¡Si muero, dejad el balcón abierto!, clamaba García Lorca ante su fallecimiento, un lamento en forma de verso con el que miraba con valentía a su destino. Federico no llegó a temer por su muerte en el comienzo de la Guerra Civil, rechazando los ofrecimientos de México y Colombia para exiliarse. Pensaba que Granada era un sitio seguro hasta que fue amenazado por afines al bando nacional. En ese momento buscó refugio en la casa de su amigo poeta y falangista Luis Rosales, hermano de un destacado líder de Falange.

Un chivatazo provocó su detención y traslado a la sede del Gobierno Civil. Allí pasó las últimas 48 horas de sus 38 años de vida. Un espacio de tiempo que los hermanos Rosales y Manuel de Falla intentaron aprovechar para convencer al Gobernador Civil para que liberara a Federico, pero el general Queipo de Llano le había dado una premisa clara sobre lo que había que hacer con Lorca.

García Lorca fue pasado por las armas bajo la patraña de ser un espía al servicio de Moscú, pero un informe de 1965 de la Jefatura Superior de Policía de Granada revela que Federico García Lorca fue asesinado y define al poeta como “socialista y masón”, a la vez que le atribuye “prácticas de homosexualismo”. Fechado en Granada el 9 de julio de 1965, el documento señala que Lorca era “un masón perteneciente a la logia ALHAMBRA en la que adoptó el nombre simbólico de HOMERO, desconociéndose el grado que alcanzó en la misma”. Indica, además, que “estaba tildado de prácticas de homosexualismo, aberración que llegó a ser voxpópuli, pero lo cierto es que no hay antecedentes de ningún caso concreto”.

En su última conversación con el periodista Luis Bagaria, el poeta se manifestó tras ser preguntado sobre el futuro de las fronteras: “Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos”, explicó.

Su fusilamiento produjo una ola de indignación a la altura de su prestigio. Compañeros de generación como Luis Cernuda o maestros como Antonio Machado escribieron versos para llorar a un poeta.

Lorca, como si su historia ya estuviera decidida, dejó escritos estos versos:

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto!

los nombres de todos sus ahogados.

Poemas como el Romancero gitano (1928), Poeta en Nueva York (1930) y Poema del cante jondo (1931), y obras de teatro como La zapatera prodigiosa (1930), Bodas de Sangre (1933) y Yerma (1934) quedarán para siempre en nuestros corazones, pensando en cuantas obras maestras se quedaron sin escribir.

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