Virginia García

Este 8 de Marzo, a través de la huelga feminista, las mujeres hemos conseguido la visibilidad que se nos ha estado negando durante años.

En un solo día los informativos emitieron más noticias sobre mujeres que el resto del año

Me emocionó especialmente el testimonio de una mujer mayor que reclamaba que la jubilación era un derecho que se le negaba a las mujeres, puesto que, aunque dejaban de trabajar por cuenta ajena seguían teniendo el mismo trabajo en la casas n cobrar y sin la colaboración de sus maridos. Ellas asumen todo el trabajo como llevan haciendo toda la vida y sin un solo agradecimiento cuando ponen el plato en la mesa.

¡Toda una vida trabajando, criando niños y cocinando sin haber escuchado siquiera una palabra de agradecimiento de su marido!

Me pregunto cuántas veces se habrá sentido sola, infravalorada y con deseos de abandonarlo todo y a todos, para ser libre.

Me pregunto cuantas veces se habrá sentido así mi madre. Criando tres hijos, lavando, planchando, cocinando y trabajando fuera de casa. Explotada fuera y dentro del hogar. Sin reconocimiento alguno y sin palabras de agradecimiento.

¿Cuántas veces habrá querido irse y dejarnos para sentirse libre?

Pero no lo hizo. No lo hizo mi madre y no lo hicieron el resto de mujeres educadas para aguantar y soportar toda la vida las cargas familiares, ellas solas y sin agradecimientos. Al fin y al cabo, para eso nacieron mujeres, ¡Para servir! Y para aceptar su destino sin quejas o tal vez, como mi madre, en llantos silenciosos que nadie escuchaba excepto yo mientras mis hermanos dormían y mi padre alternaba con otros hombres como él que también dejaban a sus compañeras de vida en casa criando, lavando, planchando y cocinando.

Mientras la escuchaba llorar, o tocar su guitarra mientras ahogaba su llanto en melancólicos fados, fui consciente de que la vida de las mujeres era muy dura e injusta y me hice el firme propósito de no vivir la vida de mi madre cuando fuese mayor.

Y no lo hice.

No es de extrañar que tantas mujeres se hayan organizado y liderado una huelga feminista cansadas de una sociedad que nos educa para servir, para vivir para otros sin que importen demasiado los sueños y aspiraciones que nosotras tengamos, como tampoco extrañó la agresiva respuesta machista que, como siempre, no se hizo esperar.

El patriarcado se puso nervioso y nos enseñó sus dientes afilados. Hemos sido objeto de burlas e insultos los días previos a la huelga y de auténticos ataques machistas los días posteriores en los que se ha llegado incluso a utilizar la terrible muerte de un niño para derrochar misoginia y tratar de desvirtuar la lucha feminista.

Nos acusan de denunciar una desigualdad irreal que pertenece al pasado. A los tiempos de mi madre. Y es curioso, porque yo veo en estos tiempos como las compañeras de vida de mis dos hermanos siguen ocupándose de la casa y de la crianza ellas solas, al mismo tiempo que también trabajan fuera de casa mientras mis hermanos argumentan que la desigualdad en España ya no existe.

¿Cómo no va a existir si todos los órganos de poder son patriarcales,? El patriarcado se aferra a su poder y privilegios. No importa que las mujeres seamos la mitad de la población. Si el sistema se ha erigido de tal forma que ni se nos ve ni se nos espera porque desde la prehistoria se nos han atribuido roles muy alejados de la organización y de la toma de decisiones. Quedarnos en casa y parir hijos, o dedicarnos a la oración en conventos fueron nuestras únicas opciones durante siglos.

Hemos luchado mucho y en consecuencia conseguido grandes avances. A día de hoy decidimos si queremos estudiar y trabajar, si queremos casarnos o si queremos tener hijos. Esta es la respuesta patriarcal cada vez que las mujeres tratamos de reclamar nuestros derechos. No es de extrañar que las clases privilegiadas y el sexo privilegiado no estén dispuestos a perder todos esos privilegios que disfrutan. Lo que sí es extraño es que las mujeres, especialmente las mujeres que no pertenecemos a las clases privilegiadas, aceptemos ese discurso. O quizás no es tan extraño si tenemos en cuenta que en los órganos de poder, en los órganos de decisión, las mujeres somos clara minoría y en muchas ocasiones  una minoría simplemente decorativa. Y sobre todo no es de extrañar, si tenemos en cuenta que no hay poder mayor que el que crea opinión,el que forma ideologías y conciencia y el que consigue que todo un pueblo acepte el destino que les interesa a los privilegiados.

Los medios de comunicación.

Según datos de la ONU mujeres actualizados a Marzo de 2018, las mujeres ocupamos únicamente el 27% de los puestos de alta dirección en los medios de comunicación. En consecuencia, apenas leemos y escuchamos historias de mujeres así como apenas se nos ofrece información sobre la desigualdad de la mujer en el mundo.

Las mujeres seguimos siendo invisibles y nos invisibilizan para que sigamos pensando que somos menos importantes que los hombres y que no seamos conscientes de nuestra propia desigualdad o al menos la aceptemos sin cuestionarla.

Este 8 de Marzo nos hemos hecho visibles y hemos demostrado que cada vez somos más críticas y conscientes de nuestra situación. Ahora nos temen, y cuanto más nos temen más y con más fuerza nos atacan.

Si dentro de veinte años no me encuentro a mi misma observando a mis sobrinas preguntándome cómo y por qué soportan una vida de servidumbre y si dentro de veinte años me encuentro a mis sobrinos tratando a las mujeres como iguales, podré mirar atrás, sonreír, perdonar y sentir la paz que se nos está negando hoy.

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