, Europa. Las oleadas de refugiados procedentes de Oriente Próximo, unido a la llegada de inmigrantes procedentes África y Europa del Este han causado estragos en el ideario colectivo. No ellas de por sí, sino la imagen y el discurso público que ha aflorado a raíz de ellas.

En los mítines a favor del Brexit, la infatigable consigna con la que se presentaba la ultraderecha apuntaba directamente al inmigrante como agente causante de las desgracias del país. Por ello, los media de todo el mundo identificaron la legítima voluntad de abandonar la Unión con el racismo. Sin embargo, es tan solo un ejemplo de la falacia del consecuente: todos (o la mayoría) de racistas apoyaron la salida; pero no todos los que apoyaron la salida lo hicieron bajo principios racistas. La izquierda votó junto con la ultraderecha, pero por razones radicalmente distintas, como la deriva neoliberal que el país estaba viéndose obligado a aceptar.

En Europa, es imposible negar que la reacción de la Unión Europea ante la crisis humanitaria ha sido pasiva, insuficiente, insolidaria, denigrante. En este sentido, gran parte de la culpa del resurgimiento de la intolerancia en toda Europa reside en la UE. No solo por darle la espalda a millones de personas que huyen de la guerra, sino por permitir el exacerbamiento de los movimientos defensores de premisas xenófobas y, por extensión, racistas.

La UE firmó con Turquía un tratado por el cual este estado contendría los refugiados en campos, aún sabiendo que allí no se cumplían los derechos humanos.

Hace unos meses se difundía como durante los últimos tiempos, la intolerancia se había expandido a lo largo del viejo continente. ¡Qué burdo eufemismo! Se querían referir, sin querer hacer alusión explícita a ello, al renacimiento de la xenofobia nacionalista. Esta perversión del lenguaje, voluntaria o involuntaria, nos inducía a obviar la responsabilidad que existe tras este proceso. ¡Cómo si los racistas brotaran a la sombra de los Alpes, en las orillas del Rin o a lo largo de la vasta llanura europea! No, no es así.

Además de factores externos que pueden explicar esto, como la crisis económica que asola el continente, existen otros más determinantes si cabe: una clase política neoliberal. Y, por desgracia, el neoliberalismo solo entiende al extranjero como un instrumento más para hacer caja. Ya sea como consumidor o como trabajador. Así, el pragmatismo con el que se trata la inmigración, ya racista de por sí, acaba mudando en violenta intolerancia cuando el contexto económico no es favorable.

De este modo, el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia se ha convertido en la segunda fuerza política del país de cara a las presidenciales que tendrán lugar este mes. La mayoría de las encuestas lo sitúan en una posición inquietante, pudiendo competir la presidencia, en segunda vuelta, con Macron (el Rivera francés). De esta forma, parece que, como en Estados Unidos, la jefatura del estado recaerá en el “mal” o en el “peor”.

Misma situación se dio en las generales de Holanda hace menos de un mes. El partido neoliberal del hombre que ya era Primer Ministro, Mark Rutte, venció con 33 de los 150 diputados que conforman la Cámara Baja. En segunda posición, el homólogo holandés de Le Pen, Geert Wilders, que obtuvo 20 escaños. La izquierda, como en toda Europa, a por uvas. Los socialdemócratas vivieron el mayor batacazo de su historia y perdieron 28 escaños (de 38 a 10). Estos resultados serían momentáneamente tranquilizadores de no ser porque Rutte, para captar votos, adoptó durante el período electoral arengas nacionalistas, racistas y antimusulmanas. Menos mal que tendrá que pactar.

El partido racista de Geert Wilders quedó segundo en las elecciones generales holandesas.

Análogamente, movimientos de esta calaña y de calado creciente están resurgiendo también en Austria, Italia, Suecia, Finlandia, BélgicaAlemania, o Grecia. Concretamente en este último, el movimiento Amanecer Dorado viene pisando fuerte desde hace cinco años.

Ante tal situación, la izquierda está profundamente perdida. Como en muchos otros asuntos, como en los derechos laborales o en las libertades públicas, la izquierda ha dejado el timón, por acción u omisión, en manos del capital. No podemos seguir permitiendo el recrudecimiento de la xenofobia. La izquierda debe encabezar la defensa de los derechos de los inmigrantes y demandantes de asilo. De otra forma, lo harán otros, como lo han hecho hasta ahora. ¡Y vean cómo nos ha ido y cómo nos puede ir! Xenófobos.

Deja un comentario