Cynthia Duque Ordoñez

Estudiando los datos económicos -de comercio y flujo de capitales- de Occidente, vemos que se sitúan en punto muerto por primera vez desde la II Guerra Mundial, dejando a la globalización estancada. Llevamos más de diez años en punto muerto, nunca había sucedido una situación igual tras una de tantas crisis económicas capitalistas.

Hay quienes continúan justificando estos resultados de crecimiento débil o negativo en la crisis financiera y global en el estallido de 2008. Un razonamiento esencialista y por ende muy simplista, pues la explosión de la burbuja financiera era un síntoma de una enfermedad que se había estado incubando durante décadas en Occidente. La crisis financiera fue empleada para abaratar costes de despido, aumentar los impuestos a las capas obreras sin atender a criterios progresivos según la renta o riqueza del sujeto o reducir el gasto público que sustentaba el Estado del Bienestar, es decir, la crisis disparó exponencialmente la desigualdad y por consiguiente la conflictividad social en Europa y Estados Unidos, pues no estábamos tan dormidos como se pensaba. Sin embargo, la desigualdad social se empezó a fraguar desde el mismo instante en el que cae el Muro de Berlín y se manifiesta por primera vez en la denominada Batalla de Seattle.

Ilustración de Javier F. Ferrero

Un par de décadas después, los mismos movimientos sociales que protagonizaron la “gran rebelión contra la globalización” de 1999, considerados como un grupo minoritario y residual, tienen un peso importante entre la población occidental. Por ejemplo, el mismo clima de Seattle se ha reproducido en las negociaciones del TTIP o en la victoria de los descontentos británicos con la incorporación de Reino Unido a la Unión Europea (Brexit).

En Estados profundamente liberales crece el descontento con la globalización –relativa al libre flujo de personas y mercancías y capitales- debido a la toma de consciencia de la mayoría social de que los beneficios de la globalización solo han ido a parar a las manos de unos pocos, negando la promesa capitalista de un reparto de la riqueza que permitiera que las nuevas generaciones provenientes de las capas más bajas o medias de la sociedad pudieran tener una mayor estabilidad económica que sus antecesores. Desde finales de los años setenta los trabajadores de los Estados occidentales han visto como su poder adquisitivo, medido en salarios medios, se ha empobrecido, y en consecuencia ha crecido la desigualdad estructural entre las distintas capas sociales que componen las sociedades modernas.

La mayoría de la población europea y norteamericana sabe que sus hijos, pese a estar más formados, no tendrán en mejores condiciones laborales, económicas ni sociales. Así se origina el efecto desaliento ante la globalización, que alimenta a los partidos populistas y rupturistas con las democracias burguesas dirigidos por políticos fascistas como Marine Le Pen o Santiago Abascal.

Podemos salir del estancamiento al que nos vemos abocados hasta el infinito, sin embargo no es una solución que guste a ciertos sectores de la población: redistribuyendo la riqueza nacional entre los ciudadanos -como teóricamente debería hacerse si tomamos como base las constituciones continentales-, es decir, empoderando a las clases medias y bajas que han perdido poder adquisitivo durante el proceso de globalización, mediante transferencias a las familias y una mejora de los servicios públicos

Cuidado pues no todo aumento del gasto público repercute en igual propensión ena reducción de la desigualdad, por ejemplo por considerar gasto público la fabricaciones de tanques o cazas. Francia, es uno de los Estados europeos con mayor gasto público porcentual a su PIB, (56.5%), sin embargo, las calles franceses se han llenado los últimos fines de semana de los llamados “chalecos amarillos” – de los excluidos del sistema, de los olvidados, de los cansados de mentiras y falsas ilusiones que hila la clase política- que demandan al gobierno francés corregir la desigualdad entre capas sociales , por ejemplo aumentando el salario mínimo interprofesional, bajando los impuestos a las capas más humildes o subidas de impuestos a las más ricas.

Hace unos años Francia vivió un episodio similar aunque de menor presencia temporal, en 2005 la desesperación de una multitud se convirtió en violencia callejera -síntoma de la anomía- debido al abandono social de las políticas públicas de los barrios periféricos. La racialización que marcaba a varias generaciones y la exclusión y marginación sociales ya se detectaban como el problema de fondo de las revueltas de 2005, más de una década después la situación solamente ha empeorado. De nuevo todo indica que Francia será el “termómetro social” del declive de esta era.

Detrás del racismo y del nacionalismo se esconde una desigualdad sistematizada, que es aprovechada por políticos sin escrúpulos para alzarse con el poder empleando los sueños rotos de una población dolida con el sistema que prometió protegerla.

Encontrar el equilibrio perfecto entre el Estado, entendido como el pueblo, y el mercado es imposible, pues al fin y al cabo sus intereses son contrapuestos y propugnaran constantemente por imponerse al otro.

El sistema político capitalista es ilegítimo pues su éxito es sobre la explotación hasta el infinito de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales al tiempo que distribuye de manera desigual la riqueza para que dicha explotación se perpetúe en el tiempo, de tal modo que las democracias occidentales parecen saltar por los aires de un momento a otro, porque el capitalismo no ha dado oportunidades para escapar del bucle de precariedad a los perdedores del sistema -los trabajadores con menor formación que sufren por la competencia en la producción con los países en vías de desarrollo- con la consiguiente ruptura de la denominada paz social que servía de unión entre las capas sociales y que permitía al capitalismo seguir creciendo económicamente.

Vivimos inmersos en una guerra económica, no sabemos cuándo acabará ni cuántas víctimas causará. Hagan sus apuestas, pero solo deciros que dos macro países en desarrollo van ganando la guerras financiera: China e India. ¿Toda la población? No, sus clases medias.

 

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