Galileo Galilei fue un astrónomo, ingeniero, filósofo, matemático​ y físico italiano, relacionado estrechamente con la revolución científica, que nació un 15 de febrero de 1564. Mostró interés por casi todas las ciencias y artes (música, literatura, pintura). Sus logros incluyen la mejora del telescopio, gran variedad de observaciones astronómicas, la primera ley del movimiento y un apoyo determinante a la «Revolución de Copérnico», lo que le costaría su encarcalación.

Durante los primeros años del siglo XVII, Galilei propugnó abiertamente la teoría del movimiento de la Tierra elaborada en el libro de Nicolás Copérnico Sobre las revoluciones de las esferas celestes (1543). A consecuencia de ello fue perseguido, juzgado y condenado por la Iglesia católica. Pasó los últimos nueve años de su vida bajo arresto domiciliario en su casa a las afueras de Florencia. Pero ¿fue realmente encarcelado y torturado como afirman los autores arriba citados, y otros muchos?

Galileo no empezó a propugnar el copernicanismo hasta 1609. Antes, estaba ya al corriente de la obra de Copérnico y valoraba el hecho de que contuviese un argumento nuevo y significativo sobre el movimiento de la Tierra. Galileo había estado trabajando en una nueva teoría del movimiento y había intuido que la teoría copernicana encajaba mejor con la nueva física que la teoría geoestática. Pero aún no había publicado o articulado esta intuición. Además, era consciente de las muchas pruebas existentes contra el copernicanismo procedentes de la experiencia sensorial directa, de la observación astronómica, de la física tradicional y de varios pasajes bíblicos. En consecuencia, juzgaba que los argumentos anticopernicanos superaban de mucho los procopernicanos.

En 1609, sin embargo, perfeccionó un instrumento recién inventado, el telescopio, y durante los años que siguieron hizo una serie de impresionantes descubrimientos con este nuevo instrumento: montañas en la Luna, innumerables estrellas además de las visibles a simple vista, densos cúmulos estelares y nebulosas en la Vía Láctea, cuatro satélites en torno a Júpiter, las fases de Venus, y las manchas del Sol. Describió todos estos fenómenos en Sidereus Nuncius [El mensajero sideral, 1610] y en Cartas sobre las manchas solares (1613).

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A medida que Galileo empezó a mostrar que la nueva evidencia que aportaba el telescopio convertía al copernicanismo en un serio aspirante a la verdad física, fue siendo cada vez más atacado por filósofos y clérigos conservadores. Estos le acusaban de hereje porque creía que la Tierra se movía, y el movimiento de la Tierra contradecía lo que se exponía en las Escrituras. Galileo pensó que no podía permanecer callado y decidió refutar los argumentos bíblicos en contra del copernicanismo. Formuló su crítica en forma de unas largas cartas privadas que envió en diciembre de 1613 a su discípulo Benedetto Castelli y en la primavera de 1615 a la gran duquesa viuda Cristina.

La carta de Galileo a Castelli provocó aún más a los conservadores, y en febrero de 1615 un fraile dominico presentó una queja formal contra Galileo ante la Inquisición en Roma. La investigación resultante duró aproximadamente un año. El propio Galileo no fue convocado a Roma, en parte porque el testigo clave le exoneró, en parte porque sus cartas no habían sido publicadas, y en parte porque sus publicaciones no contenían ni una afirmación categórica a favor del copernicanismo ni una negación de la autoridad científica de las Escrituras.

En diciembre de 1615, sin embargo, Galileo fue a Roma por propia decisión a defender la teoría copernicana. Pese a vencer en el plano de los argumentos intelectuales, sus esfuerzos prácticos fueron vanos. En febrero de 1616, el cardenal Roberto Bellarmino (en nombre de la Inquisición) le hizo a Galileo una advertencia en privado prohibiéndole sostener o defender el punto de vista de que la Tierra se movía. Galileo decidió acatarla. En marzo de aquel mismo año, el Índice de Libros Prohibidos (el departamento encargado de la censura de los libros) publicó un decreto, sin mencionar a Galileo, en el que se declaraba que el movimiento de la Tierra era físicamente imposible y que contradecía lo que se afirmaba en las Sagradas Escrituras, y en el que se condenaba hasta que fuese revisado el libro de Copérnico.

