Mientras el mundo entero se consume con la desastrosa pandemia del coronavirus, poca atención se presta a ese sector de la economía cuya existencia ha representado hasta ahora la mayor amenaza para la humanidad: la industria de los combustibles fósiles.

Pero tal vez sea ahora el mejor momento para dedicarle atención. Los precios del petróleo y del gas se han derrumbado hasta alcanzar valores negativos. Se trata de un sector claramente en crisis, por lo que ahora es el momento perfecto  para que el movimiento por la justicia climática se haga fuerte.

Incluso antes de la aparición de la pandemia, ya existía un enorme excedente de petróleo y gas. La oferta era enorme y no había suficiente demanda, lo que provocó una caída nunca vista de los precios.

Luego el coronavirus empezó a extenderse y la declaración de pandemia global provocó una interrupción espectacular de la industria. En una ciudad tras otra, el número de personas que se desplazaban al trabajo se redujo espectacularmente, a medida que se iban anunciando decretos obligando al confinamiento de la población en sus casas para contener la expansión del virus. 

Una aguda caída en la ya de por sí baja demanda situó los precios del petróleo y del gas tan bajos que el presidente Trump prometió intervenir al respecto: era demasiado para el capitalismo de libre mercado. Montó un gran espectáculo recibiendo en la Casa Blanca a los directivos de estas industrias y ha continuado prometiendo su apoyo a un sector que proporciona espectaculares beneficios económicos y una enorme destrucción medioambiental.

Antonia Juhasz, destacada experta del sector del petróleo y el gas y autora del libro “La tiranía del petróleo”, me explicó en una entrevista que la reciente caída de precios hasta cifras negativas suponía “una completa quiebra petrolera”. Eso significa que “los productores están pagando a los compradores para que se lleven el petróleo. Y eso ocurre porque hay tantísimo producto que están intentando por todos los medios quitárselo de las manos”.

Desde el inicio de su presidencia, Trump se preocupó personalmente del bienestar de las compañías de combustibles fósiles. Dio su apoyo incondicional a la moribunda industria del carbón, y en sus mítines podían leerse pancartas con el texto: “Trump Digs Coal”*. Afirmaba que había salvado a los mineros de los, según él, ataques injustificados de su predecesor Barack Obama. Al ser elegido llenó su gabinete de directivos del petróleo y el gas, desreguló espectacularmente el sector y promovió una expansión masiva de las prospecciones marinas (offshore).

Pero Trump no es el único presidente que ha contribuido al frenesí de producir un producto cuya demanda está en declive. El presidente Obama defendió el gas natural obtenido mediante fracturación hidráulica (fracking) como “combustible de transición”, promoviendo así un sector que acentuaba la crisis climática.

Gracias a Obama (y a líderes de algunos estados, como el antiguo gobernador de California, Jerry Brown), el auge del fracking en Estados Unidos dio lugar a una sobreproducción. Juhasz explicaba que, de hecho, el sector del fracking en Estados Unidos ya estaba endeudado en torno a los 200.000 millones de dólares antes de la crisis del Covid-19, y que sin embargo no ha detenido la producción aunque la demanda siga cayendo.

Se trata claramente de un sector incapaz de ver lo que se le viene encima y que disfruta de un respaldo político que le permite prolongar su vida útil. Al igual que el Dr. Frankenstein resucitó a un hombre muerto y creó un monstruo, el presidente Trump ha intentado por todos los medios revivir los combustibles fósiles. Ha tuiteado abiertamente que “jamás dejará que se hunda la gran industria del petróleo y del gas norteamericana”.

Está tan desesperado por salvarla que ha dado instrucciones al gobierno federal para comprar hasta 92 millones de barriles de crudo para llenar la Reserva Estratégica de Petróleo. En realidad, la función de esta reserva es contribuir a mantener los precios bajos para el consumidor estadounidense cuando aquellos suben, no actuar como un mecanismo de rescate de una industria moribunda.

Juhasz también señaló otra manera en la que el gobierno federal parece estar apoyándola, cuando afirmó que “estamos obligando a las aerolíneas a mantener los vuelos que tenían antes del Covid-19 aunque el número de pasajeros se haya reducido un 90 por ciento”. El sector de las aerolíneas es un voraz consumidor de combustibles fósiles, “porque, según Jushaz, una de las razones por las que se les ha pedido que mantengan sus vuelos es que “son los únicos consumidores de combustible para aviones”.

Los sectores petrolero y gasístico han intentado los últimos años colocar sus productos en la industria del plástico, pero se han encontrado con un movimiento cada vez mayor para reducir su consumo y prohibir las bolsas y los productos de un solo uso. Ahora el sector aprovecha la pandemia para pedir agresivamente un rescate con el dinero de los contribuyentes y que se levante esa prohibición en localidades de todo el país, aprovechando el miedo del público de la contaminación potencial de las bolsas reutilizables.

En cualquier caso, estamos ante una industria moribunda, desesperada por extraer de nuestros suelos y fondos oceánicos hasta la última gota de combustible para prolongar su vida mucho más allá de su apogeo. Una industria que no solo ha causado estragos a nuestro clima que tardarán mucho tiempo en superarse, sino también un daño profundo e inmediato al contaminar el aire y el agua.

Hace diez años, el peor desastre medioambiental de la historia de EE.UU., el derrame de petróleo del Deepwater Horizon, causó unos daños inimaginables al Golfo de México que a día de hoy siguen siendo perceptibles.

La pandemia de coronavirus nos ha demostrado que resulta factible reducir de forma espectacular el uso de combustibles fósiles y escapar del abismo de las emisiones de carbono cada vez mayores. Esta pandemia terminará de una de dos maneras: o bien las economías se reconfiguran para evitar la necesidad de petróleo y gas, o bien el sector resurgirá sacando partido a la inmensa reserva acumulada.

Ya hay muchos que están advirtiendo de que nuestra falta de preparación para la pandemia demuestra lo poco preparados que estamos para el catastrófico cambio climático. Incluso el antiguo Secretario de Estado John Kerry ha declarado que “el paralelismo [entre ambos desastres] está clamando a voces”.

Si queremos resurgir de las cenizas de la crisis del Covid-19 con más fuerza y más resiliencia ante futuros desastres, ahora es el momento de desactivar de una vez por todas una industria que lleva demasiado tiempo en cuidados intensivos.

N. del T.: * Es un juego de palabras. Dig equivale a cavar o excavar, pero también se usa informalmente cuando algo te gusta mucho. Por tanto, “Trump Digs Coal” puede leerse como “Trump extrae carbón” y como “A Trump le encanta el carbón”.

Fuente: Economy for All / Counterpunch y Rebelión // Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo