Alexandre Bóveda Iglesias nació en Ourense el día 17 de junio de 1903. Estudió francés, contabilidad y peritaje mercantil en A Coruña. Opositó en Madrid para jefe de Hacienda. Fue brillante y alcanzó el número uno. Calvo Sotelo le ofreció un puesto en el Comité de Intervención de Cambios, pero Bóveda no aceptó el puesto y decidió regresar a Galicia.

Alexandre Bóveda, con miembros del Partido Galeguista.

Siendo muy joven comenzó a interesarse por la política en clave a través de la revista Nós, una revista impulsada y dirigida por el escritor, político y ensayista ourensano Vicente Risco y con Castelao de asiduo colaborador. Esta revista estaba unida al pensamiento nacionalista y que pretendía normalizar el uso del gallego y llevarlo de los usos orales hasta la alta cultura. La publicación fue fundamental para normalizar el uso del gallego. Bóveda maduró la necesidad de comunicar gracias a Nós y pasó a escribir en La Zarpa, una publicación del también orensano Basilio Álvarez, sacerdote, periodista, político, y que sería diputado en la República por el Partido Radical, aunque antes estuvo en la fundación de Acción Gallega, vinculada al agrarismo de Galicia.

Con sólo 23 años encuentra en la tertulia que llevaban Castelao y Losada Diéguez en el café Mendez Núñez una decidida apuesta por el nacionalismo gallego y por la participación política. El Partido Galeguista nació en el mes de diciembre de 1931 en la ciudad de Pontevedra, una vez proclamada la Segunda República.

El ideario del partido se basaba en una serie de principios nacionalistas: la defensa de la autonomía gallega y de la personalidad política de Galicia, pero también defendía el cooperativismo y el europeísmo. La nueva formación tendría una base social interclasista formada por la pequeña burguesía urbana, propietarios agrarios e intelectuales. El partido alcanzó una gran implantación social en Galicia. Se calcula que llegó a tener unos tres mil afiliados en sus primeros momentos. Sus juventudes se agruparon en la Federación de Mocedades Galeguistas, fundada en 1934 y con evidente fuerza. El órgano del partido fue el semanario A Nosa Terra.

El Partido Galeguista se empeñó en que debía redactarse y aprobarse un Estatuto de Autonomía para Galicia. En 1932 participa, junto con el Partido Republicano Gallego y Acción Republicana, en la elaboración del proyecto. Bóveda fue elegido miembro de la Comisión redactora, convirtiéndose aún más en un protagonista jovencísimo del pujante nacionalismo gallego. En el año 1933 fue elegido miembro del Comité de la Autonomía, que presidía Bibiano Fernández-Osorio Tafall. Bóveda también fue secretario de organización del Partido Galeguista.

El nuevo gobierno radical paralizó el proceso autonómico gallego. Fue desterrado Castelao y se suspendió la publicación de A Nosa Terra. El ingreso del Partido Galeguista en el Frente Popular provocó que el ala conservadora se saliera del mismo y formara la Dereita Galeguista, con Risco al frente. La militancia se recuperó y se llegó a la cifra de cinco mil militantes. En las elecciones de febrero de 1936, el Partido Galeguista consiguió, en la candidatura del Frente Popular, tres escaños en las Cortes.

En esa ciudad fue detenido el 20 de julio de 1936, es decir, a los tres días de la sublevación. En el mes de agosto fue juzgado y acusado de traidor, de separatista por sus ideas y por integrarse en el Frente Popular.  El 13 de agosto Bóveda fue condenado a muerte. El reo interpeló al tribunal con unas frases que, en realidad, explican las razones de su condena: “Mi patria natural es Galicia. La amo fervorosamente, jamás la traicionaría. Si entiende el tribunal que por este amor entrañable debe serme aplicada la pena de muerte, la recibiré como un sacrificio más por ella

El 17 de agosto de 1936 en el monte pontevedrés de A Caeira fue fusilado, atado a un pino. Pudo despedirse el día anterior de amigos, familiares, de sus pequeños hijos y de su esposa, embarazada de su última hija. Al parecer, esa noche leyó a Rosalía. Tenía 33 años. Bóveda deseaba morir bajo la bandera gallega. Como era de suponer las autoridades franquistas no lo toleraron, pero su íntimo amigo, Xosé Sesto, se las arregló, no sin verdadero riesgo, para meterle una bandera en la chaqueta antes de ser enterrado en el cementerio de San Amaro.

Hoy se cumplen 82 años de su asesinato. El Estado español, sin embargo, sigue sin hacerle justicia. En el 2006, el Congreso de los Diputados rechazó una proposición no de ley del Bloque Nacionalista Galego para que se anulara por ilegal la sentencia que lo condenó a muerte. Años después, tras la entrada en vigor de la Ley de la Memoria Histórica, su familia y su Fundación reclamaron al Gobierno que expidiera una Declaración de Reparación y Reconocimiento Personal. El entonces ministro de Justicia, Rafael Catalá, accedió a concedérsela al considerar acreditado que había sufrido “persecución y violencia durante la Guerra Civil por razones política e ideológicas”.

Pero eso no es suficiente ni para Bóveda ni para las miles de víctimas de juicios ilegales del franquismo. Porque la Ley de la Memoria Histórica no sólo contempla esa reparación, sino que, literalmente, obliga al Estado a declarar ilegítimas las condenas y sanciones dictadas por motivos políticos, ideológicos o de creencia.

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