Hasta 1623, año en que el cardenal Maffeo Barberini se convirtió en el papa Urbano VIII, Galileo mantuvo silencio respecto al tema objeto de la prohibición. Pero como Barberini era un viejo admirador suyo, Galileo se sintió con libertad para escribir un libro que defendiese indirectamente y de un modo implícito el copernicanismo. Escribió, pues, un diálogo en el que tres personajes discuten sobre aspectos cosmológicos, astronómicos, físicos y filosóficos del copernicanismo, evitando los de tipo bíblico o teológico. Publicado en 1632, este Diálogo mostraba que los argumentos a favor del movimiento de la Tierra eran más poderosos que los que sostenían el punto de vista geoestático. Galileo consideraba al parecer que el libro no «sostenía» la teoría del movimiento de la Tierra porque no afirmaba que los argumentos a favor de ella fuesen conclusivos; no estaba «defendiendo» la teoría porque el libro era un examen crítico de los argumentos de ambos bandos.

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Pero los enemigos de Galileo se quejaron de que el libro sí defendía el movimiento de la Tierra y que contravenía por ello la advertencia de Bellarmino y el decreto del Índice. Se formuló un nuevo cargo: el libro violaba un mandamiento especial que se le había hecho a Galileo en 1616 prohibiéndole discutir la idea del movimiento de la Tierra en cualquiera de sus formas. El do­cumento acababa de ser descubierto en los archivos del caso precedente, por lo que esta vez fue convocado a Roma para ser sometido a un juicio cuyas deliberaciones empezaron en abril de 1633.

En la primera vista del caso Galileo admitió haber recibido de Bellarmino una advertencia acerca de que no podía sostener o defender el movimiento de la Tierra, pero negó haber recibido explícitamente la orden de no discutir el tema de ninguna forma. En su defensa presentó un certificado que había obtenido de Bellarmino en 1616 en el que se mencionaba solamente la prohibición de sostener o defender la teoría. Galileo también declaró que el Diálogo no defendía el movimiento de la Tierra sino que simplemente mostraba que los argumentos favorables no eran conclusivos, con lo que consideraba no haber contravenido la advertencia de Bellarmino.

A la luz del certificado de Bellarmino y de diversas irregularidades relativas al mandato especial, los funcionarios de la Inquisición intentaron llegar a un acuerdo extrajudicial: prometieron retirar el cargo más grave (violación del mandato especial) si Galileo se confesaba culpable de un cargo menor (transgresión de la advertencia de no defender el copernicanismo). Galileo aceptó el trato, y así, en las vistas subsiguientes del juicio (celebradas el 30 de abril y el 10 de mayo) admitió que el libro había sido escrito de una forma que podía dar la impresión a los lectores de que se estaba defendiendo el movimiento de la Tierra. Sin embargo, negaba que esta hubiese sido su intención y atribuía su error al engreimiento.

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El juicio terminó el 22 de junio de 1633, con una sentencia más dura de la que Galileo había sido llevado a esperar. El veredicto le encontraba culpable de una categoría de herejía intermedia entre la más grave y la menos grave, calificada de «vehemente sospecha de herejía». Las creencias consideradas inaceptables eran la tesis astronómica de que la Tierra se mueve y el principio metodológico de que la Biblia no es una autoridad científica. Se vio obligado a recitar una humillante «abjuración» retractándose de sus creencias. Pero el Diálogo fue prohibido.

El prolijo documento de la sentencia también relataba los procedimientos iniciados en 1613, resumía los cargos de 1633 y hacía constar la defensa y la confesión de Galileo. Proporcionaba además otros dos detalles sumamente importantes. El primero describía un interrogatorio: «Porque creemos que no habéis dicho toda la verdad acerca de vuestras intenciones, consideramos necesario proceder contra vos mediante un riguroso examen. Aquí contestasteis de una forma católica, aunque sin prejuzgar las cosas arriba mencionadas confesadas por vos y deducidas en contra de vos acerca de vuestras intenciones». El segundo le imponía un castigo adicional: «Os condenamos a una pena de reclusión formal a discreción de este Santo Oficio».

El texto de la sentencia de la Inquisición y el de la abjuración de Galileo fueron los únicos documentos del juicio que se publicaron entonces. La Inquisición mandó copias a todos los inquisidores y nuncios papales provinciales, con el encargo de difundir aquella información. De este modo, la noticia de la suerte corrida por Galileo circuló ampliamente en forma de libros, revistas y panfletos. Esta publicidad sin precedentes fue el resultado de las órdenes expresas del papa Urbano, que quería que el caso Galileo sirviese de aviso a todos los católicos y que pretendía de este modo reafirmar su propia imagen como defensor intransigente de la fe.

La cláusula sobre la reclusión en la sentencia estipulaba claramente que Galileo tenía que ser recluido en una cárcel del edificio de la Inquisición en Roma por un período indefinido cuya duración se dejaba al arbitrio de las autoridades. Todos los lectores de la sentencia dieron naturalmente por supuesto que la Inquisición había llevado a cabo la sentencia impuesta.

Aunque la sentencia no utilizaba la palabra tortura, sí hablaba de «un examen riguroso», un término técnico que implicaba tortura. Además, el pasaje explicaba el motivo por el que los jueces habían decidido someter a Galileo a un riguroso examen: después de los varios interrogatorios que le habían hecho, incluido el de su confesión (de haber defendido el copernicanismo), seguían teniendo dudas acerca de si su transgresión había sido intencionada (aumentando de este modo la gravedad de su delito) o involuntaria (como declaraba). En la práctica de la Inquisición (y también en la de los tribunales laicos) tales dudas justificaban la administración de la tortura (para resolverlas). El pasaje citado informaba a los lectores de que Galileo había pasado el «examen riguroso» al afirmar que había contestado «de una forma católica». Es decir, Galileo había contestado como un buen católico, alguien que no haría voluntariamente algo que la Iglesia había prohibido. Finalmente, el pasaje clarificaba, una vez más de acuerdo con la práctica inquisitorial, que la negativa de Galileo de albergar intenciones maliciosas (sus «respuestas católicas») no debilitaban las pruebas incriminatorias procedentes de su confesión y de otras fuentes (por ejemplo, las opiniones del Diálogo escritas por tres especialistas). Los lectores de la sentencia que estaban familiarizados con la terminología y la práctica legal llegaron lógicamente a la conclusión de que Galileo había sufrido tortura a manos de sus inquisidores.

La impresión de que Galileo había sido encarcelado y torturado siguió pareciendo plausible mientras la evidencia principal acerca del juicio de Galileo fue la procedente de estos documentos, la sentencia y la abjuración. La cosa quedó así hasta que -tras más de 150 años de existencia de la tesis del encarcelamiento, y más de 250 años de la tesis de la tortura- salieron a la luz una serie de documentos relevantes en el sentido de que Galileo no había sufrido ni una cosa ni otra.

La nueva información acerca del encarcelamiento procede de una serie de cartas de 1633, principalmente las del embajador toscano en Roma (Francesco Niccolini) al secretario de estado toscano en Florencia, y secundariamente de la correspondencia de estos con el propio Galileo. Los funcionarios toscanos estaban es-pecialmente interesados en el caso de Galileo porque este ocupaba el cargo de primer matemático y filósofo del gran duque de Toscana, porque le había dedicado el libro a él, y porque le había pedido -y conseguido- su ayuda para publicar el libro en Floren-cia. Por ello el gobierno toscano consideraba el juicio como un asunto de estado, con Niccolini discutiendo constantemente la situación directamente con el papa en las reuniones que celebraba con él regularmente y enviando informes de las mismas a Florencia. Además, Galileo estaba en muy buenas relaciones con Niccolini y su esposa.

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La correspondencia de 1633, que apareció en 1774-1775, muestra que Galileo, respondiendo a la llamada de la Inquisición, salió de Florencia el 20 de enero y llegó a Roma el 13 de febrero. La Inquisición le permitió alojarse en la embajada toscana (que era también el lugar donde residía Niccolini) a condición de que permaneciese allí recluido hasta el comienzo del juicio. El 12 de abril Galileo acudió al edificio de la Inquisición para el primer interrogatorio. Permaneció allí durante dieciocho días más siendo sometido a otros varios interrogatorios, pero estuvo alojado en unos aposentos de seis habitaciones puestos a su disposición por el acusador, juntamente con un criado que le llevaba la comida dos veces al día desde la embajada toscana. El 30 de abril, una vez registrada y firmada su segunda declaración, Galileo regresó a la embajada y estuvo allí cincuenta y un días, con una sola interrupción el 10 de mayo para una tercera declaración en el palacio de la Inquisición. El lunes 20 de junio fue convocado para que al día siguiente se presentase ante el tribunal. El martes fue sometido al «examen riguroso» y permaneció en el palacio de la Inquisición hasta la tarde del 24 de junio. No está claro si fue llevado a una celda o se le permitió seguir en los aposentos del acusador. El 22 de junio fue al convento de Santa Maria sopra Minerva para escuchar la sentencia y hacer la abjuración. Dos días más tarde se trasladó desde el palacio de la Inquisición a la Villa Medici en Roma, un suntuoso palacio propiedad del gran duque de Toscana. El 30 de junio el papa le concedió permiso para viajar a Siena, donde viviría bajo arresto domiciliario en la residencia del arzobispo, un buen amigo de Galileo. Vivió en esta residencia durante cinco meses. En diciembre de 1633 regresó a su propia casa en Arcetri, cerca de Florencia, donde permaneció bajo arresto domiciliario hasta su muerte en 1642, exceptuando un breve período en 1638 durante el cual vivió dentro de los límites de la ciudad florentina.

Con la posible excepción de tres días (del 21 al 24 de junio de 1633), Galileo nunca estuvo en la cárcel, ni durante el juicio (como era costumbre entonces) ni después (una vez pronunciada la sentencia). Incluso durante estos tres días probablemente vivió en los aposentos del acusador, no en una celda. La explicación de este tratamiento desacostumbradamente benigno no está del todo cla­ra pero incluye los siguientes factores: la protección de los Medici, el hecho de que Galileo fuese una celebridad y la actitud de amo­r­-o­dio del papa Urbano, un antiguo admirador.

La evidencia a favor del hecho de que Galileo no fuera encarcelado no nos dice nada respecto a si pudo evitar ser torturado. La respuesta a esta pregunta tuvo que esperar hasta que las actas del juicio fueron publicadas y asimiladas a finales del siglo XIX.7 Dos documentos fueron cruciales en este sentido.8 El primero son las actas de la reunión de la Inquisición del 16 de junio de 1633 presidida por el papa. Después de emitirse varios informes y opiniones y de una considerable discusión,

Su Santidad decidió que el propio Galileo tenía que ser interrogado, incluso bajo amenaza de tortura; y que si se resistía después de una vehemente abjuración en una reunión plenaria del Santo Oficio tenía que ser condenado a prisión a discreción de la Santa Congregación, y que tenía que ser conminado a no tratar en el futuro de ninguna forma (ni por escrito ni oralmente) del movimiento de la Tierra o de la estabilidad del Sol, ni de su contrario, so pena de reincidencia; y que el libro escrito por él y titulado Dialogo di Galileo Galilei Linceo tenía que ser prohibido.

Fuente: Maurice Finocchiaro, El Viejo Topo, Rebelion.org, Mathshistory.St-andrews, A Short History of Science to the Nineteenth Century