53Shares

El lenguaje políticamente correcto es la excusa que utilizan los cobardes para no decir lo  que piensan.

J.C.

Por Javier Cortines
Cuando el Rey Midas preguntó a Sileno, el preceptor y padre adoptivo de Dionisio, ¿Qué es lo mejor que le puede ocurrir al hombre en esta vida? el sátiro, considerado el ser más sabio de todos los tiempos, le contestó: “Lo mejor que le puede ocurrir al hombre es no haber nacido, y si eso no es posible, morir pronto”.

El maestro del dios del vino, que siempre estaba alegre, ensombreció a todos con esa contundente respuesta. Él no quería mentir a su anfitrión y a su corte, pues su apego al ideal griego de la parresia (decir lo que se piensa, hablar con franqueza, independientemente de las consecuencias) le obligaba a ser honesto, aunque estuviese borracho como una cuba.

El pesimismo de Sileno, que contrasta con su aparente felicidad, nos recuerda a otro hombre inmensamente feliz, al príncipe Siddarta Gautama (Buda), quien tras abandonar su palacio de Kapilavastu (capital del Reino de los Sakyias, actual Nepal) predicó en los bosques que el ser humano está marcado por el sufrimiento: “el nacer es sufrimiento; la enfermedad es sufrimiento; la vejez es sufrimiento y la muerte es sufrimiento” decía.

El Sakyamuni, no obstante, nos habla de cómo superar ese dolor a través del desapego a todo lo material. Eso nos convertiría en Budas, en seres iluminados, algo que se asemejaría a la idea que tenemos de los dioses. Algo que sería la otra cara del super hombre de Nietzsche.

El hombre y la mujer, una vez arrojados al mundo sin super poderes, deben enfrentarse a las amenazas del entorno, que pueden ser “insignificantes” o “gigantes”, lo que depende de cómo caen los dados que lanzan los dioses desde el Cielo. Ellos no se preocupan de repartir los dones: la gracia, la belleza, la inteligencia, la fuerza etc., por igual. Aman el azar.

Los que al nacer se sienten amados y protegidos, y viven en un entorno que propicia el desarrollo de su cuasi infinita potencialidad, crecerán con una gran confianza en sí mismos y su meta será el éxito, pues ya en la cuna sus progenitores o padrinos le ponen “esa perla” en la palma de la mano.

Los pobres, los futuros esclavos, (siempre hay excepciones) son la cantera, la carne de cañón de todas las batallas que libra el ser humano en los lúgubres y lóbregos mercados, cuya Carta Magna, su Ley Transversal, siempre obedece al adagio del palo y la zanahoria.

En conclusión ¿Qué podemos hacer para invertir el orden de las cosas? Quizás la respuesta sea: una revolución global del espíritu destinada a romper todas las cadenas, mentales y físicas, que atan y matan a una gran parte de hombres y mujeres que fueron empujados  bajo las ruedas de este planeta de destino incierto.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para decir a los extraterrestres que vengan ya, de una vez por todas, y nos enseñen cómo descifrar “esa cosa” que todos intuimos pero que no acabamos de captar. Que nos digan cuál es esa tecla que todavía no hemos tocado y que, el día que lo hagamos, escucharemos la melodía universal en la que todo encaja y abre la mente con una explosión de luz.

53Shares

Deja un comentario