Rafael Silva Martínez


“Sentencias como la de la Manada ponen en evidencia que el Poder Judicial tiene todavía que asumir que la violencia hacia las mujeres no es una cuestión individual, ni privada, sino que es una cuestión de dimensión social y política. La violencia ejercida contra las mujeres es la más alta negación de los derechos humanos y la evidencia del dominio patriarcal que se ejerce provocando que las mujeres no puedan lograr su pleno desarrollo como seres humanos y ciudadanas de pleno derecho. La violencia machista es una de las peores lacras de las sociedades y el Poder Judicial tiene que formarse para incrementar su sensibilidad social y contribuir a su erradicación”
(Manifiesto “No Hay Justicia”, extracto, https://nohayjusticia.org/manifiesto/)

El pasado 25-N fue todo un éxito. Éxito de movilizaciones, de participación, de cobertura, de extensión geográfica, de eco mediático y de consignas. Ahora hace falta también que sea un éxito de reivindicaciones, y que por fin la lucha contra todas las facetas del patriarcado sea un hecho en este país. Desde el año 2003, 972 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas. Durante 2018, 89 asesinatos en el Estado Español (aunque sólo se reconozcan oficialmente 41). Un total de 600.000 mujeres sufren maltrato cada año por parte de hombres, y existen unas 10.000 órdenes de alejamiento para sus maltratadores. Una pancarta en la movilización titulaba: “Disculpen las molestias, nos están asesinando”. Una sociedad sana no puede permitirse este incesante goteo criminal, esta macabra estadística, signo del salvaje machismo imperante aún en prácticamente todos los órdenes de nuestra vida (laboral, social, político, educativo, institucional…). Hoy día, tenemos muy claro que la lucha contra el sistema patriarcal ha de mantenerse a diferentes niveles, a saber:

A nivel político, dando un empujón al cumplimiento efectivo (es decir, presupuestario) del Pacto de Estado por la Violencia de Género (ya de por sí insuficiente), suscrito por todas las fuerzas políticas del Parlamento. Se deben igualmente lanzar rotundas campañas de concienciación con el fenómeno de la violencia machista, así como debilitar la fuerza y el rol político de la Iglesia Católica (hecho que pasa por denunciar los Acuerdos con la Santa Sede), así como de las fuerzas políticas de la ultraderecha machista, porque tanto una como otras son los principales actores que aún continúan proyectando los valores del machismo y del patriarcado en nuestra sociedad. Así mismo, luchar contra la brecha salarial y la división sexual del trabajo en el mercado laboral. Debe acabarse también con la precariedad laboral feminizada, así como con la cosificación del cuerpo de las mujeres, expresada sobre todo en los mercados de la pornografía, la prostitución y los vientres de alquiler. Cumplimiento del Convenio de Estambul.

A nivel institucional, mediante la formación sobre materias de feminismo y violencia de género a los funcionarios de las diversas administraciones, instituciones y poderes del Estado, sobre todo la judicatura, que aún arrastran concepciones y visiones patriarcales. Así mismo, creación y dotación para un mayor número de juzgados de violencia de género, y la implicación transversal de la perspectiva de género en todos los asuntos cruciales para nuestra sociedad. En este nivel hemos de destacar también la destrucción del techo de cristal, y la ampliación de la posibilidad en instituciones, empresas y corporaciones para que las funciones directivas sean igualmente desempeñadas por mujeres.

A nivel social, debe producirse un mayor control sobre los micromachismos, una mayor concienciación sobre la denuncia de casos de violencia contra las mujeres, y sobre todo, desterrar de una vez por todas el lenguaje machista de nuestra vida cotidiana y de los medios de comunicación, que usando toda una terminología perversa disminuyen la importancia de los hechos, diluyen su responsabilidad, o ponen el foco de atención en otros aspectos cuando se producen casos de violencia machista.

A nivel educativo, que dicho sea de paso es el nivel destinado a las nuevas generaciones, hemos de incidir en la consecución de planes de estudios públicos donde la exclusión de la cultura del patriarcado sea una realidad, para que nuestros jóvenes no repitan jamás las conductas de las generaciones actuales. Nuestra escuela pública debe educar inequívocamente en los valores de la igualdad. Y ello implica, como ya decíamos en las acciones al nivel político, sacar las perversas garras de la Iglesia Católica de nuestras aulas públicas, para que su concepción arcaica de la mujer en la sociedad no sea transmitida a nuestros jóvenes. Hay que acabar con el modelo de educación sexista, heteropatriarcal y claramente marcada por la moral religiosa. Suscribimos la idea de impartir una educación sexual basada en la igualdad y que deseche todos los estereotipos sexistas y machistas.

El Patriarcado aún sigue vivo, desgraciadamente. Pero cada día nos hacemos más fuertes contra él. Es nuestra responsabilidad erradicarlo, desterrarlo de nuestra sociedad. Y es una responsabilidad de todos. De mujeres, sí, pero también de hombres. Es responsabilidad de todos porque a todos nos concierne este sistema patriarcal que actúa en alianza con el más descarnado capitalismo (alianza que ya habíamos denunciado como criminal). El conjunto de violencias que se despliegan contra las mujeres es un fenómeno estructural que hay que comprender en todas sus dimensiones, y actuar decididamente contra él en todos los órdenes. ¡Por el empoderamiento de la mujer! ¡Contra todas las formas de opresión, dominación y explotación de las mujeres! ¡Abajo el patriarcado!