Se nos fue. Ay. Conocí a Lucio hace ya algunos años. Le invitaron a dar unas charlas por aquí, y me tocó recibirlo durante unos días. Quisiera recordar lo que más me impresionó de su personalidad, y como se van a jartar de decir que es el penúltimo representante de una generación de atracadores, secuestradores y falsificadores de buen corazón, voy a centrarme en detalles insignificantes.

Sobre su charla: los jóvenes anarquistas, por supuesto fliparon con la conferencia que les dio. Sencilla, impactante, optimista… Comprobé en actos sucesivos, porque aprovechamos para pasearlo por la provincia, que siempre daba la misma perorata, lo cual me permitía abstraerme en mis pensamientos sobre los gatos. Es muy económico tener un discurso que funciona, y no buscarte más complicaciones con honduras, que al fin y al cabo, no las entiende ni el que las escribe.

Como digo, tuve que trasladarlo de un sitio a otro, para lo cual empleé mi legendario SEAT Panda de 1984, aún operativo. Ya en esa época el chisme tenía más de veinte años, y aún funciona de forma cotidiana. Lo que pasa es que es un vehículo pensado para torturar las vértebras, la espalda y el trasero de cualquiera que tenga que pasar más de media hora sentado en sus mal llamados asientos. Pues bien, Lucio, que tenía entonces una edad incalculable, no solo no se quejó, si no que percibió el primero que del capó empezaba a salir una nubecilla vaporosa yendo bajo la canícula a Dos Hermanas. Avisó del calentón inmediatamente, se bajó, miró intensamente el motor, y aquello dejó de hervir. ¿Tenía poderes? No podemos saberlo. Cuando pude quitar el tapón del radiador y echarle más agua, funcionó de nuevo sin problemas durante más de cinco días. Es algo que me ha pasado más de una vez, y mis acompañantes siempre me han pedido que mandase el coche a la chatarra. Lucio, inmutable, no dijo ni pío. Ni de si hacía calor, ni de si era incómodo, ni de si era un carro muy viejo… Todo le pareció bien.

El tercer dato que da fe de su personalidad, me lo proporcionó mi aguda mente observadora. Percibí que los pantalones se le caían continuamente, y que el hombre no hacía más que subírselos. Le pregunté si es que había adelgazado por algo, contestándome que el problema era que había olvidado su cinturón en París. A mí me parecía algo embarazoso, cuando en las conferencias se ponía en pie y mostraba los bastes diciendo, que él era un obrero manual, y que su suerte era no haber tenido vergüenza. Justo en ese momento, se deslizaba la prenda…

De inmediato le endilgué un cincho viejo de mi padre, de cuero colonizado por hongos, con hebilla algo mohosa, gastado –pero en buen estado para los fines propuestos, porque tenía montones de agujeros hechos en sucesivas épocas de engorde y adelgazamiento–. Yo, haciendo reverencias de gran boato, le aseguré que el cincho en cuestión era una reliquia familiar de la guerra civil española. El hombre se lo puso sin decir palabra y ya no tuvo que levantarse más las calzonas.

Pues como digo, finalmente partió dejándonos su recuerdo, su apoyo, su ánimo, y apenas quince días después, por correo, me llegó el cinturón desde Francia, envuelto cuidadosamente. Me dejó el gesto, muy pensativo. Ese cinturón se lo dejo a alguien de por aquí, y ya me puedo ir despidiendo de volver a verlo con vida.

La Unión, la Tierra, Cumplir. Lema de los viejos anarquistas. Lucio Urtubia Jiménez, siempre en pie. 

Cascante, Navarra; 18 de febrero de 1931 – París, 18 de julio de 2020)

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NOTAS

En esta misma sección podéis leer artículos referidos a Lucio en Una semblanza de Lucio Urtubia y en Más características de Lucio Urtubia 

Fuente: A las barricadas