Eva del Fresno, coportavoz de la Red EQUO Muyeres de Asturias.
Últimamente el lenguaje bélico se ha impuesto en nuestras conversaciones para explicar lo que está sucediendo a raíz de la pandemia. Entiendo que resulte inapropiado  para algunas personas, sin embargo yo siento decir que no  creo que quede  fuera de lugar afirmar que estamos en guerra. Es una guerra distinta, pero es más probable que las guerras del futuro sean contra enemigos  diminutos que contra nuestra propia especie. Sólo en este sentido resultan menos crueles, pero la capacidad de infringirnos  daño  es similar o superior a las convencionales, debido a la manera en que desestabilizan nuestro sistema y nuestra economía, incluso aunque la tasa de mortalidad directa sea baja como en el caso del coronavirus. 

En esta situación hay que alabar la respuesta de mucha gente, de hecho la mayor parte de la sociedad está haciendo un esfuerzo por luchar y por pelear. Aunque hoy, eso no significa enfrentarse a nadie sino ejercer la solidaridad y la creatividad  para apoyarnos mutuamente. Hoy, como siempre resistir es vencer, y para resistir necesitamos de esos ánimos que la gente se intercambia. De iniciativas vecinales, entre personas que antes no se conocían, para organizar grupos de apoyo, talleres de costura de material sanitario, actividades lúdicas o de cuidado de personas dependientes, sin infringir la cuarentena. Necesitamos ser fuertes, y eso no significa permanecer insensibles a la angustia de los demás, sino tomar una parte de esa carga para repartirla y que el daño individual resultante de todo esto  sea mínimo. Hoy ser valiente, para  la gente normal, no es aventurarse de modo innecesario a buscarse un problema – eso es solo ser zoquete -. Ser valiente hoy  significa quedarte en tu casa, asumir limitaciones, y dejar de huir de nosotros mismos, que es algo que a veces hacemos sin darnos cuenta de que es lo que más nos asusta. 

Pero luego hay otro tipo de gente, que sí que es valiente, que  sí que tiene que salir para estar en primera línea porque están cumpliendo con su deber. Si esto es una guerra, tenemos en la retaguardia a gente que lo está dando todo para sostener sobre sus hombros las vigas del sistema y que podamos retomar la vida donde la dejamos cuando esto pase. Ahí está la policía y el ejército, cumpliendo con la esencia de su trabajo, que no se nos olvide que es proteger a los más vulnerables  y limitar el poder de los que abusan. Pero también todas esas profesiones que garantizan servicios básicos; por ejemplo, quienes evitan que tengamos un corte de luz o de Internet. Cómo íbamos a pensar que un virus en Wuhan pudiera castigarnos aquí de tal modo que nos dejara incomunicadas, a oscuras, sin teléfono, sin Internet, ni cocina, ni nevera. Esto no va a pasar. Pero es gracias a alguien con nombre y apellidos  que se interpone para que no pase. También los repartidores y camioneros que recorren  las calles vacías (o deberían estarlo)  forman parte de esa red de manos invisibles  que nos está sujetando. Muchos de ellos eran riders en las ciudades abarrotadas, cobraban una miseria y se buscaban la vida para llegar a tiempo entre el tráfico y la mala leche de los otros vehículos. Cuando les abríamos la puerta  ni les mirábamos, solo nos fijábamos en el paquete que traían en las manos. 

Aún más allá del tedio y el confort de los hogares, están las que se la juegan en distancias cortas contra el enemigo. Profesiones feminizadas en su mayoría porque tienen que ver con el cuidado, y que no eran percibidas socialmente como trabajos esenciales, ahora se perfilan como nuestros recursos más valiosos contra la tiranía y la barbarie de la enfermedad. Esta crisis pone en evidencia la tremenda injusticia para con estas labores que tradicionalmente han sido ninguneadas y despreciadas socialmente, por el hecho de ser encomendadas a las mujeres. Sin embargo, cuando le preguntaron a Margaret Mead, la reputada antropóloga, acerca de cuál era el primer signo de cultura humana, ella dijo que era un fémur curado de una fractura. En condiciones naturales un animal muere con una pata rota porque no puede cuidar de sí mismo. Si una persona consiguió vivir el tiempo suficiente para recuperarse significa que alguien la cuidó todo ese tiempo. Nuestra historia como especie empieza con el cuidado mutuo. ¿En qué momento pasamos a despreciar lo que nos hace humanos?

El  ejército de enfermeras, auxiliares de ayuda a domicilio, trabajadoras de las  residencias, limpiadoras, farmacéuticas, y empleadas  de los supermercados, que está luchando en primera línea contra el coronavirus merece un doble reconocimiento por su labor. No sólo por su papel actual, sino porque todas  han sufrido la ignorancia y la prepotencia de un mundo que ha pretendido mantener los trabajos de cuidado y de limpieza en un plano invisible y ausente de consideración. La explotación laboral escandalosa de las Kellys, de las operarias de limpieza,  del SAD y de los supermercados,  se dio   con el silencio cómplice de un entorno social y sindical que miraba para otro lado, y que sólo de  forma muy reciente, tras tomar ellas la iniciativa de organizarse, ha empezado a mostrar dignidad de clase y solidaridad para con sus necesidades. De hecho fue la lucha de las Kellys, iniciada en 2016,  la que ha abierto la puerta para que otros colectivos laborales feminizados se movilicen, y los últimos meses antes de la crisis sanitaria estaban siendo marcados por sus demandas.  Fue el caso del Servicio de Ayuda a Domicilio en Gijón, de las limpiadoras de Liberbank, y del personal asturiano de supermercados durante el mes de diciembre en 2019. 

 Las mejores condiciones laborales de las enfermeras, no evitan sin embargo la exposición a agresiones que tienen un claro sesgo de género. Para ellas el principal riesgo laboral son los ataques de pacientes y familiares en su día a día, tal y como se recordaba  a principios de 2020  para conmemorar que éste es el año internacional de la enfermería. Las médicas por su parte se suicidan un 7,5% más que el resto de mujeres, y tienen muchas más posibilidades de ser agredidas que sus compañeros varones. En concreto en Asturias durante 2018 ellas sufrieron el 85% de las agresiones ejerciendo su profesión. Los agresores fueron mayoritariamente hombres. 

Con la pandemia llegó el tiempo de la verdad, cuando los prejuicios y discriminaciones no pueden sostenerse en el tiempo. Ha quedado patente la relevancia para nuestra supervivencia de las tareas de cuidado y limpieza entendidas en sentido amplio. Y por encima de todo se está poniendo en relieve la tremenda valentía,  generosidad y decencia con la que se  comportan un conjunto diverso de profesionales a las que nos hemos dedicado a putear sistemáticamente hasta ahora.


Eva del Fresno. Coportavoz de la Red EQUO Muyeres de Asturias